38 - Soberbia

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 38 de Fabula Drakone: La balada de los pecadores.


— ¡Puerta!

El sonido estridente de una alarma resonó en el instante en que la entrada de la sala de interrogatorios se abrió. Un pequeño simio, vestido con un traje desaliñado, fue conducido al interior por un oficial que empujaba la puerta con fuerza.

El cuerpo del primate se sacudía por el miedo, mientras dirigía una mirada nerviosa hacia el preso, quien estaba frente a él, de espaldas, sentado en una silla delante de una mesa de metal, a la cual estaba esposado de los pies.

Con nerviosismo, el menudo chimpancé se aproximó al otro asiento y se sentó frente al prisionero: un gorila enorme, de porte imponente y gesto amenazante, con las muñecas esposadas. El preso miró fijo al simio, con una ceja arqueada, analizándolo de arriba abajo.

? ¿Y tú quién eres, niño? — preguntó el gorila, sorprendido y molesto.

? Yo... Llevaré su caso, se-señor Hidalgo... Soy su abo-abogado de oficio — respondió el pequeño chimpancé, tartamudeando.

El enorme reo asimiló la situación y comenzó a reír.

— Jamás saldré de aquí, ¿verdad? — más que preguntar, afirmó el preso.

— No, no diga eso — refutó el licenciado, atreviéndose a mirar fijo al gorila, intentando ocultar su inquietud —. Seré nuevo, pero quizá haya alguna manera de enfrentar todo esto, sin importar lo que haya hecho — mencionó, pero al notar que el gorila lo atravesaba con los ojos, desvió su mirada al suelo. El gorila volvió a reír.

— ¿Si sabes quién soy? ¿Al menos te dieron mi expediente, niño? — preguntó el prisionero, con desdén, fijando sus ojos en los del abogado, que iban y venían, tratando de evitarlo.

— Yo sólo sé que usted es...

— Un peleador condenado a cadena perpetua por matar a sangre fría — reveló el corpulento gorila, amenazante, interrumpiendo al pequeño chimpancé, sobresaltándolo por la declaración que acababa de escuchar —. Sí entiendes, ¿verdad? ¡Maté con los puros puños a veintitantos maleantes que sólo querían el dinero de mis victorias! — cada que continuaba, el abogado se horrorizaba aún más, manteniendo su mirada en el suelo, asustado —. Ellos llevaban navajas, cuchillos, pistolas, y la mera neta no me importó — confesó, con una sonrisa escalofriante —. ¡Pude contra todos! Y eso me trajo a este mugre lugar.

— Yo... Creí que sólo había participado en pe-peleas clandestinas — mencionó el diminuto chimpancé, aún con la cabeza agachada.

— Bueno, ahora compruebas que no me conocías — declaró el preso, inclinándose en la mesa, clavándole la mirada a su abogado —. Ahora, dime... — pausó, esperando con un gesto que el simio le dijera su nombre.

— Benito...

— ¡Benito! Dime... ¿Cómo piensas sacarme de aquí? Porque lo que te conté no fue lo único — aclaró el prisionero haciendo que el abogado tragara saliva —. Quizá fue lo que hizo que estuviera aquí, ¡pero no porque me atraparan! ¡Yo mismo me aburrí y me subí a la patrulla cuando llegaron los inútiles policías! — el orgulloso gorila se reclinó hacia atrás, subiendo sus pies a la mesa y poniendo las manos en la nuca, listo para narrar —. Hace una semana, en otra prisión, unos cuates de quienes maté se querían vengar de mí, ¿y qué crees que pasó? — el abogado ni siquiera se atrevía a mirar al preso — Sometí a más de cincuenta reos, maté a más de diez, y otros diez murieron en el hospital — contó con admiración propia —. Por eso me cambiaron a este penal de máxima seguridad — culminó —. ¿Cree poder, señor abogado, ayudar a este excelente asesino?

