Colmillo Ígneo - Capítulo 2: Puertas
Hola a todos. Sé que subo este capítulo con algunos días de retraso, pero esta semana ha sido particularmente difícil por mí. Lo siento de veras.
La buena noticia es que este capítulo es algo más largo y contiene un par de escenas que me gustan bastante, así que espero que a vosotros también os guste. ¡Gracias!
Había una mujer y había una torre.
La mujer caminaba con lentitud por los jardines, arrastrando tras de sí la larga cola de un vestido de seda roja. Iba acompañada por una comitiva de seguidores que comentaban alegremente lo abundante que había sido la cosecha de trigo aquella estación, o lo hermosos que habían florecido los tulipanes. Pero la mujer no se alegraba por la abundancia de los agricultores, ni se sorprendía por la hermosura de los tulipanes. La mujer nunca hablaba con aquellos que la seguían y por eso, aunque siempre iba acompañada, siempre estaba sola.
En silencio, avanzaba por entre los estanques plagados de nenúfares como un alma en pena, en dirección a su torre. Su rostro, perdido más allá de las paredes del castillo, no mostraba emoción alguna. Una vez llegara a sus aposentos, se echaría sobre su amplio colchón, correría el dosel y lloraría las lágrimas que nadie más que ella tenía derecho a ver. Aquella torre era su cárcel, pero también su refugio; jamás podría salir de allí, pero con algo de suerte, quizás pudiera impedir que alguien entrara…
Había un hombre y había un espejo.
El hombre vivía de espaldas al mundo que había reducido a cenizas, sumergido en eternos estudios de mapas y campos de batalla. Rodeado sólo de aquellos que veían lo mismo que él veía, se exaltaba cuando durante las largas noches a la luz de la chimenea el vino tomaba por algún azar de las sombras el color de la sangre que jamás podría limpiar de sus manos. Luego reía, y reía, y reía. En sus carcajadas, los más impacientes creían oír una muda llamada de socorro que jamás sería respondida. Y se regocijaban por ello.
El espejo estaba roto y nunca mostraría lo que tenía que mostrar. Cada noche, cuando el hombre estaba seguro de que nadie, ni siquiera aquellos que ansiaban verle perder el juicio, estaba presente, gritaba durante horas tratando de conseguir el reflejo adecuado. El espejo temblaba y su cristal se agrietaba, pero jamás llegó a quebrarse ni a mostrar lo que el hombre quería. Así pasaban las noches, y sucedió que el hombre llegó a olvidar por completo qué imagen estaba esperando ver tan desesperadamente.
Había una niña y había una sonrisa.
Era una sonrisa extraña; absurdamente feliz e inocente, tan alegre que daba miedo. Y lo más terrorífico de todo era lo que siempre, siempre llegaba detrás…
Ike abrió los ojos, empapado en sudor y temblando violentamente. No quería ver las lágrimas de la mujer, ni escuchar el eco de los gritos de aquel hombre contra el espejo. Pero, sobre todo, no quería saber lo que ocultaba aquella sonrisa…
Un gélido soplo de aire acarició su rostro y le hizo estremecerse de frío. Sólo entonces comprendió, con cierto alivio, que se había tratado únicamente de una pesadilla.
La noche había caído sobre la comitiva de fehlar casi sin avisar, por lo que se habían visto obligados a establecer su campamento en el primer sitio que habían encontrado, de manera improvisada. Más de un centenar de fehlar se habían acostado directamente en el polvoriento suelo de Llano Plomizo. Se trataba de una extensión de pastos secos y arbustos de aspecto quebradizo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, ofreciendo pocos refugios. El viento que antes Ike había recibido con ganas nada más cruzar el portal resultaba desagradable ahora y provocaba escalofríos en aquellos que trataban de dormir a la intemperie.
