La Cacería
NOTA: Esta historia tiene lugar antes de "Crónicas de la Frontera". Probablemente la disfrutarás más si has leído antes esa historia, aunque también se puede leer como una historia corta independiente.
Mucho antes de que su vida cambiara dramáticamente, años antes de que adoptara a un niño Humano como su propio hijo, Rukj Jirnagherr vivía una vida pacífica como un lobo normal en el campamento en el que había sido criado...
Había muchas cosas que sacaban a Rukj de quicio.
El lobo negro, que normalmente se mostraba imperturbable, solía perder fácilmente los nervios cuando la gente a su alrededor no hacía lo que se suponía que debían estar haciendo. Para él, cada Bestia tenía un lugar y un propósito, e incluso en el caso de que este propósito hubiera sido asignado por error, uno debía esforzarse por cumplir su tarea. Discutir y quejarse por los roles asignados consumía demasiado tiempo y energía, y no era bueno para el equilibrio de la comunidad, que por otra parte ya era lo suficientemente frágil debido al hecho de que estaban en guerra.
Aquello era lo que se repetía cada mañana, cuando se despertaba con aquel frío helador y tenía que salir de la cama para unirse a la partida de caza. No era que le disgustara cazar. De hecho, era bastante bueno en ello, y cuando volvían al campamento y todo el mundo les esperaba con un evidente brillo de hambre y felicidad en los ojos, incluso se sentía algo orgulloso de sí mismo.
Sin embargo, sentía que su lugar estaba en otra parte, y no era por vocación, como algunos de sus colegas trataban de explicar en vano, sino por puro pragmatismo.
La guardia.
Cada día, al despertarse por la mañana, miraba a la destartalada torre que se alzaba al borde de su campamento. No había nadie mirando a través de la ventana, y a menudo dudaba incluso que hubiera alguien dentro. No podía evitar sentir que su campamento estaba totalmente desprotegido de cualquier invasión posible… aunque estos pensamientos no parecían preocupar al resto de las Bestias.
-Te preocupas demasiado –le había dicho uno de los cazadores más veteranos, llamado Karak, cuando le había preguntado por la torre vigía -. Nuestro campamento es demasiado pequeño y estamos lejos de la Frontera. Ningún Humano estaría interesado en este sitio.
-Entonces, ¿por qué tenemos aún guardas que supuestamente pasan ahí todo el día? –preguntó Rukj, algo irritado.
-Supuestamente –repitió el cazador, con ironía -. Ya sabes cómo funciona esto. Los cachorros más vagos de los lobos más pudientes consiguen los trabajos más cómodos. Te digo que son un atajo de perros inútiles –le aseguró, escupiendo al suelo.
En ocasiones como aquella, solía girarse hacia Rukj y poner un brazo alrededor de sus hombros, atrayéndole con una sonrisa orgullosa.
-No les envidies, cachorro. ¡Nosotros somos lobos de verdad! Traemos comida y alegría a nuestra tribu. Importamos de verdad. Si hay alguien que realmente protege a los nuestros, somos nosotros.
Rukj estaba de acuerdo con Karak, pero definitivamente se habría sentido más seguro si alguien estuviera de guardia en la torre en caso de que los Humanos decidieran aparecer.
Su hermana Laaka debería haber sabido que Rukj no se llevaría bien con Tahrik cuando le confesó que llevaba un tiempo teniendo una relación con él. Rukj, naturalmente, estaba escandalizado.
-No puedo creerme que, de todas las Bestias que podrías haber elegido, hayas escogido a Tahrik –se quejaba, caminando de un lado a otro sobre la nieve en frente de su hermana, que le observaba con una mezcla de diversión y resignación -. Incluso Monok habría sido una mejor opción. ¡Al menos, él sabe cocinar!
-Cálmate, Rukj –le dijo ella. Había sabido que su hermano no reaccionaría bien a la noticia, pero Tahrik y ella habían estado manteniendo su relación en secreto durante demasiado tiempo -. Llevamos juntos casi dos años. Es un buen lobo.
-¿Un buen lobo? –repitió Rukj, con un tono de indignación, mientras se giraba hacia ella -. ¡Oh, por supuesto! ¡Puedo ver lo bueno que es en no hacer absolutamente nada durante todo el día cuando se supone que debería estar en la torre! Los lobos como él ni siquiera son lobos de verdad.