El abogado, sudando la gota gorda, no sabía que decir, manteniendo la mirada en el suelo, ansioso.

— Se nota que me tienes miedo — se burló el gorila —. Da igual... ¡Toma tus cosas y vete, niño! ¡No me sirves!

Benito se levantó raudo, sin siquiera mirar al preso.

***

El abogado caminó hacia la puerta, con intención de salir, y así fue ahí cuando entramos nosotros.

El pequeño Benito retrocedió todo confundido, porque sabía que nadie más que el prisionero y él debían estar en ese lugar.

— Qué sorpresa — exclamó el gorila, girando como pudo hacia la puerta, viéndonos —. No acostumbro a tener visitas — sonrió, mostrando sus dientes blancos.

— Nuestros métodos son convincentes — me limité a explicar, mientras el guardia que debía custodiar la puerta, gemía de fondo, mezclándose con el sonido cercano de piel contra piel. De hecho, noté la mirada confusa del licenciado y el gorila, así que agregué, sonriente y sonrojado: —. No se preocupen, lo que pasa es que Lusto no pierde el tiempo.

— ¿Y qué? — vociferó el corpulento preso, notando la presencia del devoto zorro — ¿Viene a confesarme, padre? — cuestionó el gorila, viendo a Envio acercarse para estar frente a frente.

— «Todos se han vuelto atrás; todos se han corrompido; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno.» — citó el padre —. Todos somos pecadores en esta tierra, hermano.

— Yo soy el mejor de ellos, sin duda — se burló el gorila.

— Tener humildad para reconocerlo es un buen paso — aludió Envidia.

— Oye, ¿y qué tal la comida aquí? — preguntó Gluto, colocándose a un costado de Hidalgo.

— ¿Qué es esto? ¿Una entrevista para un canal de chismes? — cuestionó el gorila de vuelta, con una leve carcajada — La verdad es que es muy mala; fruta, pasta, lechuga... Con suerte me atragantaré y moriré antes.

— Con ese menú, cualquiera se muere — reconoció Gula sonriente.

De pronto, un rugido, o más bien, un viril gemido, se escuchó desde el exterior de la sala, para que, segundos después, Lusto entrara, abotonándose los pantalones.

— Bueeeeno, uno menos — mencionó el león, satisfecho, notando al corpulento gorila —. Oh, hola, galán... Si todos aquí son como tú, quiero que me encierren.

— Hace mucho que nadie me chuleaba — se sinceró Hidalgo, acomodándose derecho en la silla —. La neta, tú tampoco te ves mal — mencionó con una ligera pulsión en su entrepierna —. Las visitas conyugales son los viernes, pero yo te puedo dar cualquier día — mencionó, sensual.

— ¡Uffff! — expresó Lusto, mordiéndose el labio.

Luego de eso, el gorila dirigió su mirada a todos nosotros, contemplándonos.

— Parece que mi fama me precede — exclamó el preso —, pero yo no los conozco.

— Bueno, eso depende — mencionó el león, sacando unas llaves de su bolsillo y mostrándolas al gorila —. ¿Quieres salir? — eran las llaves del guardia que estaba... un poco indispuesto allí afuera.

El abogado no sabía qué estaba pasando, nos miraba a todos, nervioso, ni siquiera sabía qué hacer. Asustado, y aprovechando nuestra propia distracción, intentó escapar, moviéndose sigiloso.

— ¿'Onde vas? — cuestionó Gluto, con una voz imponente, asustando al pobre Benito, poniéndole un cuchillo de pan en el cuello.

— ¡Por favor, por favor! No me haga nada — suplicó, temblando de todo el cuerpo.

Karen, que nunca se despegó de mis espaldas, miró al chef y al abogado, precavida, esperando a que en cualquier momento Gula lo degollara, pero no pasó, solo lo tomó como rehén, sin dejar de mantener su cuchillo en su garganta.

