19 - Más contentos
Capítulo 19 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
Al interior de la casa de Ramón entraron don Mario, Raúl, y el tigre que, debilitado, se apoyaba del hombro de su amigo para sostenerse.
— Con cuidado, con cuidado — indicaba Navarro a Ramón, guiándolo en el camino.
Raúl llevó a su amigo hasta el sillón de la sala, donde lo ayudó a sentarse, mientras Don Mario miraba a su hijo con cierta preocupación, aunque no lo demostrara. Luego de unos minutos de descanso, fue el padre quien decidió romper el silencio y tomar la palabra.
— Deberías meterte a bañar, mijo — sugirió el padre a Ramón — ¿Cree que me pueda echar una mano con eso, doc? — preguntó a Raúl.
— Claro...
— ¡No! — interrumpió de repente, Ramón.
— ¿Cómo qué no? — refutó don Mario con firmeza — ¡Debes bañarte! Estás todo mugroso, ¿no ves que tienes harto pelo sucio?
— ¡Me da pena, 'apá! — se justificó, haciendo sus orejas hacia atrás.
— Pero... — Raúl bajó la voz, susurrándole — ya nos hemos bañado juntos antes, compa.
— Sí, pero... con este cuerpo me siento... Muy raro.
— Tú eres el mismo para mí, campeón — mencionó Raúl con empatía, sonriéndole a su amigo.
— Mejor me baño solo.
— Déjame insistir, no quiero que te caigas, te resbales o te marees, yo te ayudo.
Ramón, agobiado, lamió sus labios, evadiendo la mirada de su padre y de Raúl, mientras consideraba sus opciones y, luego de un suspiro pesado, respondió.
— Ta' bien.
Navarro, sonriente, le tendió la mano a su amigo, que al principio dudó en agarrarla, aunque, después de lanzarle una mirada insistente, decidió aceptar la ayuda y ponerse de pie. Luego, se apoyó de nuevo en el cuello de Raúl mientras se dirigían hacia el baño, reflexionando sobre la vergüenza que le esperaba al final del camino.
Al llegar al lugar, Raúl echó seguro a la puerta y miró de frente a Ramón.
— ¿Cómo te sientes? — preguntó Navarro, analizando el físico de su amigo — ¿Crees poder mantenerte de pie mientras te bañas o prefieres que traiga una silla?
— Puedo estar de pie — aseguró Ramón, con la mirada hacia abajo, mientras que sus orejas seguían hacia atrás, incluso su cola se había colocado entre sus piernas.
— Muy bien, si llegas a cansarte o marearte, avísame de inmediato — aconsejó —, entonces...
Raúl tomó el borde inferior de la playera de su amigo y se la quitó, dejando ver que su musculado cuerpo, ahora mostraba una delgada, pero firme, capa de pelaje, con colores cálidos y rayas negras, realzando su nueva apariencia atigrada. Raúl lo observaba fijo, admirando sus abdominales.
— ¿Qué pasa, bro? — preguntó Ramón, inseguro, haciendo que su cola se metiera más entre sus piernas —. Me veo horrible, ¿verdad?
— ¿Qué? No. Claro que no — mencionó Raúl alzando la mirada —. Te estaba viendo porque... te ves genial.
— ¿En... en verdad lo crees? — Ramón levantó un poco la cara y las orejas.
— Siempre te has visto muy bien, campeón — aseguró Navarro, sonriéndole — y ahora más.
Raúl continuó quitándole la ropa a su amigo, sus zapatos, su pantalón y al último, su trusa, dejando al aire todo el cuerpo fornido del tigre fortachón, con un saludable y viril pene, que seguía manteniendo su forma humana, cubierto por una piel clara, velludo de los testículos y el tronco, y con su cola aún entre sus piernas, avergonzado. Raúl, sin perder tiempo, también se quitó la ropa, mostrando su cuerpo torneado, provocando que Ramón lo mirara de arriba abajo, haciendo que su cola se elevara, tensándose y mostrando una energía contenida. El hombre fortachón se mostró a su amigo, con un cuerpo musculado y un pene descansando sobre dos testículos ovalados, igual de velludo.
