Estrellas Fugaces (Parte 2)
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Al día siguiente era domingo, de modo que normalmente habría pasado todo el día en la cama, jugando al Tetris en la vieja consola que mi madre me había comprado tiempo atrás. No tenía ningún otro videojuego, por lo que aquello no era suficiente para mantenerme entretenido. Sin embargo, me gustaba cómo todas las piezas caían en el lugar que les correspondía, y cómo si todo tenía sentido en aquel pequeño mundo de palos, cuadrados y eles, era porque yo los había puesto en orden. Aquello difería bastante de la vida real.
Aquel día estaba aburrido, e incluso peor: inquieto. Por algún motivo, el recuerdo del chico desnudo aún pululaba por mi mente; no por su desnudez, obviamente, sino por lo rara que había sido la situación. Me preguntaba si alguien como él podría haber acabado en el bosque. Y cómo podría haber sobrevivido sin llevar ropa. Y dónde había estado todo aquel tiempo. Pero sobre todo, no podía evitar preguntarme cómo reaccionaría la gente de Coalfell cuando descubrieran a aquel extraño chico. No era como si me preocupara por él, pero tenía que admitir que la noche anterior había despertado mi simpatía más de lo que nadie lo había conseguido en mucho, mucho tiempo. A pesar de todo, dudaba de que el resto de la gente fuera a ser tan considerada como yo. Si la mayoría de los chicos del Instituto de Coalfell que conocía se hubieran topado con él en vez de yo, probablemente se habrían reído de él durante meses. Y, por algún motivo, había algo en aquella mirada pura y absolutamente inocente que me hacía sentir que aquel habría sido un crimen tremendo.
En conclusión, había demasiadas cosas que no sabía, y demasiadas cosas que no quería saber en caso de que sucedieran. ¿Podía impedir que sucedieran? Quizás. ¿Quería levantarme de mi cama? Nop. Pero aún así, lo hice.
Tras decirle a mi tía que iba a salir (ante lo cual ella reaccionó con una exclamación de pura sorpresa) cogí mis llaves y salí a la calle. El aire era limpio y refrescante, y aunque el sol brillaba con fuerza en el cielo, el calor no era demasiado insoportable. Los veranos eran particularmente suaves en Coalfell.
Decidí dar un paseo hacia la biblioteca. No porque aquel fuera el lugar en el que me lo había encontrado por primera vez (por supuesto que no), sino porque pensé que hacía el tiempo perfecto para leer un libro en el observatorio, tumbado en la hamaca que había llevado al balcón. Quizás hasta bebiendo algo frío mientras tanto.
Incluso mientras caminaba hacia la biblioteca, aún no estaba seguro de si verdaderamente quería encontrarme de nuevo al chico desnudo, ahora totalmente vestido gracias a mí. Si lo pensaba de manera racional, no encontrarle en el pueblo querría decir que había vuelto a… de donde fuera que había salido, y no tendría que preocuparme por él nunca más. Sin embargo, encontrarle me habría ayudado… a ayudarle… de alguna forma. Aún me preocupaba que otra gente de mi edad pudiera reírse de él. Lo único que quería hacer era asegurarme de que estaba bien para poder olvidarme definitivamente de él.
-Hoy vienes temprano, ¿eh? –preguntó la señora Torrine, desde detrás del mostrador. Parecía ocupada clasificando algunas de sus viejas fotos en blanco y negro.
-¿Qué puedo decir? Me encanta el conocimiento –respondí, irónicamente. Por supuesto, aquella no era la respuesta que la vieja comadreja esperaba, pero sabía que no volvería a preguntarme.
-Nada de amigos desnudos esta vez, ¿vale? –fue todo lo que dijo, antes de volver a sumergirse en sus fotografías.
Subí rápidamente por las escaleras y llegué al segundo piso. Era más grande que el primero y se encontraba lleno de estanterías que al mismo tiempo estaban llenas de libros. En cierto sentido, la señora Torrine había hecho un montón de esfuerzo para levantar aquella biblioteca, incluso a pesar de que su actitud agria hacía pensar a la gente que aquello se trataba de algún tipo de castigo que se había impuesto a sí misma tiempo atrás. Yo siempre había pensado que ella sentía cierta pasión por los libros, puesto que, después de todo, había abierto una biblioteca… pero nunca, jamás, la había visto abrir un solo libro.