Mientras eso pasaba, Lusto se acercó a Hidalgo y, con las llaves, logró quitarle los grilletes de las muñecas y las esposas de su tobillo, liberándolo por completo, aunque, en lugar de ponerse feliz, más bien se veía desinteresado, casi aburrido.

— No tiene caso que me suelten — se sinceró el gorila, desanimado —. Al final todo es lo mismo: pelear, ganar, y repetir y repetir, hasta que me maten — añadió —. No hay emoción, no hay retos... Nada me excita ya.

— Eso lo puedo arreglar — alegó Lujuria, acercándose a Hidalgo con deseo y una media sonrisa sensual.

— Todos queremos ayudar — retomé, acercándome al gorila y apartando al león —. Lo peor que puede pasar es que te aburras y, créeme, sé de eso — con energía, extendí mi mano hacia el preso, que solo se encogió de hombros y asintió.

— Ta' bien... Nada más porque neta detesto este lugar — aceptó el gorila, tomando mi mano.

La oscuridad nos envolvió, fortaleciéndonos y, en un solo parpadeo, todo desapareció, adentrándose al corazón de Hidalgo. Una sensación golpeó al gorila y, al mirarnos, me tomó del cuello, lleno de vigor y con una tosquedad evidente.

— Hola, Fiero — reconocí estrujado entre sus fuertes brazos.

— ¡Compadres! ¡¿Cuánto tiempo?! — expresó con felicidad, riendo y apretando con fuerza sus ojos rojos —. ¡Qué bien verlos a todos! ¡Pero qué mejor que ustedes me vean a mí!

De pronto, una fuerte alarma sonó, alertándonos.

— ¡Maldición, tenemos problemas! — reportó Karen, preocupada, antes de que gritos de policías se escucharan cerca de la sala.

Ella, rápida, cerró la puerta tras de sí. El abogado la miró, notando que ya no tenía ninguna salida, intentando con esfuerzo hacerse bolita.

— ¡Se los ruego, déjenme ir! — suplicó Benito, llorando y con la nariz sucia, qué asco... —. ¡No diré nada! ¡Solo suéltenme! — continuó, haciendo que Gluto lo soltara con desagrado.

— ¡Qué horror! — exclamó Hidalgo, mirando los mocos que se le salían de la nariz y goteaban en el suelo — ¡Eres un cobarde! ¡¿No te da vergüenza verte así?! — se acercó, tomándolo de la cara y levantándola con coraje, pese a que los fluidos le caían en la mano —. ¡Si no tienes orgullo, yo te daré un poco! — el abogado seguía llorando, ahora más ante la amenaza de Fiero.

De repente, de la sombra del gorila, salió una masa de músculo, velludo, amorfo y jadeante; era un demonio.

— Permítame ayudarle, su agresividad.

— ¡Ah, cabrón! — se sobresaltó Hidalgo, impactándose por la forma del ser, mientras se limpiaba en su ropa los mocos del abogado — ¿Quién eres tú?

— Rencor — se presentó, haciendo una reverencia —, general de su legión, su vileza — añadió.

Fiero miró al demonio de pies a cabeza, analizándolo, sin inmutarse.

— ¡Da igual! Haz algo con este manojo de nervios y sirve de algo, o sino yo lo hago solo, como siempre — ordenó con desprecio.

Rencor, caminando ante el abogado, se detuvo frente a él, amenazante, haciendo que el abogado berreara más y más.

De pronto, el demonio alzó su mano... o lo que posiblemente era su mano... y la adentró a la boca del abogado, y así, comenzando a meterse parte por parte de su cuerpo. Un espectáculo muy poco placentero, la verdad. Pero así, de un momento a otro, Benito se colocó inexpresivo, dejó de llorar y luego, limpió su cara con un pañuelo, adquiriendo un semblante estoico e inexpresivo.

Extrañándonos, el abogado sacó su teléfono y comenzó a hacer llamadas, con inusitada profesionalidad.