-No digas eso –le advirtió Laaka, frunciendo el ceño -. La última vez que lo comprobé tenía dos zarpas, dos patas, un montón de colmillos, orejas puntiagudas y el mismo pelaje que tú y yo.
-Bueno, eso es porque nació así –replicó Rukj, con ironía -. Si la naturaleza nos hiciera de acuerdo a nuestro comportamiento…
-…en ese caso, me gustaría saber cómo te habría hecho a ti –le interrumpió la loba, mordaz.
No hablaron durante varios días después de aquello, y desde aquel momento, cada vez que Rukj miraba a Tahrik lo hacía con una mezcla de irritación y desprecio.
Cuando no estaba cazando o discutiendo con su hermana, al lobo negro le gustaba hablar con Rena. No sólo porque fuera la única del campamento que parecía disfrutar llevar a cabo su trabajo con diligencia, sino porque le gustaba la forma en que, sin hablar demasiado, era capaz de dejarle sin palabras de vez en cuando.
-Han estado juntos durante mucho tiempo –observó Rena, cuando el lobo negro terminó de contarle la historia de su hermana. Sus zarpas se movían habilidosamente sobre un trozo de tela, guiando una aguja e hilo por los puntos necesarios para remendarla. Nunca usaba más hilo del que era estrictamente necesario -. No creo que vaya a cambiar de idea a estas alturas.
-Por eso estoy preocupado –dijo él, con un suspiro -. La ceremonia será durante la próxima Luna Guardiana. Y no es sólo que sea un perro vago. También es un imbécil. ¿Has oído cómo habla a las ancianas?
Rena asintió, pero eso fue todo lo que hizo para demostrar que había entendido y que compartía la opinión de Rukj. Como con el hilo, no daba más de lo necesario.
-Si alguna vez le habla a mi madre de ese modo, juro que le pegaré un puñetazo en la cara –prometió Rukj, enrojeciendo de ira.
-Si alguna vez le habla a tu madre de ese modo, tu madre le pegará un puñetazo en la cara –le corrigió Rena, haciendo que el lobo negro sonriera -. Pero si tu hermana finalmente decide convertirse en la compañera de Tahrik, será bueno para mí.
La sonrisa de Rukj se congeló en su rostro y dirigió su mirada a la loba de pelaje cobrizo, sin entender a qué se refería. Como respuesta, ella alzó el trozo de tela en el aire y lo agitó.
-Oh, el traje ceremonial –murmuró, al cabo de unos segundos.
-Exacto. El viejo está tan gastado que ya no es precisamente ceremonial. Así que tendré que hacer uno nuevo.
-¿Van a dejar que hagas eso? –preguntó Rukj, verdaderamente impresionado. El traje ceremonial consistía en una serie de prendas especiales que pertenecían a la tribu entera: una reliquia que normalmente se conservaba durante siglos y que todos los lobos debían llevar en sus ceremonias de emparejamiento. Crear uno nuevo suponía una enorme responsabilidad, una a la que pocos podían aspirar.
Rena, sin embargo, se encogió de hombros.
-Somos gente práctica –dijo -. El viejo estará mejor si lo convertimos en mantas y parches.
Diciendo esto, dejó el trozo de tela a su lado y se levantó.
-¿Adónde vas? –le preguntó Rukj, sintiéndose algo confuso.
-Si voy a hacer el traje, necesitaré tinte –replicó Rena, dirigiéndose a la salida de la tienda -. Y si la ceremonia es en la siguiente Luna Guardiana, no tengo mucho tiempo. Empezaré a buscar ahora mismo.
Si había alguien más pragmático y práctico que Rukj, esa era Rena.
Ambos dejaron el campamento y se dirigieron directamente a la pequeña montaña que se alzaba no muy lejos de allí. Cerca de la Frontera, las montañas eran difíciles de encontrar, por lo que asentar un campamento al pie de una se consideraba una ventaja estratégica que pocos podían permitirse. El campamento de Rukj era pequeño, pero sabían que siempre podían refugiarse en las montañas en caso de que les atacaran.
