Colmillo Ígneo - Capítulo 10: Convicciones
¡Buenas a todos! Este es el décimo capítulo de Colmillo Ígneo. Es algo más largo que el anterior. Además de incluir la vuelta de un personaje que probablemente no recordaréis, presenta a uno que... básicamente, se me vino a la cabeza en el antiguo capítulo y de repente se ha convertido en un personaje que quiero conservar.
Espero que os guste y, ¡gracias por leer!
-Si yo fuera tú, no haría eso –dijo el zorro ártico en cuanto percibió a la leona sacando un cuchillo de una de sus mangas. A continuación, como tratando de reforzar sus palabras, hizo un leve movimiento con su arco hacia Ike. Kathreen guardó el cuchillo rápidamente.
-¿Qué quieres de nosotros? –preguntó Kodu, esforzándose por mantenerse tranquilo.
-Soy yo el que hace las preguntas, escoria fehlar –respondió el zorro ártico, impasible. Tras él, su cola se movía suavemente de un lado a otro.
-Espera. ¿Eres un Garragélida? –preguntó Ike, levantándose. Si aquel zorro ártico había conocido a Zèon en el pasado, o incluso si tan sólo pudiera darle una pista de la localización del palacio de los Garragélida, la vuelta a casa podría estar un paso más cerca de lo que pensaban.
-¿Es que estás sordo o sólo tienes aire en la cabeza? –gruñó el otro, todavía apuntando a su cabeza -. No te muevas si no quieres que lo averigüe.
Ike se detuvo, petrificado, comprendiendo sólo entonces que el zorro ártico hablaba en serio. Debería haber imaginado que los kane que vivían en los páramos no serían demasiado hospitalarios con los fehlar que encontrasen. Ike no pudo evitar recordar las palabras de Atha, asegurándole que los kane no estaban tan indefensos como él creía. <<Quizás tuviera razón>> pensó, algo preocupado. Sin embargo, trató de convencerse de que aquello ya no importaba. Después de todo, Atha estaba muerto y su consejo llegaba demasiado tarde.
El zorro ártico se mantuvo en su sitio, completamente inmóvil, y Ike comenzó a preguntarse a qué estaba esperando. Si iba a matarles, ¿por qué no lo había hecho ya?
La respuesta no tardó en hacerse aparente cuando otros tres kane aparecieron al lado del zorro ártico. Dos de ellos eran lobos árticos, mientras que el tercero era algún perro de alguna raza indeterminada; o al menos, una que Ike no había visto jamás. De todas formas, no era como si supiera demasiado de las especies kane.
-Al fin –se quejó el zorro ártico, en cuanto los otros kane estuvieron a su lado. Les dirigió una mirada de reojo, sin perder de vista a los tres fehlar que tenía en frente.
-No podías esperarnos, ¿eh? –le preguntó el lobo ártico más alto, burlonamente -. Necesitabas tener tu momento de gloria.
-Cállate, Bal. De no ser por mí, se habrían escapado.
-Claro –respondió el lobo, en el mismo tono. Entonces, se giró hacia los fehlar y les dirigió una larga mirada, analizándolos durante unos segundos -. Qué grupo tan pequeño. Dos leones y un gato. No es lo que solemos encontrarnos aquí en la nieve. ¿Qué están haciendo aquí?
Ike suspiró, relajándose un poco.
-Estamos…
-¿Y qué más te da? Sólo son fehlar –le interrumpió el zorro ártico, dirigiendo una mirada cargada de exasperación al lobo -. Y van armados. Probablemente sean exploradores tratando de encontrar un campamento.
-¿En Tundranorte? –preguntó el lobo, alzando una ceja.
El zorro ártico se encogió de hombros.
-No es la primera vez que lo hacen.
-¿Ya estamos en Tundranorte? –preguntó Ike, genuinamente sorprendido.
El zorro ártico hizo otro movimiento agresivo con el arco hacia él, pero el lobo llamado Bal tan sólo le dedicó una sonrisa cargada de lástima.
-¿Exploradores, dices? Pero Nihil, si ni siquiera saben dónde están.
-Bueno, ¿qué es lo que propones entonces? –preguntó el zorro ártico, con una expresión que mostraba que se le estaba acabando la paciencia -. ¿Pretendes que les deje marchar y les desee un agradable viaje por las tierras que los de su calaña han devastado?