— Habla el abogado Benito, tengo un caso...

— En fin... ¿En qué estaba? — mencionó Fiero, mientras el pequeño simio hablaba por celular — Ah sí, salgamos de aquí. Este lugar me aburre... neta, no es para mí — agregó, para después tronarse los dedos y los nudillos.

— ¿Necesitas ayuda? — le pregunté.

— ¡Claro que no! ¿Qué pregunta es esa? ¡Soy el orgullo con patas! — exclamó.

En ese momento, una potente explosión golpeó la puerta de la sala, reventando hasta el espejo de observación y lanzándolos contra la otra pared. Nos lastimamos poco y nos aturdimos, mientras que la polvareda nos impidió ver. Algunas paredes en donde chocamos se cuartearon un poco, pero nos sirvieron de colchón... o eso creo.

El primero en levantarse fue Fiero, que se quitó el polvo de sus pantalones y cara.

— Pensándolo mejor, estoy aprendiendo a valorar a las personas. He ido a terapia — reconoció el gorila con una sonrisa de oreja a oreja, mientras todos los demás nos levantábamos, quejándonos —. ¡Envidia, las armas! ¡Gluto, una salida! ¡Lujuria!, qué bien te sienta ese pantalón — el león sonrió mostrando una mueca de orgullo, mientras levantó su pulgar, halagado.

— ¿Y qué hago yo? — le pregunté, quitándome la sensación de zumbido en los oídos.

— Intenta no morir.

— Ah, eso es fácil — respondí, volteando a ver a Karen, que aún seguía en el suelo, no solo desorientada, sino también aterrada, aunque pese a eso, se levantó poco a poco.

— ¿Y ella quién es? — preguntó Fiero notando a Karen.

— ¡La secretaria! — respondimos en coro, mientras Karen lograba recomponerse que, a diferencia de nosotros, ya estábamos listos para cualquier cosa.

— Bueno... ¡Ve bien, mujer! ¡Estás a punto de ver al mismísimo Fiero Hidalgo, pecado de la soberbia, una de las siete grandes calamidades, escapar de una prisión de máxima seguridad! — aseguró el gorila flexionando los brazos y sacando el pecho.

De pronto, dentro de la destruida sala de interrogatorios, entraron un comando de policías, armado hasta los dientes, que apenas y podía ver por los escombros, apuntándonos a todos.

— ¡Tápense los oídos! — gritó Fiero, a lo que todos acatamos.

Karen apenas pudo hacerlo cuando, a todo pulmón, Soberbia lanzó un grito que hizo retumbar el sitio, cuarteando más las paredes que ya estaban rotas después de la explosión.

Aquel grito, hirió los oídos del comando, obligándolos a arrodillarse y llevarse las manos a los tímpanos, aturdidos y confusos.

— ¡Padre! ¡Su turno! — pidió Fiero al devoto.

— Envidio sus armas — sonrió Envio, quitándoles con el gesto de su mano toda forma de defensa, cayendo todo ante sus pies.

Los oficiales, aterrados, comenzaron a correr, emocionando a Fiero.

— ¡Yo los distraeré! ¡Ustedes adelántense! ¡Los veo en la entrada!

Soberbia salió de la sala con un potente salto hacia los policías, mientras Gluto, miró las paredes cuarteadas, analizándolas, pasando un dedo por el concreto y luego saboreándolo.

— Qué curioso — declaró nuestro jabalí —. Este concreto tiene un sabor dulce — mencionó, antes de sacar su enorme cuchara, agrandarla y a punto de perforar la pared, uno de sus generales, el ratón, salió de su sombra para ayudarlo.

— Yo me encargo, chef — mencionó Margarina, cuando, tras él apareció su ejército de ratas, se acercaron a la pared y comenzando a roer como si estuvieran comiendo pan.

— ¡Excelente! Esto merece unos buenos chiles en nogada — reconoció Gluto, satisfecho.