Ambos se miraron de frente, desnudos en su totalidad, con expectación. Raúl miró la cabeza de Ramón, entrecerrando los ojos y girando un poco la cabeza, analítico.
— Ya me había dado cuenta, pero ahora que te veo así... — expresó Raúl — eres más alto que yo, compa.
Ramón hizo una media sonrisa y levantó los hombros, incómodo. Raúl notó eso.
— ¿También eso te incomoda? — cuestionó Navarro.
— Todo lo que tenga que ver con cómo me veo ahorita me es extraño.
Navarro asintió, comprensivo.
— Oh, no traje toallas pa' secarnos — preguntó Raúl.
— En ese mueble — señaló Ramón una puertita, debajo del lavamanos.
Raúl sacó dos toallas blancas y las colocó en un perchero, para después acercarse a la regadera y girar la llave, probando el agua para verificar su temperatura. Cuando alcanzó el nivel perfecto, Raúl hizo un gesto con las manos indicándole a Ramón que se metiera en la ducha. El tigre acató y, tambaleante, aunque con ayuda de la pared, se metió, seguido por su amigo.
Dentro de la regadera, el agua comenzó a caer encima de sus cuerpos, mojándolos por completo, cayendo por sus marcados músculos, deslizándose por su pecho, su vientre e incluso resbalando por la punta de sus penes, como si orinaran.
Ramón se colocó detrás de Raúl quien, girándose, dándole la espalda al tigre, comenzó a enjuagarse la cara. El tigre colocó su mirada en las nalgas de su amigo, y de ahí, recorrió hacia espalda. Su cola de nuevo se erizo. Raúl se giró y sonrió a Ramón.
— El agua está en su punto — aseguró a su amigo —. Ahora...
Raúl, con cuidado, pasó a Alvarado delante suyo, ayudándolo a mojarse el cabello. Tomó la botella de champú más cercana y le exprimió un poco, comenzando a masajear su cabeza con suavidad, llenándolo de espuma. A pesar de la incomodidad inicial del tigre, los movimientos en las manos de Raúl lo hicieron sentir bien, a gusto.
— ¿Por qué haces todo esto por mí, bro? — preguntó Ramón, cerrando los ojos, reflexivo.
La pregunta tomó por sorpresa a Raúl.
— Creo... creo que lo hago porque eres el primer amigo que tengo en mucho, mucho tiempo — sus palabras estaban cargadas de cariño y honestidad —. Reflexionando, desde que llegaste a mi vida, todo se ha vuelto más difícil — Martín se entristeció —, pero si ese es el precio de estar hoy contigo, estoy encantado de pagarlo, campeón.
— Bro... — Ramón se enterneció.
Luego, con ayuda del agua, Raúl siguió con el masaje, quitándole todo el champú de la cabeza, recorriendo toda la espuma por el pelaje de Ramón.
Navarro tomó un estropajo de zacate que estaba colgado a su lado, lo llenó de jabón, y empezó a tallar la espalda peluda del tigresote, la sensación era grata, placentera, tanto que, sin evitarlo, Ramón se puso a ronronear de forma suave, profunda, cosa que alegró a su amigo, pero no dijo nada. Tras unos momentos, la cola de Ramón, además de elevarse, comenzó a moverse de un lado a otro, dándole golpecitos en la cara a Raúl.
— Je, je, je, andas contento, compa.
— ¿Eh? — reaccionó Ramón, dejando de ronronear y bajando su cola — Perdón, bro. Aún no la sé controlar — agregó, girando hacia Raúl, mostrando su enorme virilidad erecta.
