25 - Los otros seis

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 25 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


Desde las cámaras de seguridad, se veía al personal ir y venir por cada pasillo de la televisora competidora de Mersenne. Los guardias de seguridad no se percataron que, una figura con gabardina, caminaba por uno de los corredores a paso firme.

Rentería, ya repuesto, se escabullía por el lugar, mostrándose confiado al encontrarse de frente con alguien, actuando como si fuera parte de los trabajadores. El olfato del agente lo llevó hasta una puerta negra al final de un pasillo, la cual, con un pequeño cartel en medio, se leía «Karen Urrieta». Teniendo cuidado con las cámaras, Rentería se adentró rápido al espacio.

Al entrar, se quitó el sombrero, revelando sus orejas que se alzaron al darse cuenta que el sitio era todo un desorden comparado con la oficina de Mersenne. Había platos de comida en el recibidor, cobijas sobre el escritorio, almohadas, tazas por todos lados, y algunos papeles tirados en el suelo, destacando un fuerte olor a humedad y moho.

La mirada del agente analizaba toda la oficina, hasta llegar a un casillero amplio que prometía esconder algo interesante. Rentería lo olfateó para asegurar que no había algo malo dentro, pero no percibió nada, así que, curioso, lo abrió, encontrándose con un armario de escobas y limpiadores que, de forma irónica, estaban llenos de polvo. Cerró la puerta y prosiguió buscando algún indicio o pista que pudiera ser de interés, pero siempre se topaba con el desorden y la suciedad, pisando de paso un pedazo de pizza que estaba tirado por ahí. Rentería se limitó a limpiarse el zapato con un pañuelo que llevaba dentro de su gabardina, para después tomar con la tela esa porción y guardársela en su abrigo con el fin de no dejar evidencia de su presencia.

Al acercarse a la computadora de Karen, se dio cuenta que en la pantalla mostraba datos y archivos señalando las pruebas fallidas de una sustancia en agrestes huérfanos, cosa que sorprendió a Rentería, pero no estaba relacionado con la gema.

Su mirada se deslizó hacia abajo, a un lado del teclado, en un documento impreso, donde venía la dirección específica de un orfanato. Aunque, antes que Rentería pudiera hacer algo, su instinto se alteró, provocando que sus orejas se agacharan y su cola se metiera entre sus piernas, erizando por completo su pelaje; alguien se acercaba. Con un miedo infundado, comenzó a moverse de un lado a otro, analizando dónde esconderse, ya sea debajo del escritorio, detrás de un archivero, o del sillón, eligiendo al final, el armario de escobas.

Al adentrarse, su cuerpo seguía agitado, con el pelo erguido, agudizando su instinto auditivo. Pensó que, fuera lo que fuera, entraría por la puerta de forma amenazante.

Dentro de la oscuridad del espacio, y la poca luz que entraba entre las rejillas del casillero, vio cómo se abrió la puerta y entró Karen, seguida de un despreocupado Acedio, que miraba concentrado su celular, texteando. El agente los miró, entre confundido y temeroso.

— ¡Los cachorros tampoco sirven! — exclamó la mujer, desplomándose en el sofá, tapando su cara con el dorso de su mano — ¡Esas cosas se mueren por cualquier cosita!

Rentería, muerto de nervios, escuchaba atento, haciendo notas mentales.

— Igual que los adultos — mencionó el conejo, desviando un momento su mirada hacia Karen, para luego devolverla a su celular —. Aunque debes aceptar que fundar una asociación benéfica para tus macabros planes tiene su mérito, algo cuestionable por el índice de muertes, pero bueeeeeno. Muchos hablarán bien de ti — intentó animar Baxter.

— Da igual, Acedio — resopló la mujer —, eso no me servirá para ser candidata al alto mando — el perro agente arqueó una ceja al escuchar eso —. Necesito algo más llamativo, increíble, conveniente... Necesito más poder.

— Si tú lo dices — Pereza se encogió de hombros mientras se dirigía hacia la silla frente al escritorio principal, manteniendo la mirada fija en su celular, para luego dejarse caer en el asiento y empezar a jugar una versión móvil de un juego de carreras.

Mientras tanto, Rentería, dentro de su escondite, se logró controlar, ya no estaba erizado, ni su cuerpo temblaba, pero seguía observando todo desde las pequeñas rejillas, clavando su mirada al extraño conejo de pelaje azul.

