Estrellas Fugaces (Parte 3)
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-No me puedo creer que tuvieras miedo de venir a este sitio.
Sonreí, observando mis zarpas mientras las movía de un lado a otro bajo el agua cristalina. El agua del río estaba lo suficientemente fría como para ponerme el pelaje de punta, pero el sol brillaba con fuerza en el cielo y los rayos que se colaban a través de las hojas servían para calentar mi piel.
-Qué puedo decir –respondí, con mi mejor tono burlón -. Es algo inusual caminar a solas por el bosque. Y más, estando totalmente desnudo.
Kab no respondió, y a pesar de que intentó que pareciera que no me había escuchado, yo sabía perfectamente que lo había hecho. En aquel momento, él estaba caminando de arriba a abajo por el río, notando bajo sus zarpas los húmedos cantos del lecho. Dejé que la posible respuesta que hubiera podido darme en otras circunstancias se deslizara río abajo, junto con el agua. A menudo, trataba de preguntarle sobre sus orígenes, sin resultado. Me había acostumbrado a aquello. Aún era tan misterioso y callado como lo había sido cuando nos habíamos conocido, pero ahora resultaba incluso más frustrante, puesto que el lenguaje ya no era una barrera.
-No hay nada peligroso en este bosque –añadió Kab, chapoteando en el agua.
-Ya, claro. Tú ni siquiera sabías lo que era un bosque hace unas cuantas semanas –le recordé, sacándole la lengua.
Aquellas cosas solían volverle loco. De todas las cosas que había tenido que aprender, los gestos faciales y las expresiones no verbales eran lo que más difícil le resultaba comprender.
-No sabía cómo decirlo, pero sabía lo que era –protestó Kab. Le llevó unos segundos comprender que sólo estaba bromeando, y me obsequió con una de aquellas dulces sonrisas que conseguían que mi corazón se derritiera… aunque sólo fuera durante un instante.
Habían pasado dos meses desde la primera vez que nos habíamos visto en el observatorio. A aquellas alturas, resultaba difícil relacionar su pelaje negro y lleno de lunares blancos con la extraña criatura que había visto trepando por el muro de la biblioteca. Era casi como si, al comenzar a hablar, una barrera hubiera aparecido entre la persona que había sido y la que era ahora. Aunque no había olvidado ni por un segundo que ambas seguían siendo la misma, a aquellas alturas parecían… distantes.
Aún no sabía a qué especie pertenecía, pero ya no me importaba. Era simplemente Kab, y aquello era todo lo que necesitaba saber. Su cola era más larga y ancha que la mía, sus orejas eran algo más redondas y su hocico algo más anguloso, pero… había tantísimas cosas que le hacían diferente a mí que, a aquellas alturas, su especie y fisionomía eran la última cosa de la que podía preocuparme.
-He estado leyendo el libro del que me hablaste el otro día –dijo, mientras nos preparábamos para volver a casa -. El de las luces boreales y la brújula.
Kab aprendía muy rápido. Tan pronto como le había dicho lo que era un libro, me había pedido que le enseñara a leerlos. En cuanto le había enseñado a hacerlo, me había preguntado dónde podía encontrar uno. Aquellos últimos días, en lugar de perderse en el bosque tan a menudo, visitaba la biblioteca. Me hubiera gustado saber qué pensaba la señora Torrine de aquello.
-Oh, ese libro. ¿Te está gustando?
-¡Sí! Me gusta ese animal que cambia de forma tan a menudo. Panta… Pantala… -sacudió la cabeza, algo frustrado -. Bueno, la chica le llama Pan, ¡pero ya sabes a quién me refiero!
-Ya, Pantalaimon –reí, mientras me ponía los calcetines. Mis zarpas aún estaban empapadas, pero me daba igual; me gustaba la sensación de los calcetines húmedos por el agua porque me recordaba a otros veranos pasados -. Es bastante adorable, la verdad.
-¡Sí! Me gusta mucho.
Mientras me ponía los zapatos, pensé en la posibilidad de que Kab también pudiera cambiar de forma. Quizás él también fuera un dæmon. Quizás se había quedado atrapado en medio de una transformación y por eso ya no se parecía a ninguna especie que yo conociera. ¿Y si era un dæmon adulto? Sacudí la cabeza, con una sonrisa.
