46 - Afirmativo

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 46 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


La ciudad estaba llena de vida, las calles rebozaban de ciclistas, personas haciendo ejercicio, grupos de amigos que salían y paseaban por la soleada metrópolis, los autos de lujo abundaban y de ellos descendían magnates trajeados o, aquellos más tradicionales, usando galabiyas de telas finas y turbantes que los acompañaban en sus millonarios negocios.

Para cualquier ciudadano era un día normal, una jornada donde, tras cumplir su tediosa rutina laboral, iría a casa a cenar, charlar con amigos y dormir.

Un hombre, caminando a casa, perdido en la bruma de sus pensamientos, despabiló de su ensimismamiento al ver acercarse a él un dron, pequeño, con una gran cámara que fungía como ojo y que parecía seguirlo con curiosidad. Aquel residente le sonrió con energía, considerando que estaba siendo grabado para algún canal de cierta página de videos y podría hacerse viral, o al menos, eso creyó hasta que notó que el dron descendía hasta él, mostrando una especie de cañón metálico bajo su motor.

El disparo resonó en la calle, la cabeza del hombre fue perforada y salpicó de sangre a aquellos transeúntes cercanos que, desconcertados, se detuvieron en seco para comprender lo que ocurría, así como para ver el cadáver en el suelo.

Sin perder tiempo, el dron, inclemente, comenzó a disparar contra las personas, dando vueltas en su propio eje, repartiendo muerte y sembrando el caos.

La gente comenzó a gritar y a correr, escandalizados ante el dantesco espectáculo cuando, tras ellos, una flota de drones llegó a la ciudad, volando entre los edificios, disparando a los habitantes que huían para ponerse a salvo. Las máquinas se movían como enjambres, formando nubes obscuras que inundaban el espacio aéreo de la ciudad y acababan, de un disparo preciso, con la vida de cualquiera que estuviera delante de ellos.

Sirenas de la policía comenzaron a sonar en toda la urbe y las fuerzas especiales respondieron de inmediato. Las fuerzas del orden, refugiándose tras las puertas de sus vehículos, dispararon contra los aparatos voladores, impactando y derribando a varios de ellos, si bien, eran fáciles de destruir, su cantidad lo hacía una tarea titánica.

— ¡Necesitamos refuerzos! — gritó un judicial.

— Cada vez hay más heridos — respondió otro.

— ¡Llamen a todos los departamentos, quiero a todo el personal aquí!

— ¡No hay señal! — advirtió un policía, horrorizado.

— ¡¿Que?!

— ¡No tenemos forma de comunicarnos!

El comandante rugió de la frustración, pero se concentró en derribar a los atacantes.

— ¡Olvídenlo, enfóquense en disparar a esas cosas! — ordenó —. ¡Una sola bala basta para...!

— ¡Cuidado, comandante!

El líder de la policía no se percató de un auto dirigiéndose contra él a toda velocidad, y cuando logró divisarlo, el coche impactó de lleno contra la puerta de su patrulla, prensándolo de forma sangrienta al tiempo que la presión y fuerza del impacto le destruía la caja torácica, dándole muerte.

Algunos dispararon al coche solo para ver, con sorpresa, que no estaba tripulado por nadie. A mitad de la confusión, varios autos sin piloto se estrellaron a toda velocidad contra las caravanas de las patrullas, volcándolas y causando más bajas. Más coches autónomos chocaron contra transeúntes despavoridos, e incluso contra aparadores de tiendas, intentando acabar con la gente que se refugiaba ahí, algunos vehículos lograron irrumpir en centros comerciales, acelerando por los pasillos mientras dejaban un rastro sanguinario.

Las líneas telefónicas estaban muertas, dejando tanto a civiles como a oficiales, incomunicados en aquella masacre. Las redes de internet fueron cifradas segundos después de comenzar el ataque y, por la televisión, las noticias daban el anuncio de que las carreteras a la ciudad habían sido cerradas por un repentino mantenimiento urgente, ignorando la matanza, divagando con el clima o eventos culturales hasta que todos los monitores dieron un pantallazo azul o solo sintonizaron estática.

La gente luchaba por seguir con vida cuando un gran estruendo hizo temblar el suelo. En el centro de la ciudad, dos líneas del metro habían chocado entre sí, matando a sus pasajeros por la catastrófica colisión. Uno de los vagones se descarriló y aplastó a cientos de personas que se resguardaban en el andén, pensando que podrían protegerse del caos de la superficie. Uno a uno, los demás trenes ligeros hicieron lo mismo, llevándose consigo miles de vidas.