Después de coger Stardust de Neil Gaiman de una de las estanterías, caminé hacia la hamaca y me tumbé, abriendo el libro por una página al azar. Había leído aquel libro varias veces y siempre lo encontraba al mismo tiempo encantador y algo tonto. Aunque la historia acababa felizmente, siempre me preguntaba si el amor era realmente una fuerza tan poderosa como para hacer a alguien jurar que recogería una estrella caída del cielo. Las diferentes capas de mi conciencia reaccionaban de manera diferente a aquel mensaje: exteriormente, compadecía al pobre Tristran por ser tan ingenuo; interiormente, deseaba desesperadamente ser capaz de sentir algo tan poderoso algún día. O simplemente… sentir cualquier cosa.
Estuve leyendo durante una hora, sintiéndome cada vez más aburrido. Se me había olvidado comprar algo frío de beber en la máquina expendedora del piso de abajo, y era demasiado vago como para levantarme otra vez. El sol era agradable y una suave brisa removía mi pelaje; me sentía bastante bien, aunque no sabía a qué estaba esperando exactamente. Probablemente, por ese motivo fue por el que prácticamente salté al escuchar el ruido bajo el balcón. Tratando de tranquilizarme, puse el libro boca abajo en la hamaca y me asomé a la balaustrada. Me sorprendió ver de nuevo al chico del día anterior allí, aún llevando mi ropa; pero al mismo tiempo, no fue en absoluto una sorpresa.
-Eres todo un Romeo –dije, riendo un poco -. Viniendo a buscarme al balcón y todo eso.
Pronto me di cuenta de que tenía intenciones de escalar el muro otra vez. Aquello disparó todas mis alarmas. Aquella vez iba vestido, pero aquello no impediría que cualquier transeúnte le viera, ni que se cayera al suelo.
-¡Espera! –exclamé, lo suficientemente alto como para que me escuchara. No quería que la señora Torrine saliera gritando de la biblioteca con una escoba o algo así. –Espérame ahí -. Señalé al suelo debajo de sus pies, lo que provocó que mirara hacia abajo como si se le hubiera caído algo y lo estuviera buscando. No pude evitar sonreír -. Eso es, ahí. Ahora bajo.
Sorprendentemente, pareció entenderme aquella vez e incluso alzó la cabeza para mirarme con aquellos profundos ojos negros, sin moverse del sitio. Aún sonriendo, me di la vuelta rápidamente y entré al edificio de nuevo.
-¿Y ahora te marchas? –preguntó la señora Torrine, alzando una ceja al verme bajar por las escaleras -. Nunca he visto a un chaval más raro.
-Lo soy –respondí, con una leve sonrisa.
Él me esperaba afuera. Su expresión pareció iluminarse un poco cuando me vio llegar, pero eso fue todo. No se acercó a mí ni intentó saludarme de ninguna forma. De hecho, ni siquiera sonreía, a pesar de que podía verlo en sus ojos. Se quedó allí, mirándome fijamente. Había algo encantador en aquel comportamiento tan puro e inocente.
Abrí mi boca para decir algo, pero él lo hizo antes de que yo pudiera.
-A… aquí –murmuró, tras un esfuerzo terrible, pero aún sonriendo a su extraña manera.
Creó que le miré como si fuera la primera vez que oía aquella palabra. Por algún motivo, había imaginado que no sería capaz de hablar conmigo, al menos no en mi mismo idioma, de modo que no había esperado que aprendiera tan rápidamente. Parecía que, después de todo, era un Mowgli muy listo. Tras unos segundos, conseguí sacudir la cabeza y darle una respuesta apropiada.
-Eso… es. Has esperado aquí. Tú –repetí, señalándole -. Has esperado. Aquí.