-¿Qué pasa? ¿Qué es tan gracioso? –me preguntó Kab, en cuanto me vio.
-Nada, nada. Sólo espero que este libro no te guste tanto como Stardust –mentí, mientras le sacaba la lengua de nuevo.
Pareció entender lo que pretendía aquella vez y sonrió, aunque un brillo de tristeza pasó por sus ojos negros cuando recordó la historia de Tristran Thorn en busca de la estrella caída.
-¿Pero ella regresa? –me había preguntado, cuando había acabado de leerlo -. ¿O se queda con él?
Cuando le había respondido, su ánimo había parecido desmoronarse por completo. Durante algunos días, estuvo más melancólico de lo normal, por algún motivo. Pensé que se debía simplemente a que aún no se había acostumbrado a la diferencia entre ficción y realidad, y algunas historias aún podían tener aquel efecto sobre él. No podía culparle. No es la única persona a la que conozco para la que los personajes ficticios son más importantes que las personas de carne y hueso.
-En cualquier caso, prefiero leer fantasías que esos libros tan viejos que me diste al principio –dijo, encogiéndose de hombros mientras caminábamos hacia casa.
-Oh. Sí, ahora estás hablando de Los Cuentos de Canterbury.
-Sí. Chaucer ya me conoce demasiado.
-Querrás decir que tú conoces a Chaucer –le rebatí, corrigiendo su error gramatical, aunque no estaba seguro de cómo exactamente Kab podía conocer a un autor que llevaba muerto ya medio milenio. Técnicamente, podía haberlo estudiado, pero dudaba que aquello fuera en lo que malgastaba su tiempo libre cuando yo estaba en las clases.
Él sacudió la cabeza, pero no contestó. Vi aquella chispa de profundo silencio en sus ojos; la misma que aparecía en su mirada cuando no quería hablar de algo.
* * * * *
Me habría gustado tener alguna consola de sobremesa para haber podido jugar a videojuegos con Kab toda la noche, sin pausa. En lugar de aquello, simplemente veíamos la televisión juntos, todo tipo de películas y series, hasta que él comenzaba a dar cabezadas por el cansancio. Solía observarle durante unos minutos, disfrutando de sus adorables intentos por mantener los ojos abiertos, antes de mencionar que quizás deberíamos marcharnos a la cama. Él respondía con un suave 'sí' y entonces yo me marchaba, dirigiéndome a la casa de mi tía de nuevo, donde se suponía que debía dormir. Al principio, había pensado en preguntarle a mí tía si podía dormir en la casa de mi madre, pero puesto que Kab aún estaba allí, había pensado que aquello podría haber desencadenado una serie de preguntas… preguntas que no quería tener que responder.
Mi tía estaba, de hecho, comenzando a molestarme un poco, y no dejaba de señalar que me pasaba todo el día con Kab mientras 'ignoraba' al resto de mis amistades. Ni siquiera intenté decirle que aquellas amistades simplemente no existían. Por algún motivo, aquellos días había comenzado a sentir que no me gustaba que se inmiscuyera en mis cosas. Probablemente, porque anteriormente no había habido cosas en las que pudiera inmiscuirse.
Aquella noche, Kab y yo estábamos viendo otra película. Esta vez, se trataba de una de esas películas románticas que se ponían en televisión cuando se suponía que nadie estaba viéndola. Como un pecado oculto, o un “placer culpable", lo cierto era que era difícil encontrar a personas que admitieran ver aquellas películas… pero estaban por todas partes, lo que quería decir que tenían su público.
-Amor –dijo Kab, de repente.
Me giré a mirarle, con curiosidad.
-¿Amor?
-Sí. Parece estar… siempre en todo. Libros, películas, música… todo lo que todos hacen parece estar… -peleó con la palabra unos segundos -… ligado al afecto, de una u otra forma. Incluso en esas películas que no tienen nada que ver con el amor, siempre hay una especie de presencia de afecto, o al menos la falta de él. ¿Por qué?
Pensé en ello durante unos segundos.
-Bueno, es uno de esos temas universales –admití -, y quizás es tan popular precisamente por lo difícil que es de entender y explicar con palabras. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Asintió.
