Estrellas Fugaces (Parte 4)

Story by Rukj on SoFurry

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Me desperté al día siguiente, creyendo no haber dormido una sola hora.

Mi cabeza dolía como si me hubiera atropellado un tren. Durante unos segundos, me resultó difícil moverme, y mientras me preparaba para ir al colegio, caí repentinamente en la cuenta de que era sábado. Aquello me hizo hundirme en mi cama de nuevo, mientras mis ojos somnolientos se dirigían al techo y comenzaba a entender, lentamente, que volvía a no tener nada que hacer. Me cubrí con las mantas y dejé escapar un suspiro de frustración, mientras cerraba los ojos.

En algún momento tendría que bajar las escaleras y tomar algo de desayuno, ¿no? A pesar de sentir que no habría podido tragar ni un triste cereal. De otra forma, mi tía comenzaría a hacer preguntas, y no había nada que doliera más que las preguntas.

Decidí ser yo el que las hiciera.

-¿Ha vuelto Kab? –le preguntaba a mi tía minutos más tarde, tomando un sorbo de mi taza de café.

De aquella forma no sólo me libraba de sus sospechas, sino que además me aseguraba de que Kab no hubiera vuelto mientras yo dormía. Sin embargo, mi tía tan sólo sacudió su cabeza, de espaldas a mí mientras fregaba algo. Mejor así.

-No, pero ojalá esté disfrutando de estos últimos días.

-Yo también –respondí, tomando otro sorbo a pesar de que aquellas palabras me quemaron más por dentro que el café.

-Espero que te hayas hecho a la idea de que se va –mencionó mi tía, aún sin mirarme -. Ya sabes que todas estas cosas se acaban en algún momento. Cuando tu madre murió…

Allá íbamos otra vez. Otra conversación incómoda de la que no podía escapar.

-…pero no quieres hablar de eso –se interrumpió, repentinamente. Durante unos segundos, me planteé si podía leer mis pensamientos -. Lo entiendo.

No respondí, pero tenía razón. Ya habíamos hablado de aquello cuando había sucedido y a aquellas alturas sacar el tema siempre me había parecido inútil e irrespetuoso. Además, todo parecía tan distante que ya no podía sentir nada. Quizás algún día…

Quizás algún día pudiera sentir la misma nada hacia Kab.

-¿Qué vas a hacer hoy? –me preguntó, cambiando de tema abruptamente.

-Aún no lo sé –respondí sinceramente.

Me sentí tentado de añadir que todo dependía de Kab, pero tuve que contenerme. Aún no podía creer que se hubiera marchado sin decir adiós, pero después de casi un día entero sin noticias de él, comenzaba a perder toda esperanza. Además, era totalmente natural que hubiera querido alejarse de mí; después de todo, no le había tratado bien el día anterior y probablemente aún se sintiera mal por ello. Si tan sólo hubiera sido menos orgulloso en lugar de culparle por lo que estaba sucediendo… quizás hubiera podido pasar aquellas últimas horas con él.

Pero no tenía derecho a quejarme. Tenía lo que me merecía. Si Kab se había marchado sin decírmelo, tendría que aceptarlo y aprender, quizás, a ser menos abrasivo en el futuro.

Pasé el día entero tratando de distraerme, en vano. Mirando a las paredes, jugando al Tetris… todo parecía inútil. Cuando bajé de nuevo al piso de abajo para comer con mi tía ni siquiera pude mirarle a los ojos. Ya no servía de nada esconder cómo me sentía realmente.

Finalmente, decidí ir a la biblioteca. Era el único lugar del pueblo en el que quizás pudiera distraerme leyendo algo, y donde estaría a salvo de las inquisitivas palabras de mi tía al mismo tiempo. No quería pensar en Kab, no en aquel momento, y permanecer con mi tía no iba a ayudarme. Además, aún me enfadaba el hecho de que ella hubiera tenido razón, de que yo no hubiera previsto el hecho de que Kab iba a marcharse algún día, tan rápidamente como había llegado… y aquello, a pesar de que ella me había prevenido con antelación, había explotado en mi cara.