Me ayudé de gestos para hacerle entender lo que significaba cada palabra, aunque siendo sinceros, no creo que saliera muy bien. Sin embargo, pareció quedarse atascado en el primero de los gestos y se señaló a sí mismo con una de sus zarpas. Éstas también eran muy similares a las mías, aunque ligeramente distintas en tamaño y forma.
Entonces dijo algo que no entendí.
-¿Cómo? –pregunté, tratando de atribuir algún significado a los sonidos que acababa de escuchar.
-Kabdhilinan –dijo, señalándose a sí mismo.
Tuve que sacudir la cabeza y, con una mirada confusa, mirarle de nuevo.
-Kabdhilinan –repitió, insistentemente.
Quizás fuera la forma en que pronunciaba aquella palabra, pero algo en ella la hizo sonar como si ya no estuviera intentando imitar sonidos. Ahora, hablaba con más seguridad, y algo me dijo que aquella era una palabra que él conocía, en aquel que fuera su idioma. Finalmente, todo cobró sentido en mi mente.
-¡Oh! –exclamé, emocionado -. ¡Es tu nombre! Kabdhil… ¡Kabdhilinan!
Fue fácil adivinar lo feliz y orgulloso que se sintió al oírme decir eso por la repentina luz que pareció inundar su mirada. Su felicidad resultaba algo contagiosa y yo terminé por sonreír también. Además, yo tampoco podía evitar sentirme orgulloso: después de todo, más o menos estaba consiguiendo comunicarme con él.
-Christopher –dije, poniendo una zarpa sobre mi pecho -. Christopher –repetí, algo más lento.
Él ladeó la cabeza y trató de pronunciar el nombre como yo. Pero era tan difícil para él como lo había sido para mí. Le costó pronunciar la primera “Chr", y en cuanto lo hubo conseguido, se lió con la “st". Me preguntaba qué habría pasado si le hubiera dejado llegar al “ph", pero no le dejé llegar tan lejos. Sería mejor hacérselo más fácil.
-Chris –pronuncié, señalándome. Esperaba que así entendiera por qué lo había cambiado, en lugar de hacérselo más difícil.
-Ch… Chris… -consiguió pronunciar, colocando su zarpa sobre mi pecho, para alarma mía.
No estaba acostumbrado a que otros me tocaran, y menos aún aquellos cuyas intenciones no conocía del todo. Sin embargo, su comportamiento inocente me hizo mantenerme calmado. Si había algo que sabía a aquellas alturas era que él era totalmente inofensivo.
-Chris –repitió, esta vez con más confianza. Hubo un brillo de curiosidad en sus ojos; y después, la chispa de una idea. Casi pude ver los engranajes de su mente girando antes de que desplazara su zarpa a su pecho y dijera, lentamente -. Kab.
-Kab –repetí, satisfecho con las abreviaturas que habíamos decidido utilizar.
Él, también, pareció sonreír por primera vez; me refiero, curvando los labios.
Fue entonces cuando pensé que, hasta cierto punto, parecía estar aprendiendo de mí. El día anterior, había intentado hablar, pero rara vez había conseguido dejar escapar algo más que sonidos incomprensibles. Hoy, sin embargo, parecía como si poco a poco le estuviera pillando el truco. Y ahora hasta parecía sonreír.
¿Dónde estaban los límites? ¿Podría enseñarle a hablar como yo? ¿Cuánto tiempo tardaría? ¿Qué historias podría contarme, si es que podía contarme alguna? Esas preguntas revolotearon por mi mente, mientras un escalofrío involuntario me hizo sentir la sombra de tantas respuestas desconocidas.
Y entonces, lo supe.
Quería intentarlo. Quería ayudarle, quería conocerle, quería encontrar una forma de ser su amigo. ¿Era por su pelaje estrellado? ¿O quizás por el brillo de inocencia en sus ojos? No lo sabía. Pero no me había sentido tan cercano a nada ni nadie durante mucho, mucho tiempo; y de repente, había encontrado algo que había conseguido captar mi atención.