Pasaron cerca de otra torre vigía y el lobo negro frunció el ceño, aunque esta vez no hizo ningún comentario. Pronto llegaron a una zona de la ladera de la montaña en la que la roca sólida había impedido que la nieve se acumulara. Rena comenzó a buscar un punto específico, como si ya supiera de antemano dónde debía mirar. Después de varios minutos caminando sin dirección aparente, se arrodilló enfrente de una roca en particular y comenzó a examinarla con atención. Rukj permaneció de pie, detrás de ella. Nunca la había visto haciendo aquello.
-En estas rocas crecen musgo y líquenes –le dijo, como si hubiera adivinado lo que estaba pensando el lobo negro -. Ha pasado un tiempo desde la última vez que vine, así que quizás nos encontremos algunas flores también.
-¿Flores? ¿Aquí? –preguntó Rukj, perplejo.
La loba sonrió. Entonces, se acercó algo más e introdujo una de sus zarpas en una gran grieta entre dos rocas. Le costó un poco, puesto que era incapaz de ver lo que estaba haciendo y su cuerpo estaba en una posición extraña. Sin embargo, Rukj adivinó que no era la primera vez que hacía aquello.
Después de unos instantes, sacó la zarpa y se giró hacia Rukj, abriéndola enfrente del hocico del lobo negro.
Flores moradas. Pequeñas, diminutas flores moradas que casi parecían demasiado frágiles para estar allí. Y lo eran, comprendió Rukj. Por eso se escondían entre las rocas, después de todo.
-Tinte rojo –le dijo Rena, todavía con una suave sonrisa en su cara -. Es básico, pero necesario. Y hay muchas. Lo cual significa que también podríamos encontrar insectos si miramos bien.
-¿Haces tinte con insectos? –le preguntó Rukj, alzando una ceja.
-Hago tinte con todo. Te sorprenderías. De hecho, debería pediros a los cazadores que me enseñarais lo que traigáis al campamento de hoy en adelante. Podría utilizar algunas de las partes de esas Bestias menores, también.
-Eres increíble –murmuró el lobo negro, positivamente sorprendido.
-Lo sé.
Se levantó y el crepúsculo rojo pareció despertar chispas en su pelaje cobrizo. Algo extraño sucedió entonces: Rukj vio su propio reflejo en los ojos azules de ella, y de repente, antes de que pudiera reaccionar, ella se inclinó sobre él, acortando la distancia entre ellos y besándole suavemente. No fue más que un toque, una caricia, pero pareció enviar una descarga de electricidad por la espalda de Rukj, erizando su pelaje.
Cuando Rena se apartó, con sus labios aún curvados en una suave sonrisa, y le dirigió una mirada cargada de curiosidad, él aún estaba allí, totalmente estupefacto y con los ojos muy abiertos.
-¿Te ha gustado? –le preguntó ella, al cabo de unos segundos.
-Eh… s-sí… -acertó a murmurar el lobo, en un intento de recobrar su dignidad -. Un montón…
-Genial –fue todo lo que dijo ella, dándole la espalda de nuevo y arrodillándose para recoger más flores -. Está bien saberlo.
Rukj simplemente se quedó allí, avergonzado y con un leve rubor en sus mejillas, mientras miraba a la loba desde detrás. Rena había reanudado la tarea de recoger flores diligentemente, e incluso aunque había un centenar de pensamientos relampagueando por su mente que le habría gustado compartir con ella, sentía que no era el momento. Inspiró profundamente, tratando de calmar los intensos latidos de su corazón y de deshacerse del incómodo rubor de sus mejillas.
Rena colocó todas las flores en una pequeña cesta que había traído con ella, se frotó las zarpas en su ropa y, a continuación, se levantó de nuevo.
-Creo que hemos terminado aquí –dijo, recogiendo la cesta de flores y girándose hacia Rukj -. Es una pena que no hayamos encontrado un tinte más claro. Blanco, o amarillo…
-El rojo está bien –dijo el lobo, encogiéndose de hombros.
-Lo está. Pero no va bien con tus ojos –le respondió Rena -. Algún día encontrarás una pareja y tendrás que ponerte ese traje, y si tengo que elegir entre tú y Tahrik, me gustaría que fueras tú el que pareciera más guapo. –Sacudió la cabeza -. Ojalá pudiera hacer más de un traje.
-Oh –masculló Rukj, cogido con la guardia baja. Para ser sincero, aquella era la primera vez que había considerado siquiera la posibilidad de emparejarse como el resto de los miembros de su clan.