-Entonces, ¿por qué eso? –preguntó, señalando a la televisión, mientras los dos protagonistas principales de la película (obviamente, hombre y mujer) compartían un tierno beso en la escena final -. ¿Es el amor un beso? ¿Es el amor un abrazo? ¿Qué es el amor, exactamente?
-¿Lo ves? –sonreí, mientras me tumbaba sobre el suelo, cerrando los ojos -. Ya estás pensando en ello e intentando resolver la pregunta irresoluble. Por eso es un tema tan recurrente.
-Es algo asombroso –dijo, sacudiendo la cabeza, y su mirada soñadora pareció hundirse más en la televisión de la pantalla, donde ya habían comenzado a aparecer los créditos -. Es… tan increíble… lo que habéis hecho, ahí. Ese sentimiento.
Abrí un ojo, pero no respondí a Kab. No estaba seguro de estar siguiendo el flujo de sus pensamientos y, aunque hubiera podido hacerlo, me preocupaba que pudiéramos terminar teniendo una conversación complicada.
-Podría hacer que alguien persiguiera una estrella fugaz… -murmuró, casi para sí mismo.
-Y ni siquiera te has leído la Ilíada –le respondí burlonamente y con una sonrisa.
-Por ejemplo –añadió, mirándome a mí -. ¿Por qué siento que no quiero marcharme cuando te miro? ¿Es que te quiero, Chris?
La conversación complicada había llegado y yo ni siquiera la había visto venir. Quizás habría estado bien enseñarle a Kab algo acerca de la progresión natural que debía tener una conversación.
-Bueno, eso debes decidirlo tú –farfullé, dándole la espalda, aún tumbado sobre el suelo -. No puedo saberlo si tú no lo sabes.
Hubo unos segundos de silencio que se hicieron minutos en mi mente. Permanecí allí, conteniendo el aliento mientras sentía cómo mis mejillas ardían y la distante música de los créditos llegaba desde la vieja televisión. Podía imaginarme fácilmente a Kab mirándome, después girándose hacia la tele, y después volviendo a girarse hacia mí, intentando encontrarle sentido a aquel puzle, como si fuera fácil.
Ah, pero al amor nunca es fácil, Kab.
-Te he hecho sentir incómodo –adivinó, al cabo de unos segundos.
-Sí –respondí. No habría servido de nada mentirle.
Por un segundo, pensé que iba a preguntar 'por qué'. En lugar de eso, tan sólo se quedó en aquella posición, probablemente mirándome. A pesar de no estar viéndole, podía imaginar aquellos ojos grandes y profundos observándome con tristeza y culpa, tratando de entender qué era lo que había hecho mal. Por algún motivo, quería que se sintiera mal y al mismo tiempo no. Después de unos instantes, mi lado más compasivo ganó la batalla.
-Pero no pasa nada –dije, al cabo de un rato -. No es tu culpa. La gente normalmente se pone nerviosa al hablar del amor. Es uno de esos temas tabú.
-¿Tabú?
-Mmm… digamos que no deberías preguntarle a cualquiera sobre el amor, o al menos, no deberías esperar que te respondieran con naturalidad –expliqué, sopesando mis palabras cautelosamente -. A menudo, la gente guarda sus sentimientos con mucho cuidado.
-¿Es que les tienen miedo o qué?
Cerré los ojos, con cansancio.
-Quizás.
Tras aquello, nos sumimos en otro incómodo silencio, en el que aún no me atreví a mirarle. Temía que fuera capaz de leer mis ojos, tan fácilmente como había aprendido a leer libros. Por algún motivo, de vez en cuando aún me parecía tan desconocido e inconmensurable que me asustaba. El silencio se rompió al cabo de un rato y volvimos a nuestra conversación, charlando sobre temas banales en un intento de olvidar el extraño incidente que había tenido lugar minutos atrás. No funcionó, pero al menos nos ayudó a distraernos un poco. Supongo que necesitábamos eso para dormir en paz, al menos esa noche.