— Wow — exclamó Raúl, jocoso, luego de ser golpeado en la pierna por el pene del tigre.
Al bajar la vista, el miembro, ahora lleno de sangre, palpitaba con fuerza, incluso ya estaba lubricando, dejando un hilito entre la pierna de Navarro y la uretra del tigre. Ramón reaccionó y, rápido, cubrió con sus manos sus genitales, incómodo.
— Tranquilo, fortachón. No es como si nunca te hubiera visto así antes — intentó calmar Raúl.
— Lo sé, pero... este cuerpo es distinto — explicó —. No sé si te incomode.
— Tú eres mi amigo y ambos somos machos, no pienses demasiado, compa. Tranquilo.
Raúl tomó de las muñecas a Ramón y, sin esfuerzo, despegó sus manos, colocándolas a sus lados, provocando que su erección volviera a sobresalir.
— A si te vez mejor — reconoció Raúl con calma —, ya casi acabamos — añadió, intentando volver a relajar al fortachón.
Navarro continuó enjabonando a Ramón, centrándose ahora en su pecho y descendiendo suave por sus abdominales. El tigre cerró los ojos, intentando relajarse y bajar su erección, pero, por el contrario, su pene palpitó con tal fuerza que generó una gran gota de lubricante, Raúl lo notó con asombro, sonriendo.
El enjabonado continuó y, luego de unos segundos, el tigre volvió a abrir los ojos, dándose cuenta que también el pene de Raúl estaba erecto, impresionándose.
— No eres el único arrecho, compa — se justificó Navarro, sonriente —, yo también tengo instintos.
Las miradas de ambos se cruzaron con intensidad, mientras la mano de Raúl continuaba en el pecho de Ramón quien, resoplando, y con la cola moviéndose lenta de un lado a otro, tomó su propia virilidad entre sus manos, comenzando a acariciarse lento, moviendo su claro prepucio, de arriba hacia abajo, cubriendo y descubriendo su rosado glande. Raúl lo miraba con asombro, aunque, receptivo, decidió seguir su juego; también tocó su miembro y comenzó a masturbarse junto con él.
Ambos disfrutaban el momento. Ramón, cachondo, tomó el hombro de Raúl para sostenerse, mientras continuaba tocándose, gimiendo de placer, entre el olor a jabón, y el sentir la piel mojada de su amigo, dirigiendo su mirada al pene de Raúl.
Navarro sintió un ligero cosquilleo al sentir la mano del tigre en su hombro, provocando que el movimiento que hacía con su miembro se intensificara, estaba más excitado. Los dos gemían, mirándose la virilidad de cada uno, mientras el vapor que emanaba el agua los envolvía en un momento intenso.
Ambos levantaron la mirada y Ramón vio que Raúl le sonreía de forma juguetona. Tomando la iniciativa, Navarro soltó su pene y agarró el de su amigo, haciéndolo dar un gemido profundo, terso, casi un ronroneo de placer. Ramón, sonrió y, por primera vez, reconoció a ese hombre, que le había apoyado siempre, que había estado presente cuando despertó en el hospital y que había entrado en su vida para quedarse. Al fin, perdió toda la pena y con su típica confianza, agarró el pene de su amigo y comenzó a masturbarlo.
Ambos empezaron a jadear, a acercar los miembros y lubricarse el uno al otro mientras los glandes chocaban y se rozaban entre ellos. Los prepucios se extendían y besaban entre ellos, a veces, el de Ramón cubría al de Raúl y cuando retrocedían, Raúl cubría a Ramón, intercambiando placer, mientras el sonido acuoso de su líquido preseminal se incrementaba con cada jalada.
De nuevo, el par levantó la cara, mirándose fijo, viendo como se daban placer, conectados por sus genitales y, sin contenerse, Ramón soltó el hombro de Raúl y le tomó por la nuca, acercándolo a él. Raúl, cachondo, no se opuso y se dejó arrastrar hasta que sus labios conectaron con los del tigre, besándose con pasión.
