Colmillo Ígneo - Capítulo 9: Respiro
¡Hola a todos! Este es el noveno capítulo de Colmillo Ígneo. Lo cierto es que me ha resultado, sorprendentemente, muy fácil de escribir incluso a pesar de que la conversación que se desarrolla aquí es bastante importante. La traducción al español también se ha desarrollado sin problemas, por lo que imagino que me estoy acostumbrando a este nuevo sistema.
En todo caso, gracias por leer y ¡espero que os guste!
Ike apretó los dientes y aguzó la vista, mientras caminaba a través de la ventisca con una zarpa sobre sus ojos. La tormenta les había encontrado en el medio de la nada, algunas semanas después de que hubieran dejado la posada. El posadero se había sentido honrado de que el príncipe y la princesa de los fehlar hubieran decidido pasar la noche en su humilde establecimiento, y se había ofrecido a hacer cualquier cosa que Ike y Kathreen necesitaran.
No se había mostrado tan entusiasmado cuando le habían dicho que había un cadáver en una de las habitaciones, y el león había podido ver la ansiedad acumulándose detrás de su mirada. Sin embargo, el posadero les había prometido que se desharía del cuerpo sin ser visto. Haría cualquier cosa por sus majestades, había dicho.
Ike aún pensaba que era extraño que la gente se comportara así. De alguna manera, tenía la sensación de que habría podido pedirle cualquier cosa a cualquiera y la habrían hecho, simplemente por ser el hijo de su padre. Eso le asustaba de vez en cuando: el no poder ser capaz de saber cuándo alguien estaba haciendo lo que le había pedido porque quería o por su ascendencia. Sentía que tener aquel poder sobre la gente requería una gran responsabilidad, y a veces pensaba que él no estaba preparado.
Pero, después de todo, decirle al posadero quiénes eran les había ahorrado un montón de problemas. Mientras el hombre guardara el secreto por un par de meses, no tendrían nada de lo que arrepentirse. Ike comenzaba a pensar que Kathreen había tenido una buena idea por una vez.
Una nueva ráfaga de nieve golpeó en la cara al león, que gruñó, deseando que la ventisca terminara pronto.
-¡Ike! -exclamó Kodu, a unos metros de distancia -. ¡Vamos hacia las montañas!
Haciendo un esfuerzo, el león pudo distinguir un pico en medio de la tormenta. Se giró de nuevo hacia Kodu, asegurándose de que Kathreen se había percatado del cambio de rumbo, y después comenzó a caminar tras el gato. La compañía de su hermana no le hacía especial ilusión, pero puesto que ya le había salvado la vida un par de veces, estaba comenzando a apreciarla como una especie de regalo desagradable, aunque valioso.
Les llevó un largo rato llegar a las montañas, incluso a pesar de lo cerca que habían parecido estar. La ventisca dificultaba cada uno de sus movimientos e incluso aunque el cuerpo de Ike estaba cubierto por las ropas de invierno que habían recibido en palacio, comenzaba a pensar que no había nada que pudiera protegerles del frío en aquel lugar. Apenas podía sentir sus zarpas por debajo de los guantes, y sus orejas, que llevaba escondidas bajo un grueso gorro de lana, habían dejado de doler hacía ya un buen tiempo.
En silencio, Ike deseó que no quedara demasiado para llegar a Tundranorte; de otro modo, no estaba seguro de que fueran a sobrevivir al frío. Cuando habían dejado las tierras de los Aullanube detrás, el león había pensado que no debía quedar demasiado para llegar al hogar de Zèon. Sin embargo, ahora veía que se había precipitado y que aún tenían un largo camino por delante.
Una vez llegaron a una pequeña cueva en la base de una de las montañas, Ike dejó escapar un largo suspiro. No era el mejor refugio, pero al menos los muros les protegerían del viento helador. Observó a Kodu mientras éste sacaba dos trozos de carbón de su bolsa y trataba de encender un fuego. Kathreen llegó algo después, con los brazos cruzados sobre su tronco.
-Uff... -fue todo lo que dijo, mientras se tambaleaba hacia la parte más profunda de la cueva y se derrumbaba, aún estremeciéndose de frío.
Los dos hermanos observaron a Kodu en silencio mientras el gato encendía el fuego cuidadosamente. Por suerte, tenían suficientes materiales como para mantenerse a salvo del frío en un lugar como aquel... al menos, durante un par de semana.
-Fíjate -dijo Kathreen, sonriendo débilmente, una vez las llamas iluminaron las caras de los tres -. Eres un hombre tan práctico, Kodu. Te debemos la vida. No entiendo por qué aún estás soltero.
El gato sonrió.
-No lo sé. Quizás no me interese por esas cosas, después de todo.
-Oh, querido -respondió Kathreen, con un suave ronroneo -. Le interesa a todo el mundo. Y hablando del tema... -añadió, girándose hacia Ike -, espero que tu querido amante zorro aprecie lo que estamos haciendo por él. Si no me lo agradece personalmente, dejaré que se muera de hambre.