Por lo general, los fehlar no estaban tan acostumbrados a las bajas temperaturas como los kane. De haber seguido allí, éstos probablemente hubieran soportado mejor aquellas condiciones y hubieran logrado conciliar el sueño rápidamente. Sin embargo, la larga comitiva de kane se había separado de ellos apenas unas horas antes, avanzando en la dirección opuesta, hacia las tierras de los kane que se extendían al este. Probablemente, ni siquiera allí encontraran refugio, pero todos parecían haberse puesto de acuerdo en que, al menos, era mejor que nada.
Koi, a apenas unos metros de distancia, se removió en sueños, alejando a Ike de aquellos pensamientos. El pequeño husky se había dormido abrazado a Zèon, casi como si temiera que se le escapara en medio de la noche. Ike, a pesar de sentirse aún algo alterado por el sueño, no pudo evitar sonreír al percibir el cariño que emanaba de aquel simple gesto. Shiba le había prohibido a él hacer lo mismo, y no podía evitar tenerle cierta envidia al husky. Echaba de menos dormir junto a Zèon.
Echaba de menos a Zèon, en general.
Había tanto que quería hacer con él que la posibilidad de que el zorro ártico no recobrara jamás la consciencia le llenaba de temor. Después de todo, apenas habían podido aprovechar el tiempo juntos en la Caja, y Ike no podía evitar tener la sensación de que aquella tarde en la que habían desafiado a Sophia juntos bien podría haber sido la última. <<Qué tontería>> se dijo a sí mismo <<Sólo han pasado unas horas y ya siento como si fueran días. Soy realmente estúpido>>.
Y sin embargo, por más que quisiera salvar a Zèon… aún no sabía si estaba realmente dispuesto a hacer lo que Sophia le pedía. Aquella endemoniada mujer sabía perfectamente cómo jugar con ellos, y lo había demostrado una vez más. El león habría lamentado no haber acabado con ella cuando había tenido la oportunidad… de no ser porque sabía que la única esperanza de traer a Zèon de vuelta dependía de ella.
Sacudió la cabeza, tratando de espabilarse, y fue entonces cuando se dio cuenta de que había alguien observándole.
-Conque tenías algo en mente, ¿eh? –dijo Shiba, con voz ronca. Permanecía apoyada en uno de los arbustos cercanos, con los brazos cruzados y su cola anillada trazando amplios arcos a sus espaldas. Sus ojos parecían brillar en medio de la noche.
Ike se incorporó un poco más, ignorando el tono socarrón de la tigresa, y dejó escapar un suspiro mientras se sostenía la cabeza con las manos. Permaneció así durante unos minutos y no necesitó mirar para saber que ella seguía en la misma postura, aún con aquellos ojos plagados de estrellas clavados en él. La conocía demasiado bien y sabía que no se daría por vencida hasta que le diera una respuesta.
-Algo tenía que decirte para que me dejaras traerlos –murmuró, finalmente. Era una respuesta horrible, se dijo, pero era mejor que nada.
-Eso no es verdad –gruñó la tigresa, con sequedad -. Y tú lo sabes.
Ike apretó los puños, molesto.
-¿Cuál es la verdad entonces, Shiba? Dímelo.
-¿Qué vas a hacer cuando vuelvas a palacio, Ike? –le preguntó la tigresa, como contestación. Había bajado considerablemente el tono, a pesar de que probablemente ya se había asegurado de que no hubiera nadie observándoles.
-Ya sabes lo que voy a hacer. Cuidaré de Zèon y lo protegeré de mi padre. Y a Koi, también.
-Querrás decir que me ordenarás a mí que los proteja –suspiró Shiba, sacudiendo la cabeza -. En cualquier caso, no es a eso a lo que me refiero.
-Lo sé –murmuró el león, cerrando los ojos con cansancio -. Lo sé.
No dijo nada más durante un largo rato. A lo lejos, podía escuchar las respiraciones pausadas y los leves ronquidos de los fehlar que habían conseguido conciliar el sueño, y también los susurros de aquellos que no habían tenido tanta suerte. A pesar de haberse situado en una zona del pasto que resultaba discreta, seguía estando bastante cerca del resto de la comitiva. Ike podía sentir, casi como si se tratara de un manto invisible sobre sus hombros, cómo todos dependían de él.