Cuando dejé a Kab en su habitación y caminé de vuelta a nuestra casa, mi tía estaba esperándome en el salón, con las luces encendidas. Normalmente, a aquellas horas ya estaba dormida, por lo que encontrármela aún levantada y esperando de manera tan obvia a mi regreso hizo que me detuviera junto al marco de la puerta, algo sobresaltado.
-¿Qué pasa? –le pregunté. Normalmente trataba de no ser tan impertinente, pero había una sombra acusadora en su mirada que no me gustaba ni un pelo.
-Es tarde –señaló ella. Estuve tentado de decirle que aquel dato era bastante obvio; tenía un reloj y sabía cómo leerlo -. Simplemente, me preocupa que pases tanto tiempo con ese chico.
-¿Te preocupa? ¿Por qué? –le pregunté, mientras dejaba mi abrigo en el perchero, sin girarme a mirarla directamente. Aquella era mi forma de decirle cuánto me irritaba que me asaltara de aquella forma al volver a casa.
-Es que… ahora sólo te importa él. ¿Te has dado cuenta?
-Bueno, solías quejarte de que no me importara nada –le recordé, con un resoplido -. Hace poco tiempo, además.
Mi tía no supo que responder durante unos segundos. Desvió la mirada, como un niño al que hubieran pillado en mitad de una mentira, y se mordió el labio inferior. Era capaz de darme cuenta de que hacía aquello porque creía que era lo mejor para mí. Estaba seguro de que no había ninguna mala intención, pero no estaba de acuerdo con ella.
Así de simple.
-Escucha –dijo, mientras comenzaba a subir las escaleras, de camino a mi habitación -. Algún día, ese chico se marchará. Sólo intento asegurarme de que no has olvidado eso.
Me detuve en mitad de los escalones, algo sorprendido. Sin embargo, no me giré hacia ella. En lugar de eso, sacudí la cabeza.
-No lo he hecho –la tranquilicé, al cabo de unos segundos.
Mentía.
Más tarde, en mi habitación, mientras miraba al techo, continué dándole vueltas a las palabras de mi tía. Había algo en ellas que me había intranquilizado; y por algún motivo, no quería descubrir si simplemente estaba cabreado con ella o asustado por el hecho de que sus palabras pudieran ser ciertas. El hecho de que me hubiera olvidado de la posibilidad de que Kab dejara Coalfell algún día, además, me llenaba de inseguridad. Normalmente, no me habría olvidado de pensar en algo como aquello. ¿Por qué había sucedido? Sabía que lo había tenido en mente durante los primeros días… pero en los últimos tiempos, aquellos miedos tan profundos parecían haberse disipado.
Aquella corta conversación con mi tía había desencadenado algo dentro de mí. La necesidad de saber todas aquellas cosas sobre Kab que había dado por supuestas, de preguntarle por los secretos y misterios que le rodeaban y que conscientemente él me había ocultado. Aquello incluía saber cuándo pensaba marcharse… si es que realmente pensaba hacerlo. ¿Cómo podría Kab dejar Coalfell? No tenía ningún lugar al que ir… ¿verdad?
¿Verdad?
Pero otra vez, tuve que recordar que no era una persona normal. Era plenamente consciente de eso a aquellas alturas, y el hecho de que supiera tan poco sobre él resultaba por primera vez terrorífico, no atrayente.
Una hipotética situación en la que yo estaba sin él pasó por mi mente y me estremecí involuntariamente, y cuando pensé que no había nada que pudiera hacer para evitar aquello me estremecí de nuevo, y cuando pensé que podría incluso suceder sin que lo viera venir me estremecí de nuevo.
Aquella noche fue difícil dormir. En algunos momentos me encontré con náuseas, inquieto y asustado como no lo había estado en mucho tiempo. Cuando el reloj en mi mesilla dio las cuatro de la mañana y todavía no me había dormido, tomé la decisión de preguntarle, de preguntarle tan pronto como volviera a verle de nuevo. Pasé el resto de la noche dando vueltas a las palabras con las que iba a hacerlo.
Pero después de todo, no fue necesario. Ella lo hizo por mí.
* * * * *
-¿Cuándo te marchas, Kab? –preguntó mi tía, mientras estábamos cenando.
Casi me atraganté con las alcachofas. Juro que vi a mi tía sonreírme burlonamente, pero estaba demasiado ocupado bebiendo agua para no morirme ahí mismo.