A pesar del tono sarcástico del zorro, Ike deseó que el lobo estuviera de acuerdo con aquella idea y les dejaran marchar pacíficamente. Al principio, el estar cerca de Tundranorte le había parecido un rayo de esperanza, pero no era estúpido. Sabía que aquellos kane probablemente preferían verles muertos, y que incluso en el hipotético caso de que el zorro ártico fuera un Garragélida, no parecía precisamente dispuesto a colaborar.
-Oh, por supuesto que no –respondió el lobo, ahogando las esperanzas de Ike -. ¿Es que no lo ves? Estos dos son leones. Eso significa que son nobles: o Melenarenas o… Colmillos Ígneos.
El zorro ártico sacudió la cabeza.
-Imposible. Los Melenarenas viven en el desierto, o eso he oído. Eso está demasiado lejos. Y la familia real –el zorro ártico escupió al suelo mientras decía aquellas palabras –es demasiado recatada como para poner un solo pie fuera de su castillo. Además, he oído que el pequeño príncipe ha estado desaparecido un tiempo.
Kathreen dirigió una mirada de advertencia a Ike, urgiéndole a permanecer callado. Al lobo ártico pareció hacerle gracia.
-Oh, ¿no esperabais que supiéramos tanto de vosotros, eh? –preguntó, riendo suavemente -. Bueno, es culpa vuestra. Es más fácil aprender cosas cuando las aprendes de un enemigo. Dime, gatita, ¿Melenarenas o Colmillos Ígneos?
La leona no respondió, y Ike pensó que parecía sorprendentemente tranquila, dadas las circunstancias. Sin embargo, tenía que darle la razón en que decirle a aquellos kane que era el hijo del fehlar que probablemente había matado a todos sus amigos y familiares no era una buena idea. Su título les había salvado en la posada, pero no les ayudaría demasiado en aquella situación.
-Así que no respondes, ¿eh? –dijo el que se llamaba Bal, todavía sonriendo.
-Oh, por favor, no malgastes mi tiempo –gruñó el zorro ártico, impaciente -. ¿Podemos matarlos o no?
Bal pareció pensárselo durante un rato, y Ike casi se sintió aliviado de que al menos estuviera dudando. Sin embargo, el alivio se convirtió en inseguridad cuando escuchó su respuesta.
-Llevémoslos al campamento. Incluso aunque consiguieran escapar, no hay muchas posibilidades de que sobrevivan aquí. Además, después de todo este tiempo esperando en medio de la nada, estoy seguro de que nuestra gente sabrá apreciar algo de espectáculo. –Y dicho esto, dedicó a los prisioneros una sonrisa siniestra.
Ike caminaba en silencio detrás del zorro ártico; no podía recordar su nombre, incluso aunque estaba bastante seguro de que alguien lo había mencionado. En cualquier caso, conocer el nombre de aquel que probablemente iba a matarles no parecía especialmente útil en aquel momento. El único nombre que necesitaba era el de Zèon, y en aquellos instantes no estaba seguro de si haber sido atrapados les acercaba a él o no.
El lobo ártico había atado sus muñecas con una cuerda, les había guiñado un ojo y había dicho casualmente:
-Por si acaso. Esperemos no necesitar un bozal, ¿vale?
Ahora, Kodu y Ike caminaban juntos con las zarpas atadas tras la espalda, siguiendo al zorro ártico y al perro mestizo. Kathreen, que caminaba detrás de ellos, iba seguida de cerca por los dos lobos árticos. Les habían sacado de la cueva y les habían hecho caminar a través de los vastos campos de nieve; parecía que la ventisca se había detenido hacía un rato ya, pero las nubes grises del cielo, que no paraban de dar vueltas, eran lo suficientemente amenazadoras como para que los kane forzaran a sus prisioneros a caminar rápido.