Quizás fuera como Tristran y estuviera persiguiendo una estrella fugaz después de todo, pero… definitivamente, quería intentarlo. El mero pensamiento de perder aquella posibilidad, de dejar que las cosas continuaran tal cual, me llenaba con una frustración que no había sentido en mucho tiempo.
Cuando le miré de nuevo, él aún estaba observándome fijamente, intentando sonreír. Debo admitir que era tan inquietante como adorable, pero por algún motivo, le devolví la sonrisa.
-Ven conmigo –dije, agarrándole con suavidad de una de sus muñecas y tirando de él hacia el bosque.
Me siguió tranquilamente.
* * * * *
Recuerdo aquel como si fuera uno de los días más felices de mi vida.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentía involucrado en algo. Con alguien. Había pasado mucho tiempo sin que nada llamara mi atención, y el cambio era extremadamente refrescante. Casi como si, de repente, tuviera un propósito.
Aquella mañana, escondidos entre los árboles, bajo los cálidos rayos de la luz del sol que se colaban por entre las hojas, intenté enseñarle a hablar mi idioma. Estuve esperando todo el rato a que él intentara enseñarme a decir algo en el suyo, pero nunca habló a menos que no fuera para intentar repetir lo que yo decía. Después de un rato, deduje que él debía estar más interesado en hablar mi idioma que en hacer que yo hablara el suyo. Aún continuaba dándole vueltas a su nombre; sonaba familiar por algún motivo, pero no habría sabido decir por qué. Sonaba, hasta cierto punto, indio, o quizás árabe, pero para ser sincero estaba totalmente perdido en aquel sentido. Aunque, realmente, no importaba.
Al principio, fue un proceso extremadamente simple. Señalaba a la enorme raíz sobre la que nos habíamos sentado y decía la palabra alto y claro, lo suficiente como para que la entendiera. La repetía un par de veces y después elegía otro objeto, como una flor o el árbol entero. Él intentaba repetirlas y, a pesar de que le llevaba un par de intentos, nunca olvidaba la palabra después. Lo comprobé, volviendo a algunas de las palabras que le había enseñado al principio, después de que lleváramos allí un rato ya. Nunca falló una sola palabra que ya le hubiera enseñado. En secreto, empecé a sentirme algo celoso de su memoria.
Fue gracioso cuando señalé a un racimo de bayas y dije su nombre en voz alta. Lentamente se levantó y comenzó a marcharse, con expresión triste. Tuve que ir detrás de él y enseñarle la diferencia, algo alarmado. Me llevó un rato comprender que aún recordaba como el próximo día le había dicho “que te vayas". Más tarde, ambos nos reiríamos de aquella confusión lingüística.
Antes de que me diera cuenta, ya era la hora de comer. Para ese momento, ya había estado dándole vueltas a algo durante un rato.
Tenía que ver con dónde exactamente estaba viviendo Kab, y más específicamente con dónde se iba a quedar a partir de ese momento. Por los restos de hojas y barro que podía ver en su ropa, imaginé que había dormido al raso, quizás en el bosque. Y el último día, cuando se había comido todas mis palomitas de chocolate, había parecido estar realmente hambriento. Me preocupaba la posibilidad de que no tuviera otro sitio en el que quedarse… si es que alguna vez lo había tenido. Había aún muchas preguntas a su alrededor que no lograba contestar. Hoy en día, aún las hay. Pero en aquel momento, la mera posibilidad de hacerle pasar otra noche al raso me hacía sentir triste y culpable.
Siempre podía hablar con mi tía. No tenía una relación particularmente cercana con ella, pero sabía que era una buena mujer. Sin embargo, contarle la historia de la rara criatura que había aparecido desnuda en la biblioteca y en medio de la noche era definitivamente una mala idea.
Si quería que se quedara, tendría que buscar una buena excusa.
* * * * *
-¿Un programa de intercambio? –preguntó mi tía, parpadeando un par de veces.
-Sí. Al principio se iba a quedar con Ian, pero ya sabes que su padre se puso enfermo el mes pasado y que no ha aparecido demasiado por clase. El profesor preguntó si podíamos dejar que se quedara en alguna de nuestras casas, pero nadie respondía, así que me presenté voluntario. Después de todo, nosotros tenemos dos casas, ¿no?