En secreto, había esperado ver a Kab en la biblioteca, pero no estaba allí. Al menos, la señora Torrine no hizo un solo comentario al verme aparecer, y yo tampoco hablé. De alguna forma, comenzaba a pensar que ambos éramos algo similares: los dos disfrutábamos de nuestra soledad, estar solos era nuestro modo de vida. Ahora que Kab se había marchado, comenzaba a entender eso. Tendría que volver a los viejos patrones, a la antigua rutina, que había abandonado cuando él había llegado. No había otra opción.

Hasta el mundo parecía menos interesante, en cualquier caso.

Subí por las escaleras y caminé entre las estanterías, tratando de decidir qué debería intentar leer, sabiendo ya de antemano que no serviría de nada. Mis ojos se posaron en Stardust durante unos segundos, pero sacudí la cabeza y continué caminando. Aquel libro solo me recordaría a Kab, y en aquel momento aquello sólo empeoraría mi situación.

Sin embargo, al final me quedé con Gaiman y escogí Neverwhere. Pensé que encajaba en aquel momento; en muchos aspectos, era una historia sobre estar perdido, terriblemente perdido.

No fue tan duro como pensaba. Era fácil sumergirse en la historia y pronto me encontré pensando en los personajes, en los caminos que sabía que seguirían en las siguientes páginas… ¿morirían? ¿Se marcharían? ¿Se quedarían con aquellos que les amaban? Y entonces, levantaba la vista del libro y veía el vasto bosque enfrente de mis ojos, y volvía a pensar en él, sacudía la cabeza y volvía a leer. Aquello sucedió varias veces, pero no dejé que me detuviera.

Llevaba aproximadamente unos cincuenta minutos leyendo el libro cuando escuché a la señora Torrine hablando con alguien. Por más que a aquella vieja le gustara jurar y perjurar, lo cierto es que era extraño oírla hablar con alguien durante tanto tiempo, y podría haber jurado que era la primera vez que parecía estar interesada en una conversación. No prestaba atención a las palabras: era su tono, el ascenso y descenso de cada sílaba, las pequeñas cosas, lo que demostraba la profunda importancia que le concedía a todo lo que alguien le estaba diciendo.

Me costó un rato escuchar la otra voz. Me costó incluso más reconocerla.

-¡Kab! –grité prácticamente, con mi corazón latiendo a toda velocidad.

Supe que había sido un error nada más ponerme en pie. Apenas oí a la señora Torrine gritando algo sobre dar explicaciones y, entonces, escuché la puerta mecánica de la biblioteca cerrándose lentamente. Comprendí que, si Kab había estado allí, probablemente había decidido escapar tan pronto como había oído mi voz. Confundido, nervioso, me giré en todas direcciones preguntándome qué podía hacer para detenerle.

Entonces, como si se tratara de un sueño, me vi a mi mismo caminando hacia el balcón, empujando a un lado la hamaca y cerrando las zarpas sobre el borde del balcón. Entrecerré los ojos, esperando poder verle aún.

Una sombra de estrellas sobre el cielo oscuro se movía entre los árboles, alejándose más y más.

-¡Kab! –exclamé de nuevo. Sólo los ecos provenientes de las montañas me respondieron.

Sucedió demasiado rápido. Antes de que supiera lo que estaba haciendo, hubo una extraña sensación de vacío en mi estómago y había saltado del balcón. Caí al suelo, tropecé con mis propios pies, caí al suelo y volví a levantarme; y de repente había comenzado a correr hacia el último lugar en el que había visto su sombra, ignorando el penetrante dolor en uno de mis pies; y de repente me escuché gritar su nombre, sintiendo cómo el silencio se tragaba mi voz, y de repente estaba llorando y corriendo al mismo tiempo, y de repente me había detenido en mitad del bosque, totalmente solo y solamente rodeado por las mudas sombras de los árboles.

-Kab… -susurré, tratando de recobrar el aliento, mientras giraba sobre mí mismo, buscándole a través del velo de mis lágrimas.