Ike podía sentir el nerviosismo de Kodu como si prácticamente lo oliera; sabía que se habían metido en una situación terrible y aún no estaba seguro de cómo iban a salir de ella. Deducía que estaban acercándose a Tundranorte, donde al menos tendrían una pequeña posibilidad de encontrar el nombre de Zèon, pero aún así…
…su convicción estaba comenzando a desmoronarse poco a poco. Aquel viaje nunca le había parecido tan absurdo, ni su objetivo tan poco realista como en aquel momento, caminando tras los kane que les habían atrapado. Incluso en el caso de que consiguieran escapar de aquellos kane, algo que Ike estaba comenzando a dudar, todavía tenían que encontrar el palacio de Zèon en medio de aquel interminable desierto de nieve. Después, tenían que buscar cualquier pista del pasado del zorro ártico, la cual, después de tantos años de abandono, podía estar perfectamente enterrada bajo metros y metros de nieve, en caso de existir. Y entonces, tendrían que volver a su palacio, sobreviviendo al viaje, y quizás sólo para descubrir que Sophia les había estado mintiendo durante todo aquel tiempo y que no había forma de despertar a Zèon.
En medio de la nada, Ike comenzó a pensar que había cometido un terrible fallo. <<¿Por qué pensé que podía hacerlo?>> se reprochó a sí mismo, tratando de disimular el hecho de que estaba temblando. Quizás jamás debería haber dejado el palacio, quizás debería haber supuesto que Zèon nunca despertaría.
Al menos así, habría podido pasar sus últimos momentos con aquel al que amaba.
-¿Tienes frío, fehlar? –preguntó el zorro ártico, en cuanto se dio cuenta de que Ike estaba temblando -. Acostúmbrate. Dejaremos que la ventisca entierre vuestros cadáveres cuando os hayamos matado.
Bal rió entre dientes, pero no dijo nada.
Poco después, comenzaron a descubrir kane en varios rincones. Al principio, Ike pensó que las luces que brillaban en la distancia eran simples reflejos del sol en la nieve, hasta que comprendió que el cielo no estaba lo suficientemente despejado para aquello. Después de eso, comenzó a darse cuenta de que las luces siempre parecían brillar en la misma dirección y que sus captores se guiaban por ellas. Cuando el primer kane apareció desde detrás de una duna, sosteniendo entre sus zarpas un trozo de espejo, Ike ya se lo esperaba, en cierto modo.
Siguiendo las luces en el horizonte, pronto llegaron a lo que parecía una enorme colina cubierta de nieve. Desde la distancia, cualquiera la habría confundido con otra duna, pero una vez comenzaron a aproximarse, incluso Ike se dio cuenta de que era demasiado grande para ser una acumulación natural de nieve. Sus captores no dejaron de hacerles caminar, rodeando la colina, hasta que encontraron lo que parecía una puerta congelada en una de las laderas. Si la hubieran visto de lejos se habría camuflado perfectamente en la nieve. No había forma de que aquellos kane pudieran haber construido un edificio como aquel bajo la nieve, a no ser que…
Ike sintió que su corazón se aceleraba un poco cuando finalmente entendió dónde estaban. Consideró preguntar a los kane, pero al cabo de un rato decidió que no era una buena idea.
Cuando el mestizo se adelantó unos pasos y llamó a la enorme puerta con un ritmo específico, algunos carámbanos cayeron de su arco. La puerta parecía bastante pesada, a juzgar por las caras de cansancio de los kane que las abrieron al cabo de unos segundos, y el grupo pasó a través de ellas rápidamente, como si no pudieran permanecer fuera más tiempo del necesario. Entonces, tan pronto como hubieron entrado, los kane empujaron las puertas de nuevo, cerrándolas desde el interior con tanta rapidez como les fue posible. Ike podía entender sus motivos: después de todo, cada segundo que la puerta permanecía abierta aumentaba el riesgo de ser descubiertos.
-Hogar, dulce hogar –bromeó Bal, sacudiéndose la nieve de su pelaje tan pronto como las puertas se cerraron tras ellos.
El resto del grupo hizo lo mismo, aunque no perdieron más tiempo del necesario.
No habría sido posible que el interior de aquel edificio fuera más distinto del mundo gélido que se extendía más allá de sus puertas. Zèon había mencionado el palacio pocas veces en el pasado, pero Ike siempre se había imaginado un castillo de torres cristalinas, que pegaban con el mundo de nieve y hielo que imaginaba como Tundranorte. Había pensado que todo sería tan frío como sus alrededores, y en sus fantasías más locas incluso se había imaginado que el castillo estaba totalmente hecho de hielo, aunque sabía que aquello habría sido totalmente imposible.