La excusa del programa de intercambio era perfecta para aquel caso. Además, el hecho de que el padre de Ian realmente tuviera cáncer (todos en el pueblo sabían aquello, hasta yo) reforzaba mi mentira y la hacía sonar más plausible. Me sentía un poco mal por estar usando al padre de Ian como excusa, puesto que probablemente el pobre hombre ya tuviera demasiado, pero como suelen decir, a tiempos desesperados, medidas desesperadas.
Aun así, mi tía aún no confiaba del todo en mis palabras.
-¿De dónde es? –preguntó, recelosa.
-No lo sé, la verdad. Creo que de un pequeño pueblo cerca de Tánger. No lo tengo muy claro, tenía un nombre raro y el profesor sólo lo mencionó una vez.
La mentira brotó fácilmente de mis labios, probablemente porque había estado practicándola durante un buen rato en mi mente, mientras enseñaba a Kab a hablar.
-Houla –dijo, con aquella extraña sonrisa suya, mirando a mi tía. Tras aquello, hizo un saludo algo extraño con una de sus manos. Parecía que mis lecciones funcionaban mejor de lo que yo pensaba, pero aún teníamos mucho que practicar.
-Pero… ¿se puede saber por qué no me lo has dicho hasta hoy mismo? –preguntó, realmente confusa, volviéndose a mí -. Es domingo. Deberías haberlo sabido de antemano.
-Es que… -murmuré, mirando hacia abajo mientras fingía sentirme terriblemente avergonzado -. Lo sabía, pero se me olvidó comentártelo. El profesor me lo dijo el jueves, pero… ya sabes que soy un desastre. Te lo iba a decir el viernes, pero…
-Te olvidaste. ¡Tenías que olvidarte! Por supuesto que eres un desastre –se quejó mi tía, cruzando los brazos sobre su pecho. Me miró a mí, después a Kab, y luego otra vez a mí. Finalmente, dejó escapar un largo suspiro -. Pero no es la culpa de este chico. Supongo que tendremos que dejar que se quede o los vecinos empezarán a hablar. –Hizo una pausa de unos segundos, con cierto aire estresado -. Si me lo hubieras dicho con más antelación, podría haber preparado la casa de Annie para él…
-No pasa nada. Yo me encargaré de todo. Hasta haré la cama –la tranquilicé, mientras intentaba parecer más seguro de mí mismo y dispuesto a ayudar de lo que normalmente solía estar.
Aunque trató de ocultarlo, pude ver que la había sorprendido. Podía imaginarme perfectamente por qué. No estaba acostumbrada a verme hacer amigos, o participar en proyectos escolares como programas de intercambio… ni mucho menos, traer alguien a casa. Además, nunca me había ofrecido a ayudarla con nada que tuviera que ver con la casa de mi madre, excepto quizás mantenerla habitable cuando ya no había nadie allí.
-Será mejor que cumplas tu palabra –me advirtió, sin embargo. Supe al instante que estaba actuando más estrictamente que de costumbre porque había alguien delante. Pronto se giró hacia mi 'compañero de intercambio', con una amable y cálida sonrisa en la cara -. Disculpa las molestias, corazón. Tú debes ser Kad… Kabi… Christopher, ¿cómo se llamaba?
-Kabdhilinan –respondimos ambos a la vez.
-Vale. Kab –dijo, encontrándose con la misma dificultad con la que yo me había topado antes -. Espero que te lo pases muy bien en Coalfell y que hagas muchos amigos. No dejes que la timidez de Christopher te aleje de los demás –añadió, mirándome durante unos segundos –y atrévete a hablar con quien quieras. Oh, y si necesitas lo que sea… sólo tienes que pedírmelo, ¿vale?
-Vala –respondió Kab, asintiendo lentamente.
Comenzaba a sentirme orgulloso tanto de él como de mí mismo.