-Son… mi familia –susurró, con un hilo de voz, al cabo de unos segundos.
-Lo sé –respondió la tigresa, con suavidad -, pero eso no quiere decir que debas perdonárselo todo.
Ike no respondió.
-Duerme –le recomendó entonces la tigresa, suspirando -. Quizás así mañana puedas pensar en algo.
El león sacudió la cabeza. Dudaba que las cosas fueran a ser tan sencillas, pero no dijo nada al respecto. Simplemente, se tumbó de nuevo sobre el suelo desnudo y cerró los ojos, temblando de manera casi imperceptible. Al cabo de unos segundos, escuchó cómo la tigresa se alejaba de él unos pasos, dispuesta a dejarle algo de intimidad. No le importaba, realmente.
Sabía que podría olvidar las palabras de Shiba si se esforzaba la suficiente, hacer como si aquella conversación jamás hubiera sucedido. Después de todo, no era la primera vez que tenía que recurrir a ello, aunque sí había pasado mucho tiempo desde la última ocasión.
Sí, se dijo al cabo de unos instantes; prefería olvidar. Olvidar era fácil.
Caminaron sin detenerse durante todo el día siguiente.
Muchos de los fehlar de la comitiva, que creían que era la labor del príncipe heredero guiarles de vuelta al hogar, sugirieron la idea de que fuera Ike el que avanzara a la cabeza de la comitiva. El león rechazó amablemente las peticiones que se le hicieron al principio, pero hacia mediodía eran tantas las personas que se lo habían propuesto que se resignó a cumplir con su labor. Shiba, que caminaba a su lado, no pudo evitar sonreír cuando éste dejó escapar un suspiro de cansancio.
-No entiendo por qué tanta gente insiste en subordinarse a mí sólo por ser hijo de quien soy –le explicó el león, con cara de preocupación.
-Bueno, supongo que eso es porque la mayor parte de la gente necesita alguien a quien subordinarse –respondió la tigresa, ladeando la cabeza -. Sólo necesitan a alguien que les guíe, nada más. A pesar de haber regresado ya a casa, siguen sin sentirse muy seguros de lo que les depara el futuro, ¿sabes?
-Ya. Puedo imaginármelo –murmuró Ike, sacudiendo la cabeza -. Pero sigo sintiéndome incómodo. –Shiba le dirigió una nueva mirada de curiosidad -. Ya sabes que no me gusta que me traten así.
Aunque aquel no era el único motivo por el que había rechazado tantas veces ir a la cabeza de toda la comitiva. Continuaba llevando a Zèon en brazos, y el hecho de que todos los fehlar que le seguían fueran testigos de cómo cargaba con el zorro ártico le hacía sentir algo inseguro. Sabía que muchos de ellos se estaban preguntando por qué seguía preocupándose por aquel kane y presentía que sólo era cuestión de tiempo hasta que uno de ellos se atreviera a preguntarle por los motivos que le guiaban a ‘cargar con el enemigo’.
Koi, sin embargo, parecía tomárselo todo con mucha más calma. A pesar de ser el único kane consciente de la comitiva, no parecía sentirse fuera de lugar en absoluto, e incluso había comenzado a jugar con algunos fehlar algo más jóvenes que él. Ahora, junto a su grupo de nuevos amigos, reía, se escondía y corría por entre los arbustos de Llano Plomizo. Ike les dirigió una mirada anhelante, sin poder evitar sentir una cálida sensación de admiración en su interior. <<Así es como debería ser>> se dijo, notando también una punzada de tristeza <<Así es como todos deberían verlo>>.
Hicieron una pequeña pausa a la hora de comer, únicamente porque la mayoría de ellos no lo había hecho el día anterior. Lo único con lo que habían conseguido hacerse era, desgraciadamente, aquel horrible puré de sabor terroso del que se habían alimentado durante la totalidad de su estancia en la Caja. Se repartieron las raciones y la comitiva se comió en silencio, sólo tragando aquella asquerosa pasta ante la perspectiva de que al fin podrían saborear algo de verdad en cuanto llegaran a sus casas.
