Colmillo Ígneo - Interludio
Hola a todos.
Sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que subí un capítulo y os pido perdón. Últimamente las cosas han estado más difíciles que de costumbre y no he tenido mucho tiempo de estar por estos sitios. Sin embargo, la buena noticia es que tengo un par de capítulos subidos e iré subiéndolos muy pronto. De momento, os dejo este interludio, en el que vuelve un personaje que llevaba un tiempo sin aparecer.
¡Gracias por leer y espero que os guste!
El señor Zero levantó la mirada del monitor, justo unos segundos antes de que la puerta mecánica se abriera y por ella entrara una mujer joven, escoltada por dos guardas. Algo molesto, el hombre del traje gris entornó los ojos cuando ésta se giró hacia los guardias y, dirigiéndoles una media sonrisa tan fría como el hielo, remarcó:
-Conozco este sitio, gracias. Podéis marcharos.
Las miradas de los guardias se giraron entonces hacia el hombre del traje gris, esperando órdenes. Tras unos segundos de duda, el señor Zero asintió casi imperceptiblemente mientras clavaba su mirada atemporal, casi tan gris como el resto de su cuerpo, en la mujer que tenía delante. Los guardias abandonaron la sala metálica, dejando a ambos solos en su interior.
-Buenas tardes, Emile –saludó Sophia, inclinando la cabeza -. Qué alegría encontrarte en mi antiguo puesto de trabajo. Todo debe estar más tranquilo ahora que no hay anthros a los que vigilar.
El señor Zero no respondió inicialmente. Sus dedos tamborilearon levemente sobre la mesa, en una inequívoca señal de irritación. Aquella mujer tenía la molesta cualidad de sacarle siempre de sus casillas, incluso a pesar de la eficacia que había demostrado en determinadas ocasiones. Sin embargo, mientras que al señor Zero le gustaba seguir impecablemente un programa de trabajo establecido, a Lefebvre parecía entusiasmarle la idea de improvisar… y de ir por su cuenta.
-Veo que has vuelto –fue todo lo que dijo, sin variar la emoción de su rostro ni un ápice.
-Muy observador. ¿Es que te sorprende? –preguntó la mujer. Por detrás de la máscara de seriedad que adornaba su rostro, el señor Zero pudo distinguir un leve atisbo de diversión.
Tuvo que reprimir un gesto de asco.
-No –contestó, al cabo de unos segundos -. Lo que me sorprende es que tengas el valor para presentarte aquí después de lo que sucedió en esta unidad de contención. Que estaba a tu cargo –añadió, clavando en ella una mirada acusadora.
Sophia se encogió de hombros.
-No puedo controlar todo lo que sucede a mi alrededor, no estoy tan capacitada para eso. ¿Y sabes qué, Emile? Tú tampoco.
El señor Zero no respondió a la provocación.
-Hubo un motín, como imagino que ya sabrás –continuó la mujer, con aire indiferente -. Y me limité a salvar mi vida. No podrás negarme que cualquiera habría hecho lo mismo en mi situación.
-Algunos no pudieron hacerlo –replicó el señor Zero, con frialdad.
Sophia sostuvo su mirada durante unos segundos, sin entender a qué se refería, hasta que finalmente pareció comprender y esbozó una fría sonrisa.
-Oh, te refieres a Camus. Bueno. Te haré saber que de no haber sido por él, ese estúpido motín no habría llegado a ninguna parte. Pero tuvo que meter sus narices donde no le llamaban. Como de costumbre.
El señor Zero se mantuvo en silencio.
-No te molestará, ¿verdad? –preguntó Sophia.
No había pena en su voz, ni tan siquiera un ápice de compasión. El señor Zero pensó que así era mejor, de todas formas. No habría soportado que aquella mujer se compadeciera de él.
-No –respondió -. He revisado las grabaciones. El motín fue, en base, culpa de su prepotencia. Pero también he comprobado que tú no hiciste nada para pararlo.
Sophia se ajustó las gafas, y el cristal de estas reflejó la luz del monitor que parpadeaba delante del señor Zero.
-¿Y perder a todos los sujetos y datos de estudio que habíamos acumulado en todo este tiempo? No soy tan estúpida, Emile. Sé cuándo he perdido una batalla y actué en consecuencia.
El señor Zero sacudió la cabeza, irritado.
-Cualquiera diría que te dejaste ganar.
Sophia abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Una leve oleada de satisfacción invadió al señor Zero al saber que había conseguido dejarla sin palabras.
-Y hablando de sujetos, he visto que estabas particularmente interesada en uno que, a pesar de no iniciar el motín, consiguió colarse en las instalaciones privadas y averiguó cosas que ningún anthro debería saber.
-Lagopus Z –adivinó Sophia.
-Exacto. Imagino que te habrás encargado debidamente de él.
Sophia ladeó la cabeza.
-Está en estado comatoso y dudo que consiga despertar. Y, en cualquier caso, lo que sabe es sólo una pequeña fracción de la realidad.
Pronunció aquellas últimas palabras con indiferencia, pero el señor Zero creyó distinguir algo extraño bajo ellas… ¿acaso era pena?
No tuvo mucho tiempo para pensarlo, sin embargo, porque justo en ese momento la puerta se abrió y uno de los guardias entró en la sala, inclinándose levemente ante el señor Zero. Éste averiguó casi al instante el motivo por el que estaba ahí. Era hora de marcharse.
-Debemos irnos, parece ser que él quiere verte –dijo el señor Zero, mientras apagaba el monitor enfrente de él y se dirigía hacia la puerta -. Espero que tus argumentos le convenzan a él más de lo que me han convencido a mí, o de lo contrario, tendrás un problema.
Sophia no respondió. Dudó unos instantes, antes de comenzar a andar detrás del hombre del traje gris. Antes de abandonar la sala, este se giró hacia ella y le dirigió una penetrante mirada de sus ojos grises.
-Espero que sepas que no me fío de ti ni un pelo, Lefebvre. Tus implicaciones personales con este proyecto no son más que obstáculos en nuestra investigación, y si consigo la forma de deshacerme de ellas, lo haré. –Hizo una pausa -. Al igual que ese anthro al que tanto te empeñas en proteger. Puede que a él le baste con que le hayas dejado fuera de juego, pero para mí no es suficiente.
Sophia se estremeció levemente. Sin embargo, al cabo de unos segundos, esbozó una media sonrisa y respondió:
-Dejemos que los acontecimientos sigan su curso. Vuelvo a repetirte, Emile, que ni tú ni yo podemos controlarlo todo.
Y tras esas palabras, ambos abandonaron la sala, dejando a sus espaldas la que, durante meses, había sido la sala de mandos de la Caja.