Aquella noche, él me observó mientras preparaba la habitación en la que dormiría desde ese momento. No era mi cuarto, en caso de que me apeteciera dormir allí alguna noche, sino la sala de invitados que mi madre había mantenido sin usar cuando yo era joven. Aún recordaba que siempre había querido jugar en aquel cuarto porque era más grande que el mío, pero mi madre me había prohibido específicamente hacer tal cosa. Ella solía decir que era para los invitados, de modo que tenía que estar perfectamente ordenada cuando alguien viniera.
Pero nadie vino nunca, y crecí preguntándome a quién exactamente estaba esperando mi madre. Mi tía me contó que mi madre había discutido con mis abuelos, poco después de que naciera, y que nunca habían vuelto a hablarse. Siempre pensé que aquello tendría algo que ver con mi padre, pero puesto que mi madre nunca nos contó ni a mí ni a mi tía nada sobre él, era imposible saber qué había sucedido exactamente. Con el tiempo, ya no me preguntaba quién era mi padre. Me había acostumbrado al hecho de que nunca lo sabría, aunque siempre tuve la teoría de que mi madre mantenía aquella habitación ordenada en caso de que mi padre decidiera volver.
Puesto que era bastante improbable que mi padre decidiera volver y mi tía nunca había entendido la necesidad de proteger aquella habitación, aquel cuarto se alquilaba junto con el resto de la casa a todos aquellos que necesitaban un lugar en el que quedarse. A aquellas alturas, el aura de misterio que antiguamente había rodeado al cuarto de invitados se había desvanecido.
Después de aquello dimos un paseo, e incluso me atreví a llevar a Kab al centro del pueblo. Sabía que mucha gente nos vería pasear juntos, pero probablemente ninguno diría nada. Por más interesante que la aparición de alguien nuevo pudiera ser para los habitantes del pueblo, si Kabhilinan estaba conmigo, nadie se acercaría a hablarle. Contaba con aquello, por otra parte. Sabía que él no habría sido capaz de mantener una conversación con la mayoría de personas a las que conocía.
Durante nuestro paseo, de vez en cuanto señalaba con su zarpa a algo que llamaba su atención, preguntándome silenciosamente cómo debía llamar a aquella cosa. Me llevó un buen rato conseguir que se diera cuenta de que señalar a la gente era de mala educación. Me llevaría incluso más enseñarle qué era exactamente la educación.
Cuando volvimos, hice un pequeño tutorial enseñándole cómo ducharse. Fue más fácil de lo que había supuesto. Tenía miedo de encontrar el baño totalmente inundado al siguiente día, pero aprendí que lo mantenía limpio y seco incluso a pesar de ducharse regularmente. Tuve que hacer lo mismo con la cama, enseñándole cómo entrar y salir y lo que se suponía que tenía que hacer con tantas sábanas y mantas. En cualquier caso, seguía siendo un alumno excelente, y nunca necesité repetir dos veces la misma cosa.
Si le hubiera dicho a alguien que, en la misma noche, había enseñado a un completo desconocido cómo ducharse y meterse en la cama, estoy seguro de que ya no habría pasado tan desapercibido.
* * * * *
Pasó el tiempo.
Al principio, tenía miedo de que Kab intentara hablarle a la persona equivocada y quedara en ridículo. Sin embargo, parecía haber desarrollado cierto sentido de timidez; o al menos, de dependencia. Siempre iba conmigo, excepto cuando estaba en las clases. Sin embargo, siempre me acompañaba por las mañanas al instituto, tomando el camino que iba desde mi casa hasta el moderno edificio, y después desaparecía en el bosque hasta que las clases acababan. Solíamos pasar el resto del día juntos.
Consecuentemente, la biblioteca dejó de ser mi escondite habitual. No porque no pudiera entrar con Kab; él mismo entró en un par de ocasiones e incluso habló con la señora Torrine, para mi sorpresa. Se trataba más bien del hecho de que la biblioteca había sido el lugar donde había podido cultivar mi propia soledad; ahora que ya no estaba solo, no parecía correcto ir allí a hacer lo que había hecho durante tanto tiempo. Mirar a las estrellas no me apetecía tanto ya, aunque Kab y yo solíamos hacerlo en las noches en las que el cielo estaba claro. Y entonces, un brillo soñador aparecía en su mirada.