Koi y sus amigos no tardaron en sentarse junto a Ike, Shiba y el inconsciente Zèon, charlando animadamente acerca de los mejores sitios que habían encontrado para esconderse durante aquel corto trayecto. Ike les escuchaba, con una sonrisa en los labios, mientras comía con cierto esfuerzo. No sólo no tenía demasiada hambre, sino que la comida tampoco ayudaba. Además, era el único de los presentes que realmente sabía el efecto que tenía aquella comida, puesto que Zèon se lo había confiado en su momento, incluso aunque él no lo hubiera entendido. Sin embargo, tenía que comer. No había comido el día anterior y no quería estar sin fuerzas cuando llegaran a palacio.
Dirigió una mirada de preocupación al zorro ártico y se preguntó si, a pesar de estar sumido en aquel estado de inconsciencia, necesitaría alimentarse para continuar con vida. Se estremeció ante la posibilidad de perderlo de nuevo y decidió que también tendría que preguntar a Sophia por aquello.
Entonces, uno de los jóvenes amigos fehlar de Koi le sacó de sus pensamientos:
-Alteza –comenzó un pequeño gato negro, retorciéndose las manos -. Yo… yo quería saber si… -Al parecer, estaba algo nervioso, y Ike averiguó que se sentía algo intimidado por estar hablando con el príncipe heredero. Tuvo que reprimir otro suspiro.
-Dime lo que quieres saber, no tengas miedo –le animó el león, esbozando una sonrisa que tenía como objetivo tranquilizarle.
-Es que no entendemos por qué llevas a este chico en brazos –intervino otro de los niños, un pequeño tigre de pelaje albino.
-¡Sí, eso es! –exclamó el que había hablado primero -. Se supone que eres un príncipe, ¿por qué no te lleva él en brazos a ti?
<<Vaya>> pensó Ike, sorprendido <<No les extraña que lo lleve en brazos por ser un kane, sino por ser yo el príncipe>>.
-Bueno, éste kane fue el que nos ayudó a todos a salir de la Caja, ¿sabéis? –respondió el león, dirigiéndose a todos los pequeños fehlar -. De no ser por él, todos nosotros seguiríamos allí. Pero, tratando de sacarnos a todos de allí, enfermó –continuó -. Ahora mismo está muy enfermo. Y creo que lo mínimo que los fehlar podemos hacer por ayudarle es conseguir que se ponga bueno otra vez, ¿no creéis?
-Oh, ¡entonces es un héroe! –exclamó uno de los pequeños fehlar, abriendo mucho los ojos.
-¡Sí! Zèon es todo un héroe –sonrió Koi, asintiendo repetidamente. Parecía sentirse muy orgulloso de conocer al zorro ártico -. Además es muy bueno jugando al escondite, ¡seguro que nos ganaría a todos!
-Pero mi padre dice que un kane no puede ser un héroe –murmuró entonces el tigre blanco, sacudiendo la cabeza con cierta expresión de desconcierto -. Lo dice siempre. Y… otras cosas –pareció incómodo durante unos segundos -. Yo creía de verdad que los kane no podían ser héroes.
-¿Qué? –se sorprendió Koi, dirigiendo una mirada horrorizada al que acababa de hablar -. Pero yo soy un kane también… ¿significa eso que no puedo ser un héroe tampoco? –preguntó, girándose hacia Ike con un brillo de tristeza en los ojos.
Ike contuvo una sonrisa amarga. <<Después de todo, las cosas no son tan fáciles>> se dijo, suspirando. Tendría que haber previsto que aquel tema saldría a la luz en la conversación tarde o temprano.
-Claro que puedes ser un héroe, Koi –le respondió al pequeño husky, tratando de calmarle. El rostro de éste se iluminó de nuevo, mientras levantaba los brazos al aire en un gesto de triunfo.
-¿Entonces mi padre mentía? –preguntó el tigre blanco, cruzando los brazos y torciendo el morro. Al parecer, no le gustaba aquella insinuación.