-¡Kathreen! -exclamó Ike, mientras el color escapaba de su cara. Sabía que su hermana había visto al zorro ártico, pero había pensado que no sabía lo que le ataba al kane, puesto que no se lo había contado a nadie; al menos, no directamente. Quizás su padre lo hubiera adivinado por la forma tan tozuda en que había protegido a Zèon, pero no tenían manera de probarlo, que el supiera. Se giró hacia Kodu, con algo de miedo ante lo que pudiera encontrarse. El gato había levantado la cabeza y los miraba a ambos, con curiosidad.
-¿Amante zorro? -repitió, después de unos segundos. Un viento frío recorrió la cueva y las llamas se agitaron, aunque el fuego no llegó a extinguirse.
Ike dejó escapar un suspiro mientras desviaba la mirada, ruborizándose.
-¿Es que no sabes por qué estamos viajando? -le preguntó Kathreen, ladeando la cabeza -. Quiero decir, a mí tampoco me lo dijo nadie. Pero tengo formas de enterarme de esas cosas.
-Ya -gruñó Ike, algo molesto -. Siempre te enteras.
-Nadie me ha dicho nada -respondió Kodu, sinceramente -. Pero fue Ike el que me pidió que viniera con él. Supuse que habría un motivo importante detrás de eso, pero no necesito saber cuál es. Si pidió mi ayuda -añadió, mirando al león -, será porque la necesita, ¿no?
Ike sintió una cálida oleada de ternura al escuchar aquellas palabras. <<Gracias, amigo>> pensó, devolviéndole la mirada al gato. Sin embargo, Kathreen sólo dejó escapar una carcajada.
-Cielos, ¡eso es muy dulce por tu parte! Pero no es demasiado justo. Ike, deberías decírselo, ¿sabes? Deberías habérnoslo dicho a todos. Después de todo, nos estamos jugando la vida en esto. Estaría bien saber por qué, ¿no crees?
-Sí, quizás tengas razón. Y puesto que tú ya lo sabes, no veo por qué debería ser un secreto para él -respondió Ike, dejando los ojos en blanco. Se quitó los guantes y acercó las zarpas al fuego, respirando profundamente. No estaba seguro de si podría confesarlo todo delante de su hermana y su mejor amigo, pero no le habían dejado otra elección -. Hay... hay un kane en mi habitación ahora, en el castillo.
-Dos, para ser precisos -puntualizó Kathreen.
Ike se giró hacia ella, perplejo.
-¿Pero cómo te enteras de estas cosas?
-Ya te lo he dicho, tengo formas de enterarme de lo que quiero saber -respondió la leona, dirigiéndole una encantadora sonrisa. Ike decidió ignorarla y continuó hablando.
-Bueno... la cuestión es que cuando desaparecí del castillo... no había sido secuestrado. No por los kane, al menos -explicó -. Fuimos atrapados por... unos seres que ni los fehlar ni los kane habíamos visto antes. Se llamaban a sí mismos humanos y... nos encerraron en un lugar al que nosotros llamamos la Caja, durante más o menos un año.
Se detuvo en cuanto se dio cuenta de que Kathreen le estaba observando, con curiosidad.
-De modo que yo tenía razón -susurró ella -. Nuestro padre mentía. No te raptaron los kane.
-No -admitió, mirando al suelo. Estuvo a punto de añadir algo, pero finalmente se contuvo -. En ese lugar, la Caja, conocí a varios kane. Decidimos que era mejor unir nuestras fuerzas si queríamos salir de ahí. Y entonces, conocí a Zèon -se detuvo, durante unos segundos -. Era tan... único. Debe ser la persona más inteligente que he conocido nunca. Y estaba tratando desesperadamente de sacarnos a todos de la Caja. Pero, sobre todo, lo que hizo fue perdonarme.
-¿Perdonarte? -repitió Kodu, sin entender.
Ike asintió.
-Los fehlar le habían hecho cosas terribles a ese kane. Cuando era niño, sufrió más de lo que os podríais imaginar. -Intentó no dar demasiados detalles; después de todo, no tenía derecho a revelar el vergonzoso pasado de Zèon -. Y aún así, decidió hablar conmigo. Estar conmigo. Y, finalmente... amarme.
-Oh -Kodu musitó, sorprendido.
-Hizo eso por mí. Y sé que eso significa que, si se presenta la oportunidad, todos podríamos perdonarlos los unos a los otros.
-Eso es bastante idealista -dijo Kathreen. Había dejado de sonreír desde hacía un rato.
Ike sacudió la cabeza.
-Pero juntos, conseguimos salir de ahí. Entonces, nuestra captora le hizo algo. Y ahora, él está vivo, pero su mente está... muy lejos. Si no hago algo rápido, pronto... dejará de vivir -murmuró, suavemente.
-Por eso viajamos a Tundranorte, ¿verdad? Era el hogar de los Garragélida -dijo Kodu, dirigiéndole una mirada -. Quieres encontrar algo que pueda traerle de vuelta.