Comencé a ver la tele con él, más de lo que nunca la había visto. Lo solíamos hacer en la casa de mi tía, puesto que mi tía prefería estar sola (decía que trabajaba mejor cuando la casa estaba tan tranquila y silenciosa como fuera posible). No había ni sofás ni sillas a menos que los visitantes las pidieran, por lo que solíamos sentarnos en el suelo con las piernas cruzadas y ver la tele en aquella postura, a veces con un bol de palomitas. Al principio, resultaba un poco pesado repetir todas las palabras que él quería saber, pero me acostumbré casi tan rápido como él. Siempre me sorprendía lo velozmente que registraba nuevas palabras en su cerebro, y lo fácil que le resultaba recordarlas, como si le resultara imposible olvidar un simple sonido.
Sin embargo, tenía muchos problemas a la hora de distinguir la ficción de la realidad cuando aparecía en la televisión, o por decirlo de otra forma: las series de los telediarios. Una vez estábamos viendo un terrible reportaje sobre niños pasando hambre en el otro lado del mundo y empezó a llorar, diciendo que era demasiado triste. Cuando le dije que aquello sucedía realmente y que no se trataba de una simple película, tuve que impedir que fuera a “ayudar a aquellos niños".
-¿Por qué? –preguntó, con lágrimas en los ojos -. ¿Cómo podéis felices cuando ellos mueren allí?
No supe qué responder a aquella pregunta, y farfullé algo sobre ser demasiado apático desde el día en que había nacido. No le convencí, y por algún motivo terminé abrazándole durante el resto de la tarde mientras veíamos una comedia de humor absurdo, en un vano intento de hacerle sonreír.
Me… gustó. Abrazarle. La comedia fue horrible. Sin embargo, hizo que Kab sonriera y aquello era suficiente para mí.
Las cosas iban bien, pero no era un idiota. Podía sentir la admiración, la atracción, acumulándose lentamente dentro de mí; los lazos de cariño que poco a poco se iban tejiendo entre nosotros. Día tras día, aquel sentimiento tan sólo se intensificaba, y un día me asusté al ver que sonreía inconscientemente cuando le oía hablar, o cuando le miraba durante demasiado rato. Su inteligencia, su sensibilidad; aquel aura de misterio que parecía rodearle. La necesidad de mirarme en aquellos profundos ojos negros que parecían reflejar todas las galaxias que daban vueltas en el cielo. Los sentimientos hacia algo, hacia alguien, al fin.
Lo enterré todo. No bajo una capa de fría indiferencia, como muchos hacen, puesto que eso sólo puede ser contraproducente. El hielo es sólo útil si es sólido; cuando se rompe, puedes cortarte con los pedazos. Yo era más listo que eso. Lo escondí detrás de nuestro compañerismo, en la inocente relación maestro-alumno que habíamos establecido tiempo atrás. La amistad fue la tierra que eché sobre la tumba de mis verdaderos sentimientos.
Había muchas razones por las que hacía aquello. En primer lugar, era consciente de que había algo que estaba mal en el hecho de que me sintiera tan atado a alguien tan rápido. Sólo le había conocido durante dos semanas cuando me vi a mí mismo riendo como una colegiala ante sus intentos de capturar un pez en la televisión y pensando que era irresistiblemente adorable. Aquella aura de misterio que le envolvía y que me atraía tanto también me hacía sentir cierto rechazo; Kab era extraordinario, desde luego, ¿pero qué sabía realmente de él? Un día, mientras veíamos un documental sobre idiomas, le pregunté por el suyo y él no respondió.
Había una última razón por la que no podía aceptar aquello, de todas formas. Había llegado de golpe, aparecido de la nada como si hubiera caído del cielo. Casi como un soplo de aire fresco, como el viento.
Y si había algo que sabía del viento, es que llega sin avisar… pero también se marcha cuando menos te lo esperas.