— ¡Necesito opciones, Pereza! — alegó Karen, desesperada.

— ¿Pereza? — se preguntó el perro agente, dentro de sí — Acedio... Pereza... — se grabó el nombre.

— Yo ya te dije mis opciones hace muuuuucho — respondió Baxter.

— Pues repítelas — pidió la mujer, con molestia.

Acedio no contestó, toda su atención estaba en su videojuego.

— Yupi — mencionó el conejo, medio sonriendo, feliz de haber llegado primero a la meta.

Satisfecho, se levantó de la silla y se encaminó hacia la dispensadora de agua. Tomó un vaso que estaba al lado, se sirvió agua y luego colocó una bolsita de té en el recipiente. Utilizando una cuchara, comenzó a revolver. Karen lo miraba, desconcertada, esperando una respuesta.

— ¿Acedio? — intentó llamar su atención — ¡Te estoy hablando!

— Me estoy sirviendo un té, ¿me permites? — expresó Baxter, meneando su bebida, tranquilo, sin prisa —. Ayuda para los nervios, deberías probarlo.

— ¡No estoy para tus tonterías! ¡Dime tus opciones!

— Podemos despertar a mis colegas. Listo, lo dije. ¿Contenta? — respondió Acedio con un calma fastidiada —. Te lo mencioné dos veces, pero al parecer no me escuchaste.

— ¡Tú sabes que estoy en mil cosas! — se justificó Karen — Pero, bueno... ¿Quiénes son tus colegas?

— Ya sabes — el conejo hacia retiñar la taza con cada giro de la cuchara —, los otros seis.

— ¡Ay, no! Contigo me basta y me sobra — refutó la mujer —. Además, no es que seas de mucha utilidad — despreció —. Digo, sin ofender.

— Oh, pero nos especializamos en cosas distintas — añadió Baxter, llamando la atención, no solo de Karen, sino también del perro agente —. Yo soy el más reconocido por ser el más tranquilo, pero, los otros... — Pereza soltó una risita burlona al recordar, inquietando a Karen y perturbando al agreste — Tienen más pasión en lo que hacen.

Karen parecía interesada, así que se acercó también a prepararse un té.

— ¿Y ellos me ayudarían a formar parte del alto mando? — cuestionó la mujer, preparando su bebida.

— ¡Ay, ternurita! — exclamó Acedio, burlón — Ellos podrían acabar con toooodo el alto mando y tú podrías quedarte con tooooooodos sus restos.

— ¿De verdad? — cuestionó Karen, atenta — ¿Tan fuertes son los otros?

Pereza sólo sonrió con malicia, mostrando sus bellos dientes blancos antes de sorber de forma ruidosa.

— Pues... Supongo que no pierdo nada con intentarlo — mencionó la mujer, comenzando a beber su té —. Tratar con tanto sarnoso comenzaba a incomodarme — despreció —. Excelente, Pereza. Muy bien... Ahora dime, ¿cómo podemos encontrar a tus colegas?

Rentería, desde las rejillas, entrecerró los ojos, analizando la conversación, pendiente de la respuesta del conejo.

— Tengo una buena corazonada sobre dónde encontrarlos — mencionó Acedio, haciéndose el interesante —. Y una vez juntos, podremos hacer una gran fiesta en el alto mando.

Karen se emocionaba aún más con lo que Baxter decía.

— ¡No perdamos tiempo entonces, Acedio! ¡Vamos de inmediato!

El conejo se tomó el té de un solo trago y tiró el vaso al suelo, girando las palmas de las manos con una tranquilidad aterradora. Karen, rápida, salió de la oficina con su bebida en mano, y detrás de ella, la calamidad.

Minutos después, seguro de que se habían ido, Rentería salió del casillero, cayendo arrodillado al suelo. Su corazón latía a mil por hora, aterrado.

— No sé qué pasó — pensó el agente, alterado —, pero ese conejo no es lo que parece — reconoció.

Pese a su inquietud, Rentería logró incorporarse y, sin perder tiempo, se acercó a la computadora de Karen, tomando con su celular una fotografía del documento que contenía la dirección del orfanato y, sin más, abandonó el lugar de inmediato.