Pero, en la práctica, el palacio de los Garragélidas era totalmente diferente de lo que se había imaginado. Si en la imaginación de Ike todo había sido azul y blanco, en la realidad parecía que los colores principales eran el marrón y el rojo. El largo pasillo enfrente de ellos parecía estar esculpido en algún tipo de piedra arcillosa que le daba al vestíbulo un aspecto cálido y familiar, que disipó las preocupaciones de Ike por unos segundos. No había nada que recordara a las imponentes columnas del castillo de los Colmillos Ígneos, sino sólidos muros y arcos que daban la sensación de que aquella sala podría proteger a cualquiera del frío. Una vieja alfombra de lana, desgarrada y polvorienta, se extendía por todo el vestíbulo; tenía un diseño intrincado y lleno de espirales que parecía retorcerse, todo tejido en colores cálidos.
Ike estaba tan absorto mirando a la vieja alfombra que ni siquiera escuchó al zorro ártico cuando le dijo que continuara caminando, y se sobresaltó cuando el mestizo colocó una zarpa en su hombro, forzándole a continuar.
Les llevaron a través del vestíbulo para después torcer a la izquierda. No estuvieron demasiado tiempo caminando antes de llegar a una gran puerta de caoba, bloqueada por una enorme barra de hierro que actuaba como tranca. Parecía tan pesada que Bal y el otro lobo necesitaron un buen rato para quitarla de ahí. Ike y Kodu observaron a los dos kane mientras realizaban aquella operación, seguidos de cerca por la penetrante mirada del zorro ártico.
Cuando Bal y el otro lobo dejaron la barra en el suelo, jadeando, el mestizo abrió la puerta inmediatamente y entonces el zorro ártico les empujó al interior de la sala. Ike quiso protestar, pero en aquel momento ya no estaba seguro de si debería sentirse indignado por el tratamiento de los kane o agradecido por el hecho de que no les hubieran matado ya.
Una vez que sus captores hubieron empujado también a Kathreen al interior de la sala, cerraron la puerta tras ella. La sala se hundió inmediatamente en una profunda oscuridad, en la que incluso después de un buen rato, Ike apenas podía ver la silueta de Kodu y su hermana.
-Bueno, ¡supongo que lo hemos conseguido! –exclamó Kathreen, con un tono de falso entusiasmo que casi molestó a Ike -. ¡Al fin hemos llegado a Tundranorte!
El león no respondió.
-¡Vamos, Ali, no te contengas! ¡Hemos llegado al hogar de tu amante zorro!
-Por favor, Kathreen, cállate –le pidió Ike, sujetándose la cabeza con ambas zarpas mientras se dejaba caer en el suelo -. No estoy de humor para tus tonterías.
La leona no dijo nada durante un rato. Los tres permanecieron a oscuras y en silencio, durante lo que parecieron horas, hasta que Kodu finalmente rompió el silencio.
-Y… ¿qué vamos a hacer ahora?
-No lo sé –respondió Ike, y sintió el peso de su propia sinceridad cayendo sobre él -. No lo sé, Kodu.
Hubo otro largo silencio. En la oscuridad, Ike simplemente esperaba, sin dejar de pensar en Zèon. Por algún motivo, incluso a pesar de que muy probablemente se enfrentaba a su propia ejecución, no podía soportar la idea de que el zorro ártico estuviera muriendo lentamente en su castillo, solo. No podía aceptar el hecho de que no fueran a pasar sus últimos momentos juntos. El único motivo por el que había hecho aquel viaje había sido tenerlo a su lado de nuevo, como en el tiempo en que ambos habían compartido todos aquellos momentos en la Caja. Aquellos días casi parecían buenos, en retrospectiva.
En algún momento, no pudo evitar pensar en lo estúpido que había sido. Atha le había avisado de que los kane no le escucharían tan fácilmente, y a pesar de todo había seguido creyendo que había esperanza. Quizás las cosas en la Caja habían sido más fáciles porque habían tenido un enemigo común, pero ahora que habían vuelto a Lykans, estaba claro que ambas razas estaban enfrentadas de nuevo.