Al instante, Navarro gimió en la boca de su amigo y disparó tres chorros de semen caliente sobre el miembro duro y viril de Ramón, esto generó más placer en el tigre, usando el semen de su bro como lubricante y, rugiendo en la boca de Raúl, disparó una, dos, tres, hasta cinco veces su leche espesa sobre los vellos y pene de su amigo.
Ambos, exhaustos, se separaron y jadearon, sosteniéndose de los hombros, pegando sus cráneos, reflexionando en silencio sobre lo que acababa de pasar.
— Eso... eso fue nuevo — consideró Raúl y antes de que Ramón bajara la mirada con pena, le tomó de la barbilla —, nunca cambies, campeón. No pierdas ese carácter afable, despierto y jovial que tanto te distingue, ni esa sonrisa tuya que tanto alegra mi día, yo te admiro mucho por ello.
— Bro... — con cariño, Ramón abrazó a su amigo y este respondió al abrazo.
Ambos se quedaron unidos, bajo la regadera, dejando que el agua se llevara todo rastro de jabón y semen de su piel. El calor de sus cuerpos era cómodo, suave, grato, Ramón se separó un poco de Raúl y con una gran sonrisa, de forma instintiva, sacó su lengua y le lamió la cara, provocando una carcajada a su amigo.
— Creo que ya es hora de secarnos, campeón — anunció Raúl, sacudiéndole el pelo mojado.
Luego de la ducha, secarse y ponerse sus respectivas toallas en la cintura, con un ambiente más relajado, salieron del baño, encontrándose de frente a don Mario que se dirigía a su habitación, notando el rostro de ambos.
— Los veo más contentos — expresó el señor levantando una ceja —, ese baño los relajó bastante, ¿verdad?
Raúl se sonrojó, asintiendo al comentario, al mismo tiempo que la cola de Ramón se erizaba, sonriéndole a su padre, avergonzado.
— Ya vístanse, pues — pidió don Mario —. Ya casi está la comida.
Ambos asintieron y se dirigieron a la recámara de Ramón. Raúl intentó ayudarlo a caminar para que no tambaleara, pero parecía que su condición estaba más estable.
— Adelante, bro — pidió Ramón a su amigo, dejándolo pasar a su habitación.
En el cuarto, sobre una pared, habían varios posters de videojuegos y de levantadores de pesas, en los otros muros, pintados de azul, estaba un armario, un mini estéreo, un mueble para un televisor y una computadora con un cesto de basura con papeles usados. Junto a la televisión, algunos muñequitos coleccionables de luchadores, soldados y caballeros se exhibían con orgullo, destacando entre todos, el muñeco de un dragoncillo de color blanco. Por último, una cama amplia ocupaba el espacio restante.
— Tu cuarto está genial, compa.
— ¿Tú crees? — sonrió el felino, moviendo alegre la cola de un lado a otro — no hay mucho, pero me agrada bastante — explicaba mientras sacaba dos pantalones, dos playeras y unos bóxers —, toma, bro.
— Ahora tengo más ropa tuya — sonrió Navarro quitándose la toalla y colocándose sobre su miembro sensible, los bóxers de algodón, después se colocó los pantalones y la playera. Al terminar, miró a Ramón que parecía tener dificultades para ponerse los pantalones —. ¿Necesitas ayuda?
— No creo — Ramón logró subirse los pantalones, pero tenía dificultades para cerrarlos.
— Creciste... — consideró Raúl viéndolo luchar para ponérselos — no mucho, pero si tienes unos más grandes, será más cómodo para ti.
— Rayos — el tigre pareció desanimarse —, me gustaban estos pantalones — reconoció mientras buscaba otros y al encontrarlos, se los colocó a la primera —. Y pensar que estos me quedaban muy flojos — reconoció —, tendré que comprar algo de ropa cuando tenga dinero — Raúl anotó este comentario en su mente.