Al principio, me sentí furioso. Mi tía no tenía el derecho de hacer aquella pregunta después de lo que me había costado encontrar las palabras para hacerlo yo mismo. E incluso aunque finalmente no lo había hecho (me había pasado todo el día buscando un buen momento, pero al final había permanecido callado), eso no importaba. Me volví inmediatamente hacia Kab, tratando de decirle con una mirada que no tenía por qué responder.
Algo me detuvo. Algo que hizo que mi corazón se encogiera de golpe.
Él estaba jugando con las alcachofas, distraído, como si no hubiera escuchado la pregunta. Pero yo sabía que lo había hecho. Simplemente, no quería responder. Y aquello sólo podía significar una cosa.
-¿Kab? –preguntó mi tía, tan insistente como sólo ella podía ser.
-Pronto –respondió él, sin levantar la mirada. Evadiendo la respuesta. Evadiendo mi mirada, como comprendí. Nunca había actuado así y aquello, por algún motivo, me asustó.
Al principio, traté de quitarle importancia al asunto. Me acabé mis verduras, hablando con mi tía y con Kab como si nada hubiera pasado. Por lo menos, tenía que fingir delante de mi tía. No quería darle la satisfacción de saber que había tenido razón todo aquel tiempo. Ya era lo suficientemente humillante.
Todo cobraba sentido, de repente. Sus palabras la última noche, cuando me había preguntado por qué quería quedarse, mirándome. Iba a suceder, y él lo había sabido desde hacía mucho tiempo.
Pero había evitado decírmelo.
Cuando llegó el momento de ir a casa de mi madre para ver la televisión con Kab, le dije que no me encontraba bien. No me creyó, pero al menos no me detuvo, y di las gracias por ello.
Aquella noche tampoco dormí bien. Ya eran dos noches seguidas.
* * * * *
A veces, damos por hecho que la luz brilla. Aparece en nuestras vidas, resplandece con intensidad en medio de la oscuridad, y llegas a pensar que has visto algo más allá de la noche, más allá de las sombras eternas que se arremolinaban a tu alrededor. Una meta. Un punto en la lejanía, alcanzable sólo por un instante, que hace que todo caiga en su debido lugar, como las piezas del Tetris, y de repente todo cobra sentido.
Una estrella fugaz.
La ves durante unos segundos. Durante tan sólo un parpadeo; así es como funciona.
Comienzas a caminar, porque de pronto puedes hacerlo. Cada paso te acerca más y más a tu destino, y cada paso te hace sentir más fuerte y más seguro. Las sombras ya no pueden tocarte y la música de la noche enmudece durante un rato, mientras tú das las gracias y caminas hacia la luz, siempre hacia la luz…
Pero las estrellas fugaces no duran eternamente.
Cuando la luz se apaga, te encuentras en medio de las sombras. No hay camino que seguir y estás más perdido que nunca. Todo desaparece en unos segundos, en tan sólo un parpadeo; así es como funciona.
No todos podemos ser como aquellos sabios reyes de Oriente.
Y para aquellos que no logran atravesar las sombras, las estrellas fugaces no son más que luces que nos guían hacia el desastre.
* * * * *
Al día siguiente me reuní con Kab en la puerta de la casa de mi madre, como de costumbre, sin importar lo que había pasado el día anterior. El insomnio hace que todo parezca extrañamente menos doloroso y real, como si el mundo estuviera demasiado lejos de ti. Como un sueño. Conocía bien aquella sensación, pero nunca la había sentido antes con Kab cerca.
-Ey –dijo, al verme aparecer -. ¿Has dormido bien? Pareces cansado.
-Eso es porque estoy cansado –respondí, algo evasivamente, mientras comenzábamos a caminar hacia la escuela.
Pude sentir su mirada clavándose en mí inquisitivamente, pero traté de enterrarlo todo de nuevo bajo mi falta de sueño. Últimamente me había vuelto un experto en enterrar cosas dentro de mí, lo cual resultaba sorprendente teniendo en cuenta que era la primera vez que tenía cosas que enterrar.