-Oh, no –le sonrió Ike -. Estoy seguro de que tu padre creía de verdad en lo que decía. Pero verás, los fehlar y los kane no nos hemos relacionado mucho… últimamente –dijo, tratando de buscar una forma sencilla de explicar todo aquello al grupo de jóvenes fehlar -. Hay muchas cosas de los fehlar que los kane no saben. Y muchas cosas de los kane que nosotros no sabemos. Estoy seguro de que tu padre nunca había oído hablar de los héroes que existen entre los kane, porque no hemos podido conocer nunca a ninguno. De modo que te dijo que no podían ser héroes porque nunca ha tenido la oportunidad de conocer a ninguno.
-Ah –respondió el tigre blanco, relajando su expresión -. Eso tiene más sentido.
-Yo quiero ser un héroe, como Zèon –continuó Koi, con los ojos brillantes -. Él me dijo que no podría ser un Garragélida, porque soy un Aullanube y eso no se puede cambiar. Pero al menos puedo intentar ser como él.
-Yo también quiero ser un héroe, pero no como Zèon –intervino otro de los pequeños fehlar -. Resolver misterios y salvar a la gente está bien, pero yo creo que me aburriría haciendo eso. Prefiero luchar en los campos de batalla para defender a los míos. ¡Como nuestro rey Alekai Colmillo Ígneo!
-¡Oh, sí! –exclamó Koi, encantado -. ¡Yo también quiero ser como él!
Ike dirigió una mirada de asombro al pequeño husky, sin creer lo que estaba oyendo. Shiba, a su lado, no pudo evitar reír en voz baja, y el león se giró hacia ella con una evidente expresión de horror en el rostro.
-Pero Shiba, ¿estás oyendo lo que están diciendo…? –le preguntó, pálido y algo irritado ante lo divertido que todo aquello parecía resultar para la tigresa.
-Claro que sí –respondió ella, aún con una leve sonrisa en su rostro -. No le des más vueltas, Ike. Son niños. Para ellos las cosas son simples y fáciles, de color blanco o negro. No hay nada de raro en jugar con un kane. Tampoco es raro que un fehlar lleve en brazos a uno. Alekai nunca ha hecho nada malo, sólo defendía a los suyos. Zèon es un héroe –dijo, encogiéndose de hombros -. Deja que disfruten de su inocencia, mientras puedan.
-No me siento cómodo de todas formas, pero vale –murmuró Ike, aún demasiado sorprendido como para decir otra cosa. Dirigió una última mirada preocupada a Koi y a los otros fehlar, que en aquel momento habían comenzado a jugar con palos de madera, creyendo que sostenían espadas.
Con una mezcla de admiración y temor, contempló cómo se desafiaban los unos a los otros, riendo y tratando de vencer a sus oponentes en duelo. Casi se estremeció cuando, con un grito de triunfo, el fehlar que había admitido querer ser como su padre ‘acabó’ con Koi hundiendo su espada de madera en el pecho del pequeño husky.
-Shiba, ¿a qué edad empieza el entrenamiento de los Centinelas? –le preguntó entonces, con curiosidad -. Creo que nunca me lo has dicho.
-A los diez años –respondió la tigresa, con cierta frialdad -. Ya sabes cómo funciona: manifiestas tu deseo de querer convertirte en uno y alguien te instruye durante los próximos cinco años.
-Es decir, que tenías más o menos la misma edad que Koi cuando comenzaste tu entrenamiento –murmuró el león, sorprendido -. ¿Nunca te has arrepentido de… en fin…?
-¿…de convertirme en Centinela? Muchas veces, especialmente en cuanto comprobé que la persona a la que debía proteger era un cabeza de chorlito con una tendencia a sufrir riesgos casi suicida –replicó la tigresa, esbozando una leve sonrisa y dirigiéndole una mirada acusadora. Sin embargo, al cabo de unos segundos, desvió su mirada y añadió, en voz más baja -. Parte del entrenamiento consiste también en que nunca puedas arrepentirte.
-Vaya –balbució Ike, sin saber qué más decir.