Había sido un estúpido al pensar que el pequeño episodio en la Caja podía cambiar algo. Su raza había arrasado pueblos enteros y matado a gente, y obviamente los kane no iban a olvidarse de aquello en un largo tiempo; no mientras él vivera, al menos. Ahora que la posibilidad de volver a ver a Zèon se había desvanecido, sólo podía pensar en la ingenuidad de sus propias convicciones.
<<Lo siento tanto>> pensó, y durante unos segundos que parecieron horas tuvo que contener las lágrimas. Consiguió hacerlo redirigiendo su frustración hacia Sophia, odiándola por haberle separado del zorro ártico. El odio ocultó la tristeza y le hizo sentir algo mejor, aunque en el fondo sabía que la herida no se había curado. Incluso aquella mujer humana parecía demasiado lejos, como si nunca hubiera existido más que como algún extraño sueño en su mente.
También Zèon parecía ser poco más que un sueño lejano, a pesar de que su imagen en la mente de Ike era tan visible que incluso dolía. El león recordó la primera vez que había tocado el suave pelaje del zorro ártico, la primera vez que había tenido su pequeño cuerpo entre sus brazos, la ternura de aquel primer beso, y una lágrima recorrió su mejilla.
Mucho tiempo después, quizás horas, quizás días, la lágrima se había secado y la oscuridad parecía estar tragándoselo todo, incluso su conversación. Kathreen y Kodu no habían dicho una sola palabra, como si ellos también estuvieron perdidos en sus pensamientos.
Como heredero al trono fehlar, Ike había crecido con la posibilidad de una muerte repentina en mente. Aquello le había aterrorizado durante años y siempre había creído que afrontaría aquel momento con un miedo indescriptible, sin importar lo que su padre intentara enseñarle. Ahora que el león se enfrentaba a las que probablemente serían sus últimas horas, le sorprendía descubrir que no se sentía asustado, sino terriblemente arrepentido. Había demasiadas cosas que le habría gustado hacer de otra forma, y parecían estar enterrándole bajo su peso, hasta el punto de que cada vez le resultaba más difícil pensar, respirar, o hacer cualquier otra cosa que no fuera hundirse en aquella profunda oscuridad.
Y de repente, la puerta se abrió.
-Te lo digo en serio, Muerdecampos –se oyó la voz del zorro ártico -. Espero que tengas una buena razón para hacer esto.
-La tengo. Quiero decir, si es quien creo que es.
La luz era demasiado brillante como para mirarla directamente después de tanto tiempo a oscuras, por lo que Ike se cubrió los ojos con una zarpa, parpadeando. La última voz que había oído le resultaba familiar por algún motivo, aunque no terminaba de recordar cuándo había sido la última vez que la había oído. Después de un rato, sus ojos felinos se acostumbraron a la nueva iluminación y consiguió mirar directamente a la puerta. Incluso entonces, le llevó un buen rato reconocer al kane que permanecía al lado del zorro ártico.
-¿Ves? ¡Tenía razón! –exclamó éste, aparentemente feliz, mientras daba otro paso hacia el león -. ¡Es Ike! Bueno, solíamos llamarle Alekai Segundo antes de que nos encerraran en la Caja, pero ya me entiendes.
Ike parpadeó de nuevo, confuso. Por algún motivo, el labrador que tenía enfrente le resultaba conocido, pero no era capaz de recordar quién era. Dedujo que debía haberle conocido en el tiempo que había pasado en la Caja, y tan pronto como pensó aquello, un nombre apareció en su mente.
-¡Oh! –dijo -. ¡Edi! Lo siento, ha pasado… demasiado tiempo. En muchos sentidos.
El labrador sonrió.
-Era Edi en la Caja, pero solían llamarme Gamán antes y así es como me gusta que me llamen hoy por hoy.
-Yo todavía prefiero Ike –respondió el león, con una sonrisa amarga.
Los dos se dieron la mano.
Ike había conocido al labrador cuando había comenzado a conversar con Luca para llevar a cabo una tregua que les permitiera escapar de la Caja. Incluso a pesar de que aquel kane ligeramente más joven no tenía ningún título nobiliario sobre sus hombros, había demostrado rápidamente lo influyente que podía llegar a ser. Zèon era un observador nato, pero de algún modo, Edi parecía conocer a todo el mundo. De hecho, había sido el labrador el que había aconsejado a Ike que hablara con Zèon, a pesar de que Luca lo conociera mucho mejor.