Caminamos en silencio durante un largo rato. Yo no sabía qué decir y él no parecía dispuesto a romper el silencio tampoco. Sabía que probablemente se sentía culpable a aquellas alturas, que era consciente de que había hecho algo mal, pero incapaz de adivinar el qué; o si ya lo había adivinado, sin saber qué hacer para remediarlo.
¿Podía remediarlo, acaso?
-Estás enfadado –dijo, al cabo de un rato. Su voz sonó tan suave y calmada como siempre, pero pude notar un leve temblor en ella.
-No, no lo estoy –respondí rápidamente. Quizás demasiado rápidamente.
-Pero no quieres hablar conmigo, y no sonríes. Y no dormiste ayer –observó, y su voz se tiñó gris de preocupación durante un instante.
Dejé escapar un leve suspiro.
-Vale. Supongo que sí estoy enfadado –admití, sacudiendo la cabeza -. Pero no tiene sentido. No tengo derecho a enfadarme sólo porque te marches. No tengo derecho a decidir… si tú tienes que marcharte o no.
-Pero no quieres que me marche –dijo, como para asegurarse.
-Tú tampoco quieres marcharte –observé, con tono acusador -. Tú mismo me lo dijiste el otro día.
No habló durante un rato. No me atrevía a mirarle directamente y, en lugar de eso, comencé a caminar unos pasos por delante de él sin girarme. Nunca le había visto triste, sin aquel brillo de sincera felicidad que yacía siempre en lo profundo de su mirada, y no sabía si estaba preparado para verle así. Si me hubiera girado en aquel momento, habría querido perdonarle. Y algo dentro de mí prácticamente gritaba que no merecía que le perdonara.
Pero por algún motivo, lo necesitaba. Necesitaba saber que él estaba tan frustrado como yo ante la idea de marcharse. Necesitaba saber que aquello le entristecía.
-Pero tengo que hacerlo –consiguió decir, al cabo de unos segundos.
-¿Cuándo? –pregunté, comenzando a sentirme algo enfadado. Enfadado por aquel extraño secretismo, por aquella verdad impenetrable que escondía detrás de sus profundos ojos negros. Los secretos por los que me había encaprichado con él, y que ahora se volvían en mi contra.
-Pronto –repitió.
-Oh, ¡qué preciso! Intentaré prepararme para cuando sea pronto –bromeé, con una sonrisa irritada. Era consciente de que no estaba siendo justo con él, pero en aquel momento ni siquiera me importaba. Quería que se quedara, y mejor tenerle llorado a mi lado que no tenerle de ningún modo.
Cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de lo egoísta que fui… pero al mismo tiempo, no puedo culparme a mí mismo del todo. Él se había convertido en la única cosa que me hacía seguir adelante, y por algún motivo, había llegado a pensar que quizás no hubiera secretos, que hubiera una relación de total confianza entre ambos… Hasta aquel momento, no había visto lo equivocado que estaba.
-¿A dónde? –pregunté, después de unos segundos.
-Al lugar de donde vengo –mencionó, misteriosamente.
Dejé escapar un resoplido malhumorado, irritado por su falta de respuestas precisas. No era capaz de imaginar por qué no era capaz de decirme la verdad. ¿Qué era tan importante como para ocultarlo de mí? ¿Hasta qué punto había conocido a Kab durante aquellos días?
Rumiando aquellos pensamientos una y otra vez, no hablé durante el resto del trayecto hacia la escuela y ni siquiera me despedí de él antes de entrar al edificio. Pude sentir la tristeza y desesperación que emanaba de él mientras cruzaba la puerta del edificio sin girarme. Sin embargo, aquello no era nada comparado con el enfado y el inmenso miedo que bullían dentro de mí.
Las cosas empeoraron conforme la mañana iba avanzando.
Por algún motivo, no podía evitar sentirme algo culpable al recordar los ojos de Kab llenos de tristeza, pero cuando aquello sucedía, el enfado volvía a apoderarse de mí y enterraba la culpa bajo varias capas de miedo y frustración. Kab iba a marcharse. Pronto. Quién sabía a dónde. Y aunque no lo había mencionado, algo me decía que probablemente no volvería a verle de nuevo. Había llegado repentinamente y sin anunciarse, y se marcharía de la misma forma. Como el viento.