La tigresa asintió, pensativa, pero no dijo nada más.
Ike adivinó en qué estaba pensando, de todas formas. Era un hecho sabido por toda la corte de Alekai que Shiba había tenido que pasar por un entrenamiento más duro que el del resto de los Centinelas. Su mentora, que había sido en el pasado y continuaba siendo la Centinela de Alekai Colmillo Ígneo, no había tenido piedad con ella en ningún momento. La había empujado más allá de los límites de cualquier otra Centinela, obligándola a esforzarse por ser siempre la mejor en su oficio y forzándola a levantarse cuando el agotamiento y el dolor extremos la hacían caer al suelo. Consecuentemente, Shiba había destacado inmediatamente entre los suyos y Alekai había decidido que era la mejor opción para convertirse en la Centinela de su hijo, cuando éste había cumplido dieciocho años.
Ike sabía todo esto, a pesar de que la tigresa nunca se lo había contado. La corte había estado hablando de ello durante semanas, disfrutando del morbo de la situación. Y aunque el león nunca había participado de los cotilleos de la corte, había terminado enterándose igualmente del escándalo que había rodeado a la identidad de la mentora de la tigresa; de que Anassi, la Centinela de Alekai Colmillo Ígneo y mentora de Shiba, era también su madre.
Ike dirigió una mirada de soslayo a la tigresa, algo preocupado, pero finalmente decidió que era mejor no preguntarle al respecto.
Después de todo, él también tenía recuerdos que prefería no tocar por el momento. Sin embargo, sabía que el palacio de su padre se encontraba a tan sólo un par de días de distancia, y que una vez llegara allí ya no habría forma de esconderse de los recuerdos.
Aquella noche, Ike se forzó a no caer dormido.
Esperó hasta que el campamento que habían improvisado estuvo en silencio y las pausadas respiraciones de los fehlar indicaban que la mayoría ya estaban dormidos. Sólo entonces, se incorporó y se frotó los ojos, con cansancio. Notaba el efecto del puré que había comido aquel mediodía, pero tenía que luchar por mantenerse despierto. Si no hacía aquello esa noche, no tendría ninguna otra oportunidad antes de llegar a los Pantanos de Fuego. Aferrándose a aquel pensamiento, caminó con cuidado de no despertar a Koi y avanzó en dirección a las afueras del campamento. Le dolía la cabeza, y dedujo que debía deberse también al somnífero de la comida.
Sus ojos se adaptaron rápidamente a la tenue claridad de la luna azul que brillaba en el cielo y no tardó en divisar el grupo de fehlar que escoltaban a Sophia. Esbozó una sonrisa amarga al comprobar que todos ellos estaban dormidos en sus puestos; la mujer, sin embargo, permanecía bien despierta y el brillo de la luna se reflejaba en sus gafas mientras observaba directamente a Ike.
-Eres demasiado previsible, ¿sabes? –sonrió la humana, una vez el león llegó hasta donde ella estaba -. Con Lagopus Z esto era bastante más divertido. Él era más… complejo. Nunca estaba segura al cien por cien de qué decisión iba a tomar.
-Oh, cállate –suspiró el león, algo molesto por el tono con el que se refería al zorro ártico -. Ya sabías que iba a acceder a dejarte libre a cambio de la consciencia de Zèon, ¿verdad? Lo sabías desde que nos fuimos de la Caja. Por eso dejaste que te atrapáramos.
-Bingo –respondió la otra, ladeando la cabeza -. Por más interesante que pueda parecerme tu situación, hay asuntos que requieren mi atención… en otros lugares.
-En el mundo de Vent –comprendió Ike.
-Exacto.
-No sé cómo pretendes llegar allí, así que no esperes por un segundo que sea yo el que te lleve de vuelta –aclaró el león -. No tengo interés en ir a vuestro mundo mientras sepa que en él hay personas tan retorcidas como tú.