Rena pareció sonreír. Se acercó y le besó otra vez, cerrando los ojos, y esta vez permitió que sus labios reposaran un poco más sobre los de Rukj. Sin embargo, el lobo negro habría querido que el beso durara más, y se encontró a sí mismo deseando uno nuevo tan pronto como la loba retrocedió y, tras sacudir la cabeza, comenzó a caminar hacia el campamento con la cesta bajo el brazo. La observó mientras caminaba, con una mezcla perfecta de felicidad y confusión, y a continuación comenzó a seguirla de vuelta al campamento.
Aquella noche, Rukj tuvo problemas para dormir. No podía evitar preguntarse si le había gustado lo que había sucedido con la loba en las montañas, y lo que se suponía que había significado exactamente. Nunca se había planteado el besar a otro ser vivo en toda su vida; el mero pensamiento siempre se le había escapado. Sabía que los lobos se emparejaban y tenían cachorros, pero nunca había llegado más allá de aquel hecho cuando había pensado en relaciones macho-hembra.
De repente, Rukj se sentía demasiado joven para entender lo que estaba sucediendo, y aún no estaba totalmente seguro de si le gustaba o no. Rena tenía un par de años más que él, de modo que en cierto sentido admiraba su confianza y sabiduría. Él, por otra parte, estaba caminando en territorio desconocido.
Una cosa estaba clara: quería más. Y lo quería con Rena.
Sus encuentros comenzaron a ser más frecuentes. La loba de pelaje cobrizo solía esperar a la partida de caza en la entrada del campamento para revisar de manera exhaustiva lo que traían al campamento. Los otros cazadores se maravillaban al verla partir a una presa en dos con facilidad antes de que el carnicero del campamento llegara, e introducir sus brazos desnudos en las tripas de la Bestia menor sin el menor titubeo, buscando algo en concreto. A veces, cogía una pequeña glándula o algún órgano en particular; en otras ocasiones, no encontraba lo que estaba buscando y se giraba a los cazadores, pidiéndoles que buscaran una presa en concreto la próxima vez.
-Hacemos lo que podemos, señorita –le respondía Karak, con una media sonrisa.
La admiración que Rukj sentía por ella siguió creciendo, especialmente al verla así. Estaba tan entregada a su tarea de completar el nuevo traje ceremonial que solía dar largos paseos cada día para encontrar nuevos tintes y materiales que pudieran serle útiles. Incluso viajó a un campamento vecino para pedirles algo de lana a cambio de su hilo, puesto que la necesitaba para el traje. Rukj solía acompañarla allá donde iba, y siempre solían compartir un momento de intimidad a la hora de volver. Normalmente era ella la que tomaba la iniciativa, pero después de varios besos, Rukj comenzó a atreverse a dar también el primer paso. Comenzó a sentirse tan ligado a ella que pasaba los días de caza pensando en ella, en su voluptuoso cuerpo bajo sus zarpas mientras se besaban.
Y entre besos y cazas, hilos teñidos y entrañas sangrantes, el tiempo pasó y la noche de la Luna Guardiana se acercó. Rukj sabía que tendrían que prepararse para la celebración, y aquello implicaba un montón de caza el día anterior al banquete. Los lobos solían celebrar el emparejamiento de los de su raza durante tres noches: la noche anterior a la Luna Guardiana, la noche en la que la Luna Guardiana estaba totalmente llena, y la noche inmediatamente posterior. Puesto que aquellas celebraciones se anunciaban a veces con poca antelación y no había tiempo suficiente para almacenar comida, la tradición de los lobos dictaba que los cazadores debían ir de caza al amanecer, bajo la última mirada vigilante de la Luna Guardiana, y regresar con nuevos suministros en el tercer día. Aquello quería decir que durante el segundo y el tercer día de la celebración, Rukj tendría que estar fuera cazando con el resto de la partida.
El primer día de celebración solía ser algo más calmado que el resto. El campamento se reunía alrededor de un enorme fuego y cenaban juntos. La familia de aquellos que estaban a punto de emparejarse se sentaba en la parte frontal del círculo y normalmente recibían la mejor parte del asado de carne. Rukj disfrutó del privilegio de la comida, pero echó de menos a Rena y se arrepintió de tener que escuchar a Tahrik durante toda la cena, contando vergonzosas anécdotas sobre cómo y cuándo Laaka y él habían comenzado su relación.