-¿Qué estáis haciendo aquí? –preguntó Gamán, con un tono tan intrigado que Ike adivinó que había sido la primera cosa que el labrador había querido decir.
<<Eso es lo que me pregunto yo también>> pensó Ike, aún algo deprimido.
-Es una larga historia –respondió, sin embargo. La presencia de Gamán podía ser una señal de que no estaban tan perdidos como habían pensado. Quizás, sólo quizás, tuvieran la oportunidad de vivir al menos durante un día más -. Recuerdas lo que Sophia le hizo a Zèon, ¿verdad?
El labrador asintió.
-Oh, esa horrible mujer. Por supuesto que me acuerdo. ¿Aún está… así? ¿Inconsciente?
-¡Bueno, ya basta! –les interrumpió al zorro ártico, avanzando hacia el león con una expresión amenazadora en su rostro, a pesar de ser bastante menos corpulento que el fehlar -. Gamán, ¡espero que tengas una buena excusa para hablar de manera tan amistosa con el hijo de un asesino!
El labrador dirigió una mirada de reojo al zorro ártico, sin perder la sonrisa en su rostro.
-Eh, relájate, Nihil. Decir que Ike nos ayudó a escapar de la Caja sería quedarse corto. Prácticamente nos liberó a todos y, sin él, probablemente seguiríamos ahí.
-Bueno, Zèon me ayudó más de lo que te podrías imaginar –admitió Ike, con una sonrisa de agradecimiento.
-Zèon es el Garragélida –explicó Gamán a Nihil, en tono conciliador.
-Puedo creer que un Garragélida hiciera eso –respondió Nihil, todavía dirigiendo a Ike una mirada incendiaria -. ¿Pero un Colmillo Ígneo? Creo que el tiempo que has pasado en la Caja te ha hecho olvidarte de lo que estos bastardos hicieron aquí, Gamán.
El labrador no respondió, sino que tan sólo sacudió la cabeza.
-Créeme –dijo Ike, girándose hacia el zorro ártico y mirando directamente a sus ojos naranjas -. No me siento orgulloso de lo que hizo mi padre. Si pudiera, volvería atrás en el tiempo para impedir que toda esta locura llegara a suceder. Devolvería a la vida a todos los kane que murieron. Intentaría evitar las torturas, la esclavitud y el horror por el que os hemos hecho pasar. No hay un solo día en el que no piense en ello.
-¡Ja! –exclamó Nihil, mientras su hocico se curvaba en una amarga sonrisa cargada de sarcasmo -. Eso son sólo palabras. A los fehlar os encanta hablar, ¡pero nunca decís la verdad! Aseguráis que estamos preparando una invasión e invadís nuestro territorio como medida de precaución. Prometéis que no pretendéis hacernos daño y entonces comenzáis a matar a nuestra gente, a esclavizar a los más jóvenes y a quemar nuestros hogares. ¡Sólo sois un maldito montón de hipócritas a los que os gusta sentiros moralmente superiores para justificar vuestros actos!
-¡Pero estoy hablando en serio! –respondió Ike, tratando de no perder la calma -. Para empezar, nunca quise que esta guerra tuviera lugar.
-Incluso si eso fuera cierto, lo cual dudo, no significa nada –replicó el zorro ártico, con una expresión tan fría y cortante que Ike estuvo a punto de sentirse herido -. Si te dejamos marchar, en unos cuantos meses habrás vuelto a tu castillo. En unos años, con algo de suerte, tu padre estará muerto y tú serás el nuevo rey. ¿Crees que eso cambiará las cosas?
-Bueno, eso espero –respondió Ike, honestamente -. Lo intentaría.
El león podía sentir algo extraño sucediendo dentro de él. Era como si, incluso aunque apenas unos minutos atrás hubiera dejado de creer en sus propias ideas, el hecho de que alguien estuviera cuestionándolas tan tozudamente le forzara a defenderlas.
Se preguntó, en silencio, si siempre necesitaría a alguien para convencerle de sus propias ideas, contradiciéndolas. Sin embargo, el zorro ártico enfrente de él continuaba sonriendo escépticamente.
-Lo intentarías –repitió, con desdén -. No harías nada. Ellos quieren que les lleves a la guerra. Te obligarían a hacer lo que quieren, o usarías eso como excusa. Es siempre la misma historia.
