30 - Un poco de agua

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 30 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


Al caer la tarde, don Mario, Ramón, Raúl y Mauricio llegaron a una casa de madera, que se encontraba en medio de un solitario bosque, casi en la nada, construida con roble fino y resistente, y un portón que adornaba su fachada.

Navarro y el oso, cojeaban de a ratos por la golpiza que les habían dado, los moretones eran evidentes, y el dolor, en las costillas y la espalda, aparecía de repente, pero decidieron no mostrarse débiles. Además, la curación de don Mario y Ramón les ayudó a sentirse un poco mejor.

Entre los tres muchachos, Raúl, el tigre y Mauricio, llevaban bolsas de plástico en sus manos, donde traían provisiones suficientes para los días que estarían ahí, por su parte, don Mario llevaba unas llaves consigo, que, al acercarse a la puerta grande, introdujo una en la cerradura.

— ¿De quién es esta casa? — preguntó Mauricio, ojeando lo poco que se podía ver de la residencia de entre los barrotes que la protegían.

— De un viejo amigo — respondió don Mario, abriendo el portón —. Se llama Estio — añadió, y con un gesto indicó a todos que entraran —. Aunque también es mía. Me la regaló hace tiempo como muestra de amistad — recordó con cariño mientras los jóvenes entraban.

Dentro, descubrieron que había un jardín sin podar, una mesita donde debía haber una sombrilla y, al fondo, la enorme casa. Raúl y Mauricio se miraron entre sí, asombrados.

— Parece que mi amigo Estio no ha estado aquí en mucho tiempo — reconoció don Mario con algo de tristeza —. Ojalá esté bien... él... tiende a salir mucho — se limitó a explicar.

Los cuatro subieron la pequeña escalera de madera hacia la entrada de la residencia. Con las llaves en mano, don Mario abrió la puerta hecha de pino, provocando un rechinido disonante que resonó en el interior del lugar, confirmando su soledad.

La casa estaba oscura, poco iluminada por la luz del sol que se filtraba desde la entrada, dejando ver que los sillones de la estancia estaban cubiertos por sábanas blancas. El olor era único, con un toque húmedo, casi mohoso.

— Guarden en el refrigerador toda la comida, por favor — pidió don Mario a los muchachos —. La cocina está ahí, al lado de la sala — señaló con su mano.

— Pero... — pausó Raúl, tentando un interruptor al lado de la puerta — Ni siquiera hay luz.

— 'Orita arreglo eso — mencionó el señor, confiado.

Mientras los muchachos metían los ingredientes al refrigerador apagado, don Mario salió a la parte trasera de la casa, donde subió los tres interruptores del generador que se hallaba ahí, activando la energía dentro del hogar.

El padre del tigre regresó con los hombres, sonriéndoles, suspirando al tener la comida y la luz asegurada.

— Pues ya está — declaró, satisfecho —. ¿Qué tal la casa, eh? — todos ojeaban cada espacio del lugar, asombrados, notando el polvo en los muebles, el estilo rústico que la caracterizaba, el tamaño enorme del sitio, y las escaleras que llevaban a otro piso —. Cada que pasaba algo, mi amigo Estio y yo nos quedábamos de ver aquí — recordó viejos tiempos —. Está bonita, ¿no?

— Está chida, la verdad — respondió Mauricio.

— Demasiado grande — señaló Raúl, comenzando a tener dudas.

— ¡Pues tomen asiento! Están en su humilde hogar — pidió don Mario con amabilidad, haciendo que todos quitaran las sábanas de los sillones y se sentaran; los muchachos en el sillón de tres, Mauricio y Raúl con sumo cuidado debido a los moretones en sus cuerpos, mientras el padre del tigre, en el individual, su favorito.

— Bien, ahora sí podremos hablar — mencionó el señor, con seriedad, inclinándose en el sofá y dirigiendo su mirada a Raúl —. ¿Trae la gema, doc?

Navarro asintió, sacando la piedra brillante de su bolsillo, dejándola en la pequeña mesa de centro que se hallaba frente a ellos.

— Ahora... — pausó don Mario, mirando al oso — ¿Qué sabes tú de la gema?

— Nada — respondió Mauricio, con pena —. Sólo sé que la quieren, y están muuuy obsesionados con obtenerla — añadió —. Al ser un trabajador de bajo rango, no me dan la suficiente información.

Don Mario asintió, reflexivo. En la mente de Raúl se formaban más y más dudas mientras que, Ramón, por su mirada, seguía sin entender nada.

— ¿Qué sabes de la empresa donde trabajas? — cuestionó Navarro al oso.

— Pues es que, en realidad no sé la gran cosa — contestó —. Sólo soy un golpeador y matón de Pierrot, además de hago trabajos menores, entregando paquetes o yendo a comprar cosas, no más — explicó mientras intentaba recordar cualquier detalle útil —. A lo mucho, sé que Pierrot trabaja para la directora de una de cadena mediática — pausó, mostrándose pensativo —. Mersenne, creo que se llama — mencionó, sorprendiendo a don Mario.

— ¿Mersenne? — preguntó el señor, atónito —. ¿Mersenne Lombardo?

— Sí... Creo que sí.

El padre del tigre, azorado, se echó contra el respaldo del sillón, frotándose los ojos con intensidad. Raúl, percatándose, no dudo en preguntar.

— ¿La conoce, don Mario?