Mientras tanto, Soberbia, desde el otro lado de la sala, se enfrentaba ante los oficiales, quienes apenas podían parpadear antes de que un potente puño les hiciera crujir los huesos, uno a uno. Tan sólo escuchábamos los gritos y disparos de los guardias y reos, también estaban las risas de Fiero que se divertía a lo grande.

Cada oficial iba cayendo a mano de los golpes fuertes que el gorila les proporcionaba, algunos muertos, otros solo heridos, pero, como Fiero sabía, era cuestión de tiempo para que murieran, pues sus golpes eran letales. El cuerpo de cada persona con la que se enfrentó quedó destrozado, lanzándolos como si fueran muñecos de trapo contra las paredes, rompió algunas, incluso se tomó el tiempo para liberar a varios presos que, aterrados, prefirieron quedarse en sus celdas, ante las carcajadas malignas del gorila.

Mientras tanto, la legión de ratas de Margarina hizo una enorme brecha en la pared, dándonos una vía de escape. Cuando el general de Gluto regresó a su sombra, nosotros nos apresuramos y logramos cruzar en poco tiempo. Al salir, nos encontramos con Fiero, sorprendiéndonos, pues estaba sentado en un escritorio en medio del pasillo lleno de sangre y muerte.

— Tardaron — alardeó, sonriente, brincando del asiento y encaminándose a la puerta principal.

Hidalgo retrajo su puño y, con una amplia sonrisa, golpeó el portón, destruyéndolo y haciéndolo caer hacia atrás. Pero nuestra sonrisa desapareció al ver un convoy de judiciales rodeándonos y apuntándonos con sus armas. Todos nos alarmamos, sobre todo Karen.

— Ah... ¿Envio? — Soberbia y todos nosotros levantamos los brazos.

— Puedo intentarlo, pero no envidio tantas armas — mencionó el padre, provocando preocupación en el gorila.

— ¿Y si les hablas bonito, Lusto? — preguntó Hidalgo al león.

— No creo que todos sean solteros — respondió.

— ¿Te los puedes comer, Gluto? — insistió el gorila.

— Tienen uniformes reforzados — mencionó —. Tardaré un poco.

— Madres... — exclamó Fiero, pensando en más opciones.

— Listo, podemos irnos — reportó el abogado Benito, colgando una llamada... Quien, ahora que me acuerdo, pasara lo que pasara, desde que levantó ese celular, no dejo de llamar.

— ¿Cómo? — dudó Karen, preocupada, sin dejar de mirar a los judiciales.

De pronto, un celular de entre el convoy comenzó a sonar.

— ¡Señor! Este no es el momento — respondió el líder de los judiciales al teléfono —. La prisión ha sufrido un motín, hay una centena de guardias y presos muertos, y el causante está... — pausó, poniendo una cara de terror —. ¡¿Qué?! No, pero... ¡¿Cómo dice?!

Otro judicial recibió una llamada, y otro una más, y otro, y otro, y otro...Y en poco tiempo, el caos los invadió.

— Por aquí, señor — mencionó el abogado, seguro de sí.

— ¿Qué hiciste, muchacho? — cuestionó Fiero, sonriendo, tomándolo del cuello y comenzando a caminar con él.

— Su legión de abogados los ha demandado — respondió el demonio en el cuerpo de Benito —. Además, tenemos amparos para hacer ilegal que puedan siquiera apuntarnos.

Soberbia lanzó una carcajada burlona, que solo desanimó a los judiciales más y más, bajando las armas de inmediato y dejándonos pasar hacia la salida.

Todos caminamos hacia el coche y nos subimos. Yo como piloto, Fiero de copiloto, Karen atrás, junto con Gluto, Lusto y Envio. Karen suspiró con alivio, mientras nosotros, cada uno, nos miramos con satisfacción y sonrientes, ansiosos por ver un nuevo día.