-Creo que subestimas a Ike –intervino Kodu entonces -. Se ha metido en muchos problemas por hacer precisamente lo que los demás no quieren que haga. Algo que parece gustarle particularmente es hacerse amigo de gente que no le conviene.
Ike sonrió. Apenas unas horas antes, aquella misma frase le había hecho sentirse indignado, pero sólo porque había sido su hermana la que la había dicho.
-Era un buen amigo del Garragélida cuando estábamos en la Caja –mencionó Gamán, rascándose la barbilla -. Y Zèon no hablaba con cualquiera, ¿sabes?
Nihil no respondió. Continuó atravesando con la mirada a Ike y el león pudo sentir todo su odio, su resentimiento y el inmenso dolor que de alguna manera conseguía esconder tras ella. Era tan fácil distinguir lo mucho que aquel zorro ártico había sufrido que casi le recordó a Zèon.
-Lo siento –se oyó decir Ike, después de unos segundos -. De verdad, lo siento. Pero Zèon necesita mi ayuda. En serio. Y si no hago algo por él, podría morir. Sé que la guerra ha matado a miles de kane, pero si pudiera al menos salvar una vida… bueno, entonces sentiría que al menos he tomado el primer paso para compensaros a todos.
El zorro ártico no dijo nada. Ike había esperado que aquellas palabras apaciguaran su odio, o que al menos despertaran algo de compasión, pero no percibió ningún cambio en su cara.
Sin embargo, al cabo de un rato, el zorro ártico le dio la espalda y comenzó a alejarse, sin decir una palabra.
-Deja que se vaya –dijo Gamán, observando al otro kane mientras este torcía una esquina -. No es un mal kane, pero ha pasado por mucho.
-Ya veo –respondió Ike, con los ojos fijos en el rincón por el que el zorro ártico había desaparecido -. ¿Es él también un Garragélida?
-Oh, no. Es un Colmihielo –respondió Gamán, como si aquello lo explicara todo, y entonces añadió -. Solían vivir en este palacio, hace ya décadas, sirviendo a los Garragélida. En algún momento, los Garragélida decidieron recompensarlos por su servicio y les dieron unas cuantas tierras y dinero para que construyeran su propio hogar. –Gamán se detuvo, pensando durante unos segundos -. He oído que aquello era algo bastante común en el caso de los Garragélida. En los últimos tiempos, no les gustaba tener demasiados sirvientes, así que trataron de “deshacerse" de ellos cuando podían. Aunque tuvieron que ser cuidadosos; no cualquier familia puede sobrevivir aquí en Tundranorte sin las relaciones comerciales apropiadas…
Entonces, se detuvo y se rió suavemente, dándose cuenta de que Ike aún le estaba mirando.
-Lo siento, creo que me he explayado demasiado…
-No, para nada. No sabía todas esas cosas sobra la familia de Zèon –respondió Ike, realmente sorprendido.
-Siempre fueron algo diferentes del resto de familias kane, o eso me han dicho –dijo el labrador, encogiéndose de hombros -. Bueno. ¿Qué es lo que necesitas para despertar a Zèon? Supongo que eso es para lo que has venido aquí, ¿no?
Por más interesante que la historia de los Garragélida pudiera ser, Ike agradeció que Gamán quisiera ir directo al grano.
-Ya deberías haberlo adivinado –respondió -. La única cosa que Sophia nos quitó.
El labrador tardó unos segundos en entender a qué se refería.
-Oh –dijo, simplemente -. Encontrar eso podría ser algo difícil, me temo.
Ike sintió cómo todas sus esperanzas se desmoronaban de nuevo al escuchar aquellas palabras.
-¿Qué? ¿Por qué? –preguntó, mordiéndose el labio inferior.
-Los fehlar se llevaron todo lo que encontraron en el castillo. Cuadros, tallas, cualquier cosa que podría haber identificado al hijo de los regidores ha sido destruida o robada. Podrías encontrar algo, pero vaya…
-¿Es que nadie le conocía de antes? –preguntó Ike, algo incrédulo.
Sabía que Zèon había sido reservado y casi invisible tiempo atrás, pero no podía creerse que no hubiera nadie que no conociera su antiguo nombre. La respuesta acudió a su mente justo antes de que Gamán respondiera.