Después del primer banquete, el campamento entero se iba a dormir y descansar para la siguiente noche, puesto que debían permanecer despiertos hasta el amanecer en honor de la Luna Guardiana. Los cazadores, especialmente, necesitaban irse a dormir más pronto puesto que no podrían dormir demasiado en los siguientes días. Rukj apenas consiguió hablar con Rena antes de que su impaciente madre le forzara a entrar a su tienda a empujones, argumentando que un cazador tenía que estar “fresco y descansado" para la noche de la Luna Guardiana. Se resignó y decidió que tendría tiempo de hablar con Rena la próxima noche. Pensando en ello, pronto logró conciliar el sueño.
La noche de la Luna Guardiana solía ser algo más salvaje que la anterior. Bajo la vigilante luz lunar y las chispas doradas de la hoguera, aquellos que querían casarse anunciaban sus intenciones a todo el campamento, vestidos con los trajes ceremoniales. En aquella ocasión, exclamaciones de sorpresa y admiración se escucharon por todo el campamento cuando Tahrik y Laaka aparecieron enfrente de todos, llevando los trajes que Rena había estado tejiendo durante las semanas pasadas. Las prendas del macho, generalmente, consistían en una falda larga que casi barría el suelo y cubría totalmente sus piernas, además de un mantón ricamente decorado que llevaba sobre sus hombros. Las hembras, sin embargo, llevaban un tipo diferente de falda que dejaba los flancos de sus piernas al descubierto, y un elaborado velo sobre sus cabezas adornado con pequeñas piezas de metal, joyas u otros ornamentos.
Rena había cambiado ligeramente los diseños previos. Había acortado la falda del macho un poco, de forma que las piernas de Tahrik fueran ahora visibles desde sus rodillas hasta sus patas. Después, había teñido la lana de color naranja, marrón y rojo, colores que resaltaban el tono grisáceo del pelaje del lobo. El mantón era algo más corto también, y ahora parecía más una especie de capa corta; había usado los mismos colores y patrones en espiral que parecían reflejar las llamas del fuego. El traje de Laaka era diferente del de su predecesora también: la falda no resultaba tan incómoda para el movimiento como la anterior, y el velo no cubría totalmente su cara, de forma que pudiera comer fácilmente con él puesto.
-Mucha gente me ha hablado de ese problema –le había explicado la loba a Rukj unos días antes -. El velo es bonito, pero bastante poco práctico, especialmente cuando tienes que cenar enfrente de todo el campamento. Muchas se lo quitaban mientras comían, lo que es una pena puesto que es la única noche que puedes llevarlo. Quiero arreglar eso.
Los colores que Rena había usado en el traje de Laaka eran diferentes de los de Tahrik. En lugar de colores cálidos que parecían recordar al fuego, el traje femenino había sido teñido en azul y gris, colores que encajaban mejor con el pelaje azabache de Laaka. Además, había decorado el velo con pequeños cristales, aunque ni siquiera el lobo negro sabía exactamente de dónde los había sacado.
Algunos de los lobos más ancianos del campamento pronto se acercaron a Rena para darle su opinión sobre los trajes. La loba asentía de vez en cuando, escuchando cuidadosamente sus consejos. Rukj estaba algo preocupado por que los ancianos pudieran ser demasiado críticos con ella, pero también sabía que si sus quejas no eran legítimas, probablemente Rena no las tendría en consideración.
-Rena, querida, los trajes son maravillosos. Muy bonitos –Rukj escuchó decir a una de las ancianas de mayor edad del campamento -. Pero… ¿no crees que son un poco específicos?
-¿Qué quieres decir, abuela? –preguntó Rena. Por el tono de su voz, Rukj adivinó que sólo pretendía que la anciana se expresara con propiedad; ella ya tenía una respuesta preparada de antemano.
-No me malinterpretes, los colores y patrones son muy hermosos, pero… si un lobo macho con un pelaje algo más oscuro llevara el traje, por ejemplo… ¿no crees que no quedaría tan bien?
Rena sonrió y susurró algo a la anciana; algo que Rukj no pudo escuchar pero que pareció satisfacer a la abuela de la loba. En aquel momento, otros lobos aparecieron con la cena, lo que despertó una salva de aplausos y ovaciones en todo el campamento.