Estaba allí. Podía sentirlo. Se escondía en algún lado, quieto y callado, observándome como las nubes en el cielo. Pero sólo mi respiración irregular y agotada llenaba el silencio mientras yo continuaba allí, con lágrimas cayendo por mis mejillas.

Tanto silencio. El silencio más profundo, más doloroso que jamás había experimentado en toda mi vida. Antiguamente me había gustado, e incluso lo había deseado. Pero ahora, simplemente dolía. Necesitaba luchar contra aquel silencio, de alguna forma; necesitaba arrancármelo de encima tan pronto como pudiera.

Comencé a hablar.

-El amor… -me escuché decir -. ¿Qué es el amor?

Mis palabras sonaron débiles entre los árboles, perdiéndose en aquel silencio perenne. Los árboles no podían responder mi pregunta. Yo no conocía la respuesta.

Pero alguien tenía que alzar la voz.

-El amor… el amor es una criatura extraña trepando por un balcón. El amor es una sonrisa oculta tras la mirada. El amor es ver color allá donde mires, a pesar de haber perdido la esperanza de ver algo más que gris. El amor es ser capaz de respirar aire fresco, y por primera vez, disfrutarlo. El amor es olvidarse de lo obvio. El amor es… el amor es… cometer los mismos errores, una y otra vez… conocerlos… y verlos, pero cayendo de nuevo irrevocablemente. El amor es una cosa estúpida… El amor es saltar… es saltar de un balcón y llorar en medio de las montañas… -A aquellas alturas, ya no podía articular una palabra sin sollozar -. El amor es perseguir una estrella fugaz aunque… aunque sabes que sólo durará un instante… pero Kab… menudo instante…

Me cubrí los ojos y lloré, como el gato idiota que era.

No quería perderle. Habría dado todo lo que tenía con tal de que se quedara.

Pero sabía que no podía.

Ni siquiera reaccioné cuando escuché los pasos acercándose a mí, ni cuando una suave zarpa se posó en mis hombros. Simplemente le abracé, incapaz de dejar de llorar, sin mirarle a la cara, totalmente avergonzado y al mismo tiempo más agradecido de lo que nunca me había sentido… porque al menos, había conseguido tocarle una última vez.

Porque al menos, no se había marchado sin decir adiós.

No habría sabido decir cuánto tiempo estuve llorando. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había sentido algo tan intenso, que creo que dejé que todo escapara de mí, como si lo hubiera retenido durante demasiado. Lo próximo que recuerdo es que ambos estábamos tumbados sobre la hierba, muy juntos, observando las estrellas en el cielo.

Él había rodeado mis hombros con uno de sus brazos, e incluso aunque mis ojos aún estaban húmedos por las lágrimas, me sentía inmensamente feliz de poder estar cerca de él.

-El cielo es tan grande –decía él, en aquel momento -. Hay tantos sitios que visitar, tantas cosas que ver. Sólo hay algo imposible en este mundo, y es dejar de aprender cosas nuevas. Y sin embargo… nunca te olvidaré.

Asentí silenciosamente, mientras trataba de tragar el nudo que se había formado en mi garganta. Por primera vez, parecía que yo era el que escuchaba y Kab el que hablaba. Era extraño, pero al mismo tiempo parecía lo correcto.

-Lo siento. Lo siento tanto. Es siempre así. No debería marcharme, pero tengo que hacerlo. Ojalá las cosas fueran diferentes –mencionó, y aunque no había lágrimas en sus ojos, supe que lo decía en serio -. ¿Podrás perdonarme?

Asentí de nuevo, pero dado que no estaba seguro de si me estaba mirando o no, murmuré el 'sí' más alto del que me vi capaz dadas las circunstancias, que pareció más bien un susurro de las hojas. Aun así, él me oyó y pude ver una pequeña sonrisa en su cara. Sentí un agradable calor en el corazón al saber que, por lo menos, ya no se sentía culpable.