-Mmm… la mayoría de la gente que vivía en Tundranorte fue asesinada por los fehlar cuando invadieron la región –explicó el labrador, desviando la mirada -. Tu raza cometió un montón de excesos aquí, Ike. Quizás porque tuvieron que aguantar el frío durante tanto tiempo que cuando llegaron aquí perdieron el control… quién sabe. Pero no queda demasiada gente con vida, al menos que vivieran aquí. Nihil y Bal son los únicos que se me ocurren, y Bal vivía más al sur…
-…así que debería preguntarle a Nihil –comprendió, mientras sus esperanzas disminuían de nuevo. El zorro ártico no parecía precisamente dispuesto a ayudarle.
-Si no habla contigo, yo me encargaré. Si es por un Garragélida, quizás te ayude. Siempre he pensado que… los idolatra un poco –respondió Gamán, sonriendo -. En cualquier caso, siéntete libre de dar vueltas por aquí, explorar y pedir ayuda si lo necesitas. Informaré a todos los demás, así que no deberíais tener ningún problema. Además, la mayoría de la gente que hay aquí viene de la Caja, así que vuestra presencia no debería hacerles sentir demasiado incómodos… creo.
-Gracias, Gamán –respondió Ike, dando un cálido abrazo al labrador -. De no ser por ti, probablemente estaríamos muertos ya. Te debemos una.
El abrazo pilló a Gamán con la guardia baja, pero no dudó en corresponder en cuanto se hubo repuesto de la sorpresa.
-No pasa nada. Yo te debía una por lo de la Caja –respondió el labrador, una vez se hubo apartado -. Si puedo ayudarte con cualquier otra cosa, házmelo saber.
Una vez Gamán se hubo marchado, Ike se giró hacia Kodu y Kathreen. El gato le dedicó una sonrisa nerviosa.
-Bueno –dijo -. Tengo que reconocer que esta vez me habías engañado. Creía que estábamos a punto de morir.
-Yo también –respondió Ike, con sinceridad.
Entonces, ambos comenzaron a reír, deshaciéndose del miedo que se había apoderado de ellos durante las últimas horas. Kathreen, por el contrario, permaneció en silencio.
-¿Estás bien? –le preguntó Ike a la leona.
No estaba realmente preocupado por ella, sino más bien por la posibilidad de que podría intentar hacer algo estúpido, como matar a alguien. Sin embargo, tenía que reconocer que no había estado muy habladora desde su discusión en la cueva.
-Sí, no pasa nada –respondió su hermana, con una leve sonrisa -. Debo decir que estaba equivocada. Sí que consigues todo lo que te propones, ¿eh?
-¿Cómo? –preguntó Ike, confuso.
Pero la leona simplemente sacudió la cabeza, todavía sonriendo.
-No es nada, de verdad –dijo -. Ve a buscar a ese kane. Quizás haya una posibilidad de que salves a tu amante zorro después de todo, Ali.
Ike asintió y se marchó rápidamente, siguiendo la dirección en la que había visto por última vez al zorro ártico. Antes de torcer la esquina, dirigió a Kathreen y Kodu una última mirada, deduciendo que probablemente ellos se quedarían allí puesto que era donde más cómodos se sentirían. No estaba seguro de si el kane querría hablar con él o no, pero en caso negativo, siempre podía pedirle ayuda a Gamán. En cuanto a su hermana…
…no podía evitar pensar que últimamente se estaba comportando de una manera diferente a la usual. Le sorprendía que hubiera insistido en la idea de encontrar a Nihil y pedirle ayuda, que no estuviera pidiéndoles que dejaran aquel lugar o mataran a los kane, que hubiera sido tan fácil para ella aceptar “la hospitalidad del enemigo". <<Quizás llevamos viajando demasiado tiempo>> pensó. <<Además, no te engañes, Ike. Lleva estando rara menos de un par de horas>>.
Sin embargo, la posibilidad de que su hermana hubiera cambiado de idea respecto a él y que por una vez hubiera cedido en su empeño de convertirle en el rey que todos querían le llenaba de esperanza. Había sido una carga con la que había tenido que lidiar durante aquel viaje, y sabiendo que las cosas estaban yendo a mejor por una vez le hacía sentirse más optimista.
No podía imaginarse hasta qué punto se equivocaba.