— Ella es la directora de una de las cadenas mediáticas más grande del mundo, se encarga de regular y controlar las noticias — explicó el señor, con tono abrumado —. Si hay alguna muerte de algún dignatario, el asesinato de un presidente, la suplantación de un papa, una enfermedad letal pero local, un golpe de estado, la muerte de un científico, o algo que genere pánico social, político o económico, ella lo intercepta y, si es conveniente o necesario, hace que nadie lo sepa — explicó don Mario, dejando anonadados y con miedo a los muchachos.

— ¡A ver, a ver, a ver! ¡Sigo sin entender nada! — expresó Ramón, desesperado, haciendo que todas las miradas se dirigieran a él —. ¿Por qué tanto secreto con ustedes? ¿qué con la gema? ¿Por qué los golpearon? ¿Qué está pasando? ¿Por qué alguien con tanto poder tendría la necesidad de encontrar una piedra común y corriente? — cuestionó, señalando la gema.

— Hay mucho de qué hablar, mijo — respondió don Mario, apesadumbrado —. Disculpa si nos hemos visto misteriosos, pero es que hay cosas que ni siquiera nosotros comprendemos.

Las palabras apenas fueron suficientes para el tigre, quien se limitó a cruzar los brazos y negar con la cabeza.

— Señor, hay algo que no entiendo del todo y que comienza a preocuparme — se sinceró Raúl, llamando la atención del grupo —. ¿Cómo es que usted sabe tanto de todo esto? ¿cómo es que tiene un contacto con alguien con una casa tan grande? ¿por qué sabe de Mersenne? ¿Cómo es que pudo entrenarme para robar la gema? Pero, sobre todo... ¿Quién es realidad usted?

No solo Mauricio coincidía con la inquietud, Ramón mismo miró a su padre con duda y desconfianza.

El hombre guardó silencio y bajó la mirada mientras un semblante cansado cubrió su cara.

— ¿Papá? — Ramón, de pie, colocó su mano sobre el hombro de su padre.

Don Mario no quería hablar, pero, al posar su mirada sobre la gema de la sala, resopló y abrió la boca.

— Varios años atrás, yo trabajé para un hombre llamado Butoli, formaba parte del área de inteligencia en aquel entonces. Lo hice con la intensión de ayudar mi hijo a que fuera normal.

— ¿Normal? — Ramón no comprendía las palabras.

El padre levantó la cara y con tono grave explicó.

— Tú no naciste humano. Tú naciste agreste, un pequeño tigre que nos tomó por sorpresa a tu madre y a mí.

Ramón, mudo, dio un par de pasos hacia atrás, antes que Raúl y Mauricio le tomaran con fuerza de los brazos y le ayudaran a sentarse en el sillón.

— El maldito científico dijo que estaba estudiando a los agrestes y una forma de hacerlos humanos, pensé que decía la verdad y te di a su cuidado. Con estúpida ignorancia y miedo, entregué a mi propio hijo para que experimentaran con él — sus palabras estaban llenas de culpa y resentimiento —. Durante ese tiempo trabajé con asuntos relacionados con un grupo llamado «el alto mando» haciendo toda clase de trabajos cuestionables para ellos.

— ¿Qué tipo de trabajos? — cuestionó Raúl.

— Robar, atacar, eliminar.

Mauricio tragó saliva con pesar.

— Pasados algunos meses, más de los que quisiera reconocer, quise saber de mi hijo, pero me lo impidieron, solo me dijeron que debía de ser paciente y que el doctor me informaría si había sobrevivido al tratamiento. Es me puso en alerta y, sin dudarlo, idee un plan para sacarlo esa noche de esos malditos laboratorios. Apenas me hube infiltrado, la escena era devastadora, cientos de niños conectados a aparatos extraños, llenos de agujas, mangueras y drogas. Algunos incluso estaban muertos, pero no por eso dejaban de experimentar con ellos — el hombre recordaba con una incomodidad palpable —. En una sección aparte, en la habitación más lejana, encontré el nombre de mi hijo bajo la etiqueta 1-3, dentro, vi a un niño, agonizando que, al verme, comenzó a llorar, reconocí la voz y al acercarme, me di cuenta. Era mi hijo, ahora humano — Don Mario levantó la cara y vió a Ramón —. Furioso, te tomé entre mis brazos y salí de ese maldito lugar de pesadilla. Aún me arrepiento el día de hoy de haberte dejado con esos malditos — el padre hizo una pausa y, de nuevo, bajó la mirada —. Lo siento mucho, Ramón.

El tigre se levantó, dio dos pasos, abrazó con fuerza a su padre y, antes de que alguien pudiera decir nada, se encaminó a la cocina.

— Necesito un poco de agua — declaró alejándose.

Raúl se levantó, pero Mauricio le tomó del brazo, deteniéndole.

— Dale un momento, necesita asimilarlo — pidió don Mario limpiándose los ojos, convenciendo al fortachón —. Y continuando con el tema de la gema, creo saber qué es lo que en realidad puede hacer — continuó, intrigándolos —. La gema le permite, doc, aprender de su entorno, aliados y, por lo que hemos hablado, de enemigos incluidos — explicó —. Recuerdo que usted aprendió muy rápido aquella vez que nos infiltramos al museo — rememoró mirando a Raúl, quien asintió, concordando.

— También fuiste muy receptivo cuando nos conocimos, ¿o no? — se dirigió Mauricio a Navarro, evocando esos momentos —. Hasta en tu pelea con Pierrot, pese a todo, lograste hacerle frente. Fue extraordinario.

Reflexivo, Raúl tomó la gema, contemplándola en su mano.

— Quiero poner a prueba mi teoría — mencionó don Mario —. Al menos en lo que se calman las cosas — su mirada se mantuvo fija en Navarro —. Voy a enseñarle todo lo sé, doc.