De nuevo, el lobo negro se vio obligado a sentarse con su familia contra su voluntad, lo cual sólo ayudó a aumentar su impaciencia. Tenía tantas ganas de estar con Rena que ni siquiera se terminó su jabalí antes de levantarse y, disculpándose ante su madre y la pareja, caminó hacia Rena y el padre de la loba.
-Comes rápido –observó ella, devorando su propia pata de jabalí.
-Quería hablar contigo –le dijo él, con una leve sonrisa.
-Es una pena. No podré hablar bien con la boca llena.
-Entonces esperaré. Sólo quiero estar contigo.
-Bien. Te recompensaré por tu paciencia después de la cena, entonces –le aseguró ella, con una sonrisa alentadora.
Rukj no tuvo que esperar demasiado. Después de la cena, comenzó la verdadera celebración. Varios lobos comenzaron a tirar grandes cubos de tierra al fuego para extinguirlo. Después, cuando la luna llena era la única luz que brillaba sobre el campamento, los tambores y las flautas comenzaron a sonar y la manada pronto inició su baile alrededor de las cenizas; un baile al que se unieron sus sombras, recortadas bajo la plateada luz de la luna. Rena, que parecía más enérgica que normalmente, arrastró a Rukj al centro del campamento. El lobo negro jamás había bailado antes, y mucho menos con una hembra, pero después del momento de vergüenza inicial, comenzó a disfrutar de la danza, moviendo su cuerpo con Rena al ritmo de los potentes tambores.
Después de una hora, o quizás dos, o quizás tres, bailando alrededor de las cenizas, Rukj se dio cuenta de que Rena se había parado y le miraba con una amplia sonrisa en su rostro.
-¿No estás cansado? –le preguntó, agarrándole del brazo con cariño y tirando de él hacia una tienda en particular -. Vamos a coger algo para beber. Seguiremos después. Aún queda mucho tiempo hasta que amanezca.
Rukj la siguió, incapaz de decirle que no. En aquel momento, no había nada que le hubiera negado si ella se lo hubiera pedido.
Aquella era la primera vez que ambos bebían, y el alcohol quemó sus gargantas y les hizo toser, tras lo que comenzaron a reír. Rukj aún no había conocido aquel extraño cosquilleo que comenzó en su cabeza y pareció extenderse por el resto de su cuerpo, pero tampoco le disgustaba, y en aquellos momentos se sentía mejor de lo que nunca se había sentido antes. Besó a Rena, y ella le besó a él, y ambos bailaron de nuevo alrededor de las cenizas. Entre las nieblas del alcohol y la danza, Rukj no pudo ver la mirada aprobadora que les dirigió la abuela de Rena cuando pasaron por su lado, ni la expresión cargada de curiosidad de su madre y Laaka, quienes habrían jurado que el lobo negro se lo estaba pasando bien por primera vez en su vida.
En aquel instante, Rukj sólo tenía ojos para Rena, para su energía y su entusiasmo, que parecía haber florecido como las flores púrpuras que había recogido para hacer tinte rojo: al refugio de rocas y sombras. Estuvieron bailando durante un rato, hasta que sus patas ya no sabían dónde estaban y, de alguna forma, se las apañaron para tambalearse hasta la tienda de Rena.
-Rukj –le susurró ella, mirándole intensamente a los ojos -. Quiero que me hagas el amor.
El lobo se sorprendió tanto que ni siquiera pudo hablar durante unos segundos, e incluso las nieblas de su mente parecieron disiparse.
-Pero… -consiguió decir, algo avergonzado -. Soy más… joven de lo que…
-Tienes catorce inviernos –le interrumpió Rena, con una sonrisa tranquilizadora -. Lo sé. Yo tengo dieciseis. Ambos somos adultos según las tradiciones de nuestro pueblo. Y de verdad, de verdad quiero que me hagas el amor. O, por lo menos, hacértelo a ti.
Rukj tragó saliva, sintiéndose muy acalorado de pronto. Pero había un impulso dentro de él, una fuerza primitiva guiándole en la oscuridad, un deseo ardiente que no se extinguiría a menos que fuera saciado. Necesitaba estar ahí con Rena, quería sentirla entre sus brazos hasta que su cuerpo se fundiera con el de él. Necesitaba oler su pelaje, saborear sus labios y perderse en sus ojos una, y otra, y otra vez.