Me ayudó a levantarme y nos abrazamos bajo la mirada vigilante de todas las constelaciones. Nunca había sentido la suavidad de su pelaje, ni el calor de su cuerpo, ni su olor, tanto como lo sentí aquella noche. Fue como si una oleada de puro y vasto universo me hubiera golpeado de pies a cabeza, como si todos los planetas y las estrellas y los astros del cielo dieran vueltas a mi alrededor: como si por un segundo, fuéramos más que simple carne y pelo. El bosque desapareció y, de repente, flotábamos en medio del espacio, congelados en aquel único segundo de conexión mutua y profundo afecto. No quería soltarle. No quería que se marchara.

Quería continuar flotando en aquel espacio, siendo parte del universo, para siempre jamás.

Pero las despedidas nunca son tan largas ni bonitas como las pintan en los libros y las películas.

Y cuando abrí los ojos, tan sólo estaba abrazando al aire. Tal y como el viento llega, así se había marchado él. Para siempre.

* * * * *

La oscuridad es una cosa terrible.

Ver que estás dañado, dejar que la luz bañe tus heridas, al menos te hace darte cuenta de lo mucho que necesitas que te curen. Al menos, te quita de encima el peso de la pregunta “¿Podré salir de esta?". Si ves que te estás hundiendo, al menos puedes tratar de agarrarte a algo.

Pero en la oscuridad no hay nada que ver.

Arriba y abajo, normalidad y desastre se separan los unos de los otros por apenas unos centímetros. ¿Adónde voy? ¿Qué hago?

¿Podré salir de esta?

La estrella caída… ha caído finalmente. Estaba condenada a ello. La luz se ha ido, así de simple. Soy tan imbécil.

Me lo merezco.

Salir de esta. Salir de esta. ¿Salir de qué? ¿Qué se supone que está pasándome? ¿Qué me ha pasado, siquiera? ¿Ha estado él aquí acaso? ¿Acaso he sido yo su amigo? ¿Dónde están las estrellas cuando las necesito?

No lo sé. Ya no sé nada. Arriba y abajo, normalidad y desastre, dejad que la oscuridad me mastique y me trague y me escupa a las cenizas grises de donde nunca debí salir.

Me lo merezco.

* * * * *

Una noche tuve un sueño. Vi una constelación, y en ella una estrella roja.

Abrí los ojos, sudando en medio de la noche, con la extraña sensación de haber estado gritando. Ya no importaba. Aquellos días estaba durmiendo en la casa de mi madre, a pesar de que mi tía se hubiera opuesto a ello. No podía recordarlo bien. ¿Le había dicho que necesitaba dormir en mi cama o había usado otra excusa?

No había respuesta a aquella pregunta en mis recuerdos.

Pero el sueño… Había algo en él que olía a urgencia, a necesidad. Intenté recordar lo que había visto, intenté entender por qué era tan importante. Mi corazón latía como loco.

Me llevó unos segundos, pero finalmente volvió a mi mente. Mi corazón latió incluso más rápido, y apresurado, eché un vistazo a mi reloj. Eran solo las once y veinte de la noche.

Si era rápido, siempre podía…

Me levanté de la cama, aún en pijama, y me puse las zapatillas de andar por casa. Dudé unos segundos enfrente de la puerta principal de la casa; después cogí un largo abrigo y me lo puse sobre los hombros.

El viento era frío aquella noche, pero no me importó. Continué caminando a través de la oscuridad, sin saber muy bien adónde iba. Sabía que si mi tía se despertaba en medio de la noche y se enteraba de que me había marchado de casa, se preocuparía como loca por mí, pero no dejaría que me atrapara. Había algo que necesitaba comprobar: algo urgente, necesario.

Y no iba a dejar que nadie me parara.

Llegué a la biblioteca de la señora Torrine a las once y cuarenta, temblando por el frío pero dispuesto a hacer lo que tenía que hacer. Por alguna razón, ella me miró como si hubiera sabido que iba a presentarme allí.

-Ah –dijo, al verme aparecer -. El chico raro. Ahora en pijama. Sabes que sólo tienes veinte minutos antes de que cierre esto, ¿verdad?