Luego de vestirse, sintiéndose limpios y frescos, fueron a la mesa del comedor, listos para devorar lo que don Mario había preparado: unas ricas enmoladas con pollo desmenuzado, queso, mucha crema, rajas de cebolla y rebanadas de rabanitos rojos. Todos degustaron tranquilos el manjar, con una comodidad que no experimentaban desde hacía mucho tiempo. Con alegría, don Mario dirigía su mirada a su hijo, emocionado de tenerlo por fin a su lado y a Raúl, sintiéndose afortunado de que su retoño tuviera un amigo tan fiel, compartiendo ese momento especial con ellos.
Luego de terminarse la comida, Ramón inclinó la cabeza, se llevó una mano a la frente y cerró con fuerza los ojos, haciendo que su padre y Raúl lo notaran.
— ¿Pasa algo, mijo? — preguntó el señor, preocupado.
— ¿Te mareaste? ¿Te duele algo, campeón? — añadió Raúl.
— No sé, me siento raro — expresó Ramón, confundido —. Tengo mucho, mucho calor — agregó, pensativo, para luego levantarse de la mesa y tomar su plato —. Creo que mejor iré a dormir.
— ¿Seguro? Si es fiebre deberíamos ir al doctor — cuestionó Raúl.
— No, bro. Muchas gracias. Ya han hecho mucho por mí y extraño mi cama — respondió el tigre, esforzándose por sonreírle a su amigo y a su padre —. Voy a descansar.
Ramón se encaminó a la cocina, dejó su plato y, luego, camino a su habitación, cerrando la puerta tras de sí. Raúl y don Mario lo miraron, preocupados.
— Quizá sea fiebre — supuso Navarro, volteando a ver al padre de Ramón.
— Dejemos que descanse, ojalá sea algo leve — mencionó don Mario —. Le echaré un ojo lo que resta del día, no se preocupe, doc.
— Cualquier cosa me avisa, señor, por favor.
— Con gusto, doc, sé que mi hijo es más que un buen amigo para usted — asintió don Mario, con una sonrisa —. Y agradezco mucho lo que ha hecho por él y por mí. Le aseguro, con este viejo corazón — declaró, tocándose el pecho —, que siempre tendrá un lugar en este su humilde hogar. De hecho... — pausó, para levantarse e ir hacia un estante para llaves del cual tomó una —. Esto es para usted — entregó a Raúl.
— ¿Qué es?
— Una copia de la llave de la casa. Así usted podrá entrar cuando guste o haya alguna emergencia, doc. Lo aprecio igual que a mi hijo, usted ya es de la familia.
Raúl, conmovido, suspiró, sonrió, tomó la llave y la guardó en su llavero, devolviéndolo a la bolsa del pantalón.
— Muchas gracias, don Mario — mencionó, para luego ver la hora en su celular —. Yo creo que ya debo irme. Ya casi es de noche y necesito echarme un muy buen sueño.
— Descanse. Nos hace falta.
— Que tenga una buena noche, señor — se despidió Raúl, levantándose, tomando su plato y el de don Mario, para llevarlo a la cocina y luego dirigirse a la puerta de la casa —. Por favor usted también descanse, y cualquier cosa que necesite, llámeme, a cualquier hora.
— Gracias, doc.
Raúl abrazó a don Mario, fundiéndose como un padre y un hijo. Luego, Navarro salió, caminando por la tranquila acera en medio del final del atardecer. Mientras seguía su camino, Raúl se mostraba pensativo.
— Ramón ahora es un agreste... y uno muy atractivo sin duda... ¿qué más puedo hacer para que se sienta en confianza? — consideró Raúl cuando, a su mente, el cálido beso de la regadera regresó a su memoria, haciendo sonrojar al hombresote, continuando su camino con su verga semierecta y una sensación cálida en el pecho.