Asintió, con determinación.
El amanecer los encontró desnudos en la tienda, abrazándose el uno al otro como si sus cuerpos fueran a desaparecer. Rena se estaba quedando dormida y Rukj, que estaba terriblemente exhausto por la noche que había pasado, consiguió reunir la fuerza suficiente para romper su abrazo e incorporarse, con un suspiro.
-Mmmmr… ¿te vas ya? –le preguntó ella en un susurro, sin abrir los ojos.
-Está amaneciendo –fue todo lo que respondió Rukj. Nada le habría hecho más feliz que pasar el día entero allí con Rena, pero era un cazador, y tenía que hacer lo que se suponía que los cazadores tenían que hacer. Incluso a pesar de que su cuerpo entero le gritaba que debía dejarse caer allí y descansar un buen rato.
Rena no parecía envidiarle, precisamente. Le dio la espalda y, con un suave ronquido, susurró:
-Buena suerte ahí fuera. Mantendré la cama caliente para ti…
Rukj sonrió e, inclinándose sobre ella, lamió su frente. Ella pareció sonreír, ya dormida.
El frío helador aclaró los pensamientos de Rukj y le despabiló lo suficiente como para que se sintiera algo más listo para cazar. El resto de cazadores ya se estaban reuniendo a la entrada del campamento, y el lobo se apresuró hacia ellos, sacudiendo la cabeza.
-Oh, mírate –le dijo Karak, una vez hubo alcanzado el punto en el que la partida de caza se preparaba para marchar -. Me han dicho que has sido… particularmente afortunado esta noche.
Algunos de los otros cazadores rieron al escuchar aquellas palabras e incluso silbaron con algo de sorna. Al principio, Rukj se sintió avergonzado. A pesar de que Rena y él nunca habían tratado de ocultar su afecto ante los demás, tampoco habían querido que fuera algo totalmente público. Sin embargo, después de unos segundos, comprendió que el resto de los cazadores tan sólo bromeaban, y que sus intenciones eran buenas.
-Supongo que lo soy –respondió, con una sonrisa -. Soy muy afortunado.
Después de que Karak diera un corto monólogo sobre lo bueno que era amar y sentirse amado por otros, el cual Rukj pensó que estaba influenciado por el amor de Karak hacia el ron, todos dejaron el campamento y comenzaron buscando presas, como de costumbre. Se dividieron en dos grupos para cubrir diferentes áreas, tratando de encontrar tantas Bestias menores como fuera posible, puesto que todos sabían que no estaban en plenas facultades y que querían encontrar al menos algo para comer aquella noche.
Al principio, los pensamientos de Rukj aún estaban en la tienda en la que había dejado a Rena. Cuando recordaba lo que había sucedido la noche anterior, un ligero rubor cubría sus mejillas y su corazón se aceleraba. Sin embargo, pronto se centró en la caza y, antes de mediodía, ya habían cazado dos jabalíes y una serie de pequeñas salamandras, que no tenían tanto sabor pero servirían como aperitivos.
Sin embargo, el grupo no había sido tan eficiente como solía ser, y cuando se reunieron de nuevo para comparar lo que habían cazado, todos estuvieron de acuerdo en que no habían conseguido tanto como habían esperado.
-Aún quedan algunas sobras de la noche pasada –argumentó uno de los cazadores -. Tenemos suficiente para un par de días. Sugiero que lo dejemos por hoy.
Después de una breve discusión, todos estuvieron de acuerdo en que la mejor opción era regresar al campamento y sobrevivir con lo que habían capturado. Estaban cansados y habían pasado casi todo el día cazando en la llanura helada: no tenía sentido continuar vagando por allí.
Recogieron lo que habían cazado y comenzaron a caminar de vuelta al campamento, a paso lento. En aquel momento, Rukj andaba arrastrando sus pies y ya no le importaba si Rena estaba manteniendo su cama caliente o no: sólo quería dormir en una cama, no le importaba de quién. Después de una larga hora de vuelta a casa, giraron alrededor de la montaña que guardaba su campamento, bromeando sobre las pocas intenciones que tenían de asistir a la celebración de aquella noche. Karak mencionó que casi podía oler el fuego en el que los demás cocinarían el jabalí.