Asentí, caminando hacia las escaleras sin tan siquiera mirarla. Había algo extraño en su voz, como una oculta nota de conocimiento, pero por algún motivo no presté atención. No hasta el momento en que volvió a hablar.

-Sabes, chico, deberías intentar olvidarle. Será lo mejor para ti.

Me detuve en seco y me giré hacia ella, dirigiéndole una mirada cargada de enfado.

-¿Cómo puede usted saber lo que es mejor para mí y lo que no? –le pregunté, tratando de no sonar demasiado maleducado, pero al mismo tiempo dejando que gran parte de mi ira fluyera a través de mi voz -. Ni siquiera yo me conozco a mí mismo. Y ahora, él se ha ido. Ahora…

-Llegan, aprenden, se van –dijo, con un aparente tono de indiferencia en la voz que, por algún motivo, sonó como si escondiera algo mucho más serio -. Lo he visto ya varias veces. Uno cada generación, por lo menos.

Me costó un buen rato comprender que no me estaba dando una charla sobre rompecorazones. Parpadeé un par de veces, mirándola con nuevos ojos e incapaz de ocultar mi sorpresa.

-Señora Torrine… usted…

-Yo también conocí a uno de ellos cuando era joven –suspiró, girándose hacia la ventana -. No fui la única. Sabía que vería a uno de ellos tarde o temprano, otra vez. Verás, por algún motivo, parece que les gusta Coalfell. Llegan, aprenden, se van. Es como un… programa de intercambio para ellos.

Tuve que recordar la primera excusa que había usado con mi tía. Parece que no me había desviado tanto de la verdad como había pensado.

-¿Pero por qué? –pregunté, aún confundido.

-¿Y por qué me lo preguntas a mí? Deberías habérselo preguntado a él. Pero apuesto a que no te dijo nada, ¿verdad? No, ellos nunca son claros con esas cosas, y nunca dicen de dónde vienen. A veces me pregunto si ellos lo saben, acaso. Que me aspen si lo sé yo. –Se detuvo durante unos segundos y, después, volvió a girarse hacia mí -. Pero hay una cosa que sí puedo asegurarte, después de haber vivido en este maldito pueblo durante más de sesenta años. Nunca vuelven. Así que olvídalo.

Me dirigió una mirada severa mientras pronunciaba aquellas palabras. No supe qué responder.

En cualquier caso, comencé a moverme hacia las escaleras de nuevo, en parte porque en el hipotético caso de que lo que la señora Torrine acababa de decirme fuera cierto, aún había algo que tenía que hacer. Algo para asegurarme de que no estaba totalmente loco.

Entonces, nada más subir el primer escalón, un pensamiento alocado acudió a mi mente.

-¿Uno cada generación, ha dicho? –pregunté, sin girarme a mirarla.

Su respuesta llegó unos segundos más tarde.

-Uno cada generación.

Permanecí unos segundos allí, en silencio. Había, al menos, una generación entre la señora Torrine y yo. Las posibilidades que acudieron a mi mente me hicieron sentirme ligeramente mareado, pero finalmente suspiré y continué subiendo las escaleras. Nunca lo sabría.

Cuando llegué al telescopio, ya me había conseguido deshacer de aquellos pensamientos. Me senté enfrente de él y, con cuidado, comencé a buscar una constelación en particular. Una estrella en particular.

Auriga. La constelación del cochero.

No me costó demasiado. Después de todo, en el pasado me había acostumbrado a encontrar estrellas mucho más rápido.

Entonces, comencé a buscar la estrella específica en la que había pensado, conteniendo el aliento. Me costó unos cuantos segundos más, pero me sentía mucho más libre dejando mi mirada vagar por el cielo. Las estrellas en el velo negro, al menos, parecían iluminarme el camino.

Ya no caminaba a oscuras.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios cuando encontré lo que estaba buscando y una chispa de felicidad cruzó mi corazón.

Iota Aurigae. También conocida como Hassaleh. También conocida como Alkab, por Chaucer.

También conocida como Kabdhilinan.

-Hola, Kab –susurré, con lágrimas en los ojos.