-Su verdadero nombre -respondió Ike, con un suspiro -. Eso es lo que necesitamos. Nos los quitaron cuando llegamos a la Caja, y es la única cosa que conseguirá despertar a Zèon de su... estado.
Después de esas palabras, un pesado silencio cayó sobre todos. Tan sólo el silencioso crujido de la hoguera y el aullido feroz de la ventisca fuera de la cueva rompían aquel silencio. Después de unos minutos, Kathreen dejó escapar una risita y sacudió la cabeza.
-Todo eso suena tan... fantasioso -dijo, sonriendo -. Otras criaturas que no son ni kane ni fehlar...
-¡Pero es la verdad! -protestó Ike, algo molesto por el tono de su hermana.
-Te creo, tonto -respondió Kathreen -, pero ahora veo por qué padre prefirió decirle a todos que habías sido capturado por los kane. Esta historia levantaría demasiadas preguntas.
-No fue por eso -se quejó Ike -. Ni siquiera me dejó contarle la historia, no le interesaba saberla. Sólo quería matar a Zèon y a Koi... y tuve que prometerle que mentiría y le diría a todos que los kane me habían secuestrado para que les dejara quedarse en el castillo.
-Bueno... estoy segura de que no quería que la gente supiera que has estado haciendote amiguito de los kane... otra vez -dijo la leona, con tono serio.
Ike palideció.
-¿Otra vez? -repitió Kodu, confuso.
-Mi hermano tiene un don especial para hacer amigos poco convenientes -explicó Kathreen, con una amplia sonrisa.
-Oh, claro. Y tú tienes un don especial para quitarlos de en medio -respondió Ike, acusadoramente.
La sonrisa de Kathreen se enfrió.
-Yo nunca he hecho tal cosa, hermanito.
-¿Qué? ¡Por supuesto que sí! ¡Le mataste! -gritó Ike, apretando los puños.
Kodu les observaba a ambos mientras la tensión iba subiendo, en silencio, como si estuviera presenciando algún tipo de juego. Kathreen sostenía la mirada de su hermano con calma; su cara, una máscara de enfado contenido que contrastaba con el abierto odio del león.
-Yo no...
-¡Tú sí! ¡Le mataste! -gritó Ike, tratando de contener las lágrimas -. ¡A un kane inocente que no te había hecho nada! ¡Tan sólo era un niño y confiaba en mí! Y le mataste... con... ¡con sangre fría, delante de mí, como si ni siquiera te importaba!
El león se había levantado y temblaba violentamente, mientras su mirada furibunda atravesaba a la leona, sin resultado. Kathreen, sin embargo, no se había movido un sólo centímetro, y continuaba indiferente a la furia de su hermano.
-Oficialmente, tú le mataste. Y lo hice por ti. La corte estaba empezando a hablar sobre los extraños amigos del príncipe. -Se detuvo durante unos segundos -. ¿Qué crees que habrían dicho el resto de los fehlar si se hubieran enterado de que el heredero al trono simpatizaba con el enemigo?
-¡No era el enemigo! ¡Él era mi amigo! -respondió Ike, con lágrimas en los ojos -. ¡Él tenía siete años entonces! Yo tenía diez... -se detuvo, desviando la mirada y sentándose bruscamente, tratando de contener un sollozo -. Él era mi amigo... -consiguió decir.
Apenas sintió la zarpa de Kodu en su hombro.
-Parad, los dos -dijo el gato, firmemente. A pesar de que su rango era inferior al de los otros dos, seguía siendo el mayor, y aquello le concedía cierta autoridad -. No me importa lo que sucediera en el pasado. Ahora mismo, estamos en medio de la región más fría de Lykans y las discusiones no van a ayudarnos a salir de aquí. De modo que, fuera lo que fuera lo que sucediera en vuestra familia, espero que seáis lo suficientemente maduros como para ver que, en este momento, tenemos otras prioridades.
Se detuvo, dirigiéndoles una larga mirada, como si estuviera tratando de asegurarse de que sus palabras habían causado el efecto correcto. Sin embargo, ni Kathreen ni Ike respondieron, puesto que sus miradas parecían estar fijas en algo que había a la espalda de Kodu.
-Qué... ¿qué sucede? -preguntó, girándose hacia la entrada de la cueva.
Tuvo que contener un respingo.
La ventisca se había detenido y el cielo estaba iluminado por una luz de color ceniciento, mientras las nubes giraban lentamente, desapareciendo. Contra el horizonte, la silueta de un kane de pelaje blanco se recortaba con orgullo. Su cuerpo estaba cubierto por una simple armadura de cuero y su larga cola esponjosa, cuyo pelaje era ligeramente negro en el medio, se movía suavemente de un lado a otro.
Sostenía un arco, con una flecha apuntando directamente a la cabeza de Ike.
-Si os movéis -gruñó el zorro ártico -, os mato a todos.