Pero no había fuego.
Cuando vieron el campamento desde la distancia, parecía estar vacío. Silencioso.
Casi como si todo el mundo se hubiera marchado.
Una pesada confusión cayó sobre los hombros de todos en el grupo. Alguien mencionó que podía ser una broma, o que la mayoría podían estar aún durmiendo. Nadie respondió. Tan sólo continuaron caminando.
Cuando descubrieron el primer cadáver, la confusión se convirtió en pavor. Tiraron sus presas al suelo y comenzaron a correr hacia el campamento, gritando nombres y tratando de contener las lágrimas en sus ojos. Rukj los siguió, demasiado perplejo como para hablar, pero demasiado asustado como para no correr detrás de ellos. Con un nudo en el estómago, contempló como un padre aterrorizado abrazaba los cuerpos muertos de sus dos hijas, no más mayores de ocho años. Karak cayó al suelo al lado de su mujer, llorando y aullando incontroladamente.
Rukj vio el traje de celebración y, debajo del cuerpo que escondía, una gran mancha de sangre fresca. La cabeza estaba girada hacia un lado, de forma que el velo le cubría la cara, y el lobo negro decidió que era mejor no mirar. Si no miraba, no había sucedido. Si no miraba…
Sus rodillas temblaron y cayó al suelo, dándose cuenta sólo entonces de que estaba sollozando. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas mientras se hacía eco de los aullidos y lamentos del resto de cazadores del campamento, que habían regresado para encontrar a todos sus familiares muertos.
Asesinados.
Sus ojos ardían y sus dedos cosquilleaban, la furia y la tristeza dentro de él rugían como una llama, como un fuego salvaje. Echó la cabeza atrás y aulló tan alto como pudo, cerrando sus puños en torno a la tierra mientras temblaba violentamente. Todos… todos aquellos a los que había conocido…
…o quizás no. Quizás no todos.
Rena.
Con la poca fuerza que le quedaba, se las apañó para arrastrarse a gatas hacia su tienda, todavía sollozando y temblando violentamente, cayendo al suelo un par de veces en el proceso. Su pelaje se ensució de barro y sangre, pero siguió gateando como si no le importara.
-Re… ¿Rena? –preguntó, una vez alcanzó la tienda, sin atreverse a cruzar la puerta por miedo a lo que pudiera encontrar al otro lado.
No hubo respuesta.
Dejo escapar un grito de dolor, sujetándose la cabeza con ambas zarpas, mientras alguien a su lado comenzaba a golpear el suelo furiosamente.
Necesitaba verlo. Necesitaba ver que ella estaba… bien.
Apartó la tela de la entrada a un lado mientras gateaba hacia el interior de la tienda, respirando entrecortadamente. Había un bulto inmóvil en la parte trasera de la tienda.
-¿Rena…?
No había suficiente luz para que pudiera verla bien, de forma que dejó escapar otro quejido mientras se acercaba más. El camino hasta alcanzar su cuerpo inerte pareció durar horas, y tan pronto como pudo finalmente ver su cara sin vida, comprendió que había cometido un terrible error.
Rukj dejó escapar otro aullido de dolor mientras nuevas lágrimas brotaban de sus ojos y se dejaba caer al lado de la loba, llorando incontrolablemente. Incapaz de hacer otra cosa, la abrazó, notando la sangre pegajosa en la espalda de ella, la herida abierta que había drenado su vida para siempre. Se estremeció, pero no la soltó, y en lugar de eso la atrajo más contra sí.
…tenía algo entre las zarpas.
Al principio, Rukj no lo reconoció, y le llevó un rato desasirlo de las frías zarpas de Rena.
Era un trozo de tela. Teñido de naranja y blanco y ámbar. Casi parecía el traje de celebración que los lobos macho tenían que llevar, salvo porque era totalmente distinto del que Tahrik había llevado aquella noche. ¿Era el mismo? ¿Lo había teñido Rena de nuevo?
Ojalá pudiera hacer más de un traje, había dicho ella. Blanco o amarillo, había dicho, iría bien con tus ojos.
-Rena… -susurró el lobo, atrayéndola más hacia sí, mientras notaba cómo la tela se arrugaba y crujía bajo el fuerte agarre de su zarpa -. Oh, Rena…