En unos pocos andenes que no sufrieron algún letal accidente, la gente se apiñó en pánico, llorando, gritando, clamando por ayuda, llenando las plataformas hasta que algunos desafortunados fueron empujados a las vías, en la histeria, aquellos que intentaban ayudarlos a subir, eran empujados, otros saltaron enloquecidos cuando la luz del metro se hizo ver al fondo del túnel. El baño de sangre lo complementaron los drones, que entraron a los andenes para terminar con los pocos sobrevivientes.

Hombres, mujeres, niños, ancianos, humanos o agrestes, todo sucumbía ante aquella carnicería.

Los enjambres de drones iban y venían entre edificios, rompiendo ventanas y entrando a casas para eliminar sus objetivos. Los vehículos hacían rondines, acelerando a la vista de cualquier ingenuo que se creyera más rápido que ellos.

Un grupo sobreviviente logró subir hasta el último piso de un edificio, un rascacielos lleno de ventanales frente a los cuales, las máquinas pasaban volando, pero no les hicieron caso, como si los ignoraran.

— ¡¿Por qué pasa esto?! — exclamó un hombre, dando golpes en la alfombra de una oficina, llorando.

— Mi familia, mi familia... — clamaba otro.

— Necesitamos salir de aquí — susurraba uno.

— No hay escapatoria, nos mataran apenas nos vean — declaró otro, lleno de amargura.

— No hay teléfono, internet ni señal digital — razonó una mujer —. Alguien está controlando esto a gran escala.

— Se están acercando... — un hombre comenzó a tartamudear y agitarse al ver que los drones comenzaban a entrar a las ventanas de los rascacielos vecinos — ¿cómo nos encuentran?

La mujer, angustiada, intentaba comprender. Por la ventana de cristal, un grupo de drones surcó las alturas y siguiendo su movimiento, la chica encontró una posibilidad dentro de la oficina donde se encontraba.

— ¿Cámaras de vigilancia? — reflexionó la mujer —. Están conectadas a una red, podría estar siendo utilizadas para encontrarnos — de nuevo, un grupo de drones se adentró a un edificio cercano, disparando contra todos los que estuvieron dentro —. No es solo eso... nos ubican... ¡los GPS!

— Santo cielo...

El grupo, temeroso, se acercó a las ventanas, observando la masacre que la tecnología había desatado en las calles. La sangre corría por doquier dejando muerte regada en una ciudad que hacía poco rebosaba de vida. Ellos miraban aterrados cuando, frente a sus ojos, cruzando entre los edificios, un enorme avión comercial pasó delante de ellos. El grupo incluso logró ver, a través de las ventanas del aeroplano, a la gente, desesperada y aterrada clamando por ayuda. Fueron segundos que parecieron eternos, contemplando como el avión destruía durante su descenso, ventanas y muros de pisos inferiores con sus alas, hasta que, en un fatídico comento, la aeronave se estrelló en el edificio aledaño, explotando y causando aún más víctimas cuando sus restos cayeron sobre la gente que salía despavorida del lugar.

Antes de poder reaccionar, el grupo vio una sombra cubrir su piso, paralizándose al ver por las ventanas y descubrir que otro avión se dirigía hacia ellos. El tiempo pareció alentarse, dándole oportunidad al grupo de procesar lo que les iba a ocurrir, pero sin poder reaccionar al evento. Tres segundos después, la nave colisionó contra ellos.

Varios aviones más cayeron sobre la ciudad, destruyendo edificios de telecomunicaciones, presas, centrales de energía y estaciones de radio y televisión.

La ciudad había sido atacada con rabia.

Una hora después, las sirenas ya no se escuchaban, las fuerzas especiales y de policía ya no devolvían el fuego, los gritos de pánico y agonía habían sido silenciados, al tiempo que los enjambres que patrullaban el cielo habían desaparecido.

La ciudad se había sumido en un silencio total, anunciando el éxito de la misión.

Desde el edificio en ruinas más alto, un troll divisaba su hechura, jorobado, con la cara pegada a un smartphone. Llevaba puesta una camisa a cuadros de varias tonalidades rojas, bajo un chaleco gris de lana, en la parte de abajo usaba pantalones de vestir que apenas cubrían sus calcetines, así como mocasines negros.

— La prueba ha terminado, amo Ira — anunció acomodándose los lentes de fondo de botella —. Cien por ciento de bajas confirmadas, dos millones ciento cuarenta y cuatro mil doscientos sesenta y seis individuos neutralizados.

— Afirmativo, general Griefer. Elimine toda huella de internet, y repórtese cuanto antes — ordenó Preter.