En medio de la clase, eché la vista a mi alrededor y me fijé en aquellas caras familiares que me rodeaban. Había crecido con ellas, ido a sus mismas clases y compartido varias horas al día con ellas; y sin embargo, no podía sentir nada por ninguno de ellos. Eran como personajes secundarios en un relato corto. Cuando Kab se marchara, todo volvería al tedioso gris al que ya estaba acostumbrado, y nadie sería capaz de salvarme de aquello. Mi mirada se encontró con Robin y vi como él me devolvía la mirada; el recuerdo de un beso distante apareció en mi mente, pero no despertó ningún sentimiento.
No. Sólo él podía.
Y por aquel motivo me sentía tan enfadado, tan frustrado y tan asustado. Él no era capaz de entender que, cuando se marchara, una parte de mí se marcharía con él también. Una parte que había llegado con él y que, de la misma forma, desaparecería a su partida.
Decidí buscarle en cuanto acabaran las clases. No para disculparme, puesto que aún era demasiado orgulloso como para hacer aquello, pero para al menos ignorar el tema durante un tiempo, fingir que nada había pasado. Pero cuando salí de las clases, sintiéndome cada vez más nervioso, no le encontré en la puerta del edificio; y a pesar de que estuve esperando durante un buen rato, no apareció.
Por primera vez en varios meses, volví a casa totalmente solo. Entonces, siguiendo una corazonada, decidí ir a la biblioteca. Quizás hubiera olvidado la hora que era y se hubiera quedado leyendo libros. ¿Cuál era ese libro que había empezado días atrás? Quizás Stardust otra vez. Quizás ninguno.
Pero tampoco estaba en la biblioteca. Una creciente sensación de ansiedad comenzó a apoderarse de mí, y me acerqué a la señora Torrine para preguntarle si había visto a Kab aquel día.
-No ha venido hoy –respondió, y por primera vez, no parecía estar bromeando -. Pero tampoco le he visto demasiado en los últimos días.
Le di las gracias y salí de la biblioteca con el corazón latiendo angustiosamente.
El río. El bosque. Aquellos eran sus lugares favoritos después de todo, quizás estuviera allí.
A pesar de que el sol se estaba poniendo y el crepúsculo se desangraba en el cielo con su rojo decadente, comencé a subir por la montaña que rodeaba Coalfell, caminando entre los árboles mientras buscaba el río en el que nos habíamos bañado tantas veces. Estaba al borde de correr, al borde de llorar, pero sin hacer ninguna de las dos cosas; permanecer en aquel límite dolía tanto que no sabía durante cuánto tiempo podría soportarlo.
<<Es imposible que se haya marchado sin decir adiós>> me dije a mí mismo, desesperadamente. <<Él no haría eso. Él no haría eso…>>
Al cabo de un rato, encontré un débil manantial y lo seguí hasta alcanzar el río. Estaba vacío, a excepción de unas cuantas libélulas y zapateros. El cielo se había teñido de gris oscuro y volví a casa caminando junto a las sombras retorcidas de los árboles. Una pequeña parte de mí esperaba encontrárselo al volver a casa, pero sabía que aquello no iba a suceder.
Llegué a casa, cogí las llaves, abrí la puerta. Mi tía me preguntó qué tal me había ido el día y por qué llegaba tan tarde. Murmuré algo sobre una fiesta para los estudiantes de intercambio, que Kab iba a dormir en casa de Robin, y que yo no me encontraba bien e iba a meterme a la cama sin cenar.
No sé cuál de aquellas excusas se creyó mi tía. Noté sus ojos inquisitivos apuñalando mi cuello desde detrás, pero caminé escaleras arriba sin detenerme.
Cuando caí sobre mi cama, mi cuerpo hizo algo parecido a un intento de dejar salir mis sentimientos en forma de lágrimas, pero aquello no llegó a suceder. Fue más bien una convulsión, un temblor, y entonces un sentimiento de total desesperación cayó sobre mí con el peso de un martillo.
Tras aquello, la falta de sueño de los días anteriores me empujó hacia un sueño lleno de pesadillas y estrellas fugaces que morían en el cielo sin dejar rastro.