-Muy amable por tu parte –respondió la mujer, al parecer sin sentirse especialmente dolida por aquellas palabras -. Pero no temas, sólo voy a pedirte que me desates. Después, te diré lo que necesitas saber para…
-No –le interrumpió Ike, con contundencia -. Primero me dirás cómo traer a Zèon de vuelta. Después, y sólo después, te dejaré marchar.
La humana sostuvo su mirada durante unos segundos, con expresión neutra, hasta que finalmente esbozó de nuevo aquella inquietante media sonrisa.
-Qué estupidez. Está bien, primero te diré lo que necesitas saber y después tú me liberarás. Sé que puedo confiar en tu palabra. Al fin y al cabo, eres demasiado noble como para romper un pacto, incluso si es con “una persona tan retorcida como yo”. –La mujer hizo una pausa entonces -. Lo que necesitas para traer a Zèon de vuelta es… una puerta.
-¿Una puerta? –repitió Ike, temiendo que se tratara de una broma.
-Sí. Una puerta. Verás, nuestra mente es, por así decirlo, como una casa –explicó Sophia, ladeando la cabeza y desviando la mirada -. La de algunos es grande y espaciosa, amplia como una mansión. La de otros es pequeña y acogedora como una cabaña en mitad del bosque. Hay mentes en las que todo está en perfecto orden; cada uno de los muebles, limpios y en perfecto estado. Otras mentes están polvorientas y desordenadas, sucias y corruptas.
-Sigo sin entender cómo eso va a ayudarme a traer de vuelta a Zèon… -comenzó Ike, algo inseguro, pero la mujer le interrumpió.
-Hay varias ventanas por las que se puede acceder a estas casas, de manera más o menos sencilla. Sin embargo, tú no entrarías a una casa por la ventana, ¿verdad? Para eso necesitas una puerta.
-Supongo –respondió Ike, cada vez más confuso.
-Bien. La mente de Lagopus Z ha perdido su puerta. Y no es que tenga muchas ventanas, precisamente. Ahora mismo, su casa es como una pequeña caja fuerte que hubiera perdido la combinación. No hay ninguna forma de abrirla desde fuera. A no ser que encuentres la puerta que ha perdido y vuelvas a colocarla en el lugar que le corresponde.
-No entiendo nada –intervino Ike, sacudiendo la cabeza -. Y tampoco sé adónde pretendes llegar con todo esto.
La mirada de Sophia relució enigmáticamente.
-La identidad, Leo I –respondió, simplemente -. La identidad es la puerta a todas las mentes. Y el nombre es la llave de la identidad. ¿Lo entiendes ahora?
-Más o… menos –respondió el león, ladeando la cabeza -. Pero… eso implicaría que…
-Exacto –sonrió la mujer -. Para traer a Lagopus Z de vuelta tendrías que averiguar su verdadero nombre. El nombre que yo escondí en su mente cuando llegó a la Caja y que destruí para dejarlo en el estado en que está ahora.
-¿Que tú destruiste su nombre? ¿Cómo… cómo podrías hacer algo así? –preguntó el león, cada vez más confuso.
-Lagopus Z lo sabía. Sabía que tenía acceso a vuestras mentes. ¿Cómo si no iba a poder controlar todo lo que hacíais durante vuestra estancia en la Caja? Él averiguó por qué yo tomaba vuestros nombres nada más llegabais a la Unidad. –La mujer hizo una pausa y un brillo de admiración apareció en sus ojos, aunque desapareció rápidamente -. Sin ellos, no podríais escapar sin dejar nada atrás e incluso aunque lo consiguierais, siempre seríais vulnerables. El nombre es lo que yo llamo el pensamiento llave, porque abre la puerta que es la identidad, y me permite acceder a vuestras mentes. Si recuperas el nombre de Lagopus Z, su mente… digamos que se reseteará. Es como si la casa volviera a su estado inicial. Y entonces, despertará –concluyó la mujer, con un susurro.
Ike se mantuvo en silencio durante unos segundos, todavía tratando de digerir aquella masiva cantidad de información. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró de nuevo al comprender que no sabía exactamente qué decir.
-¿Cómo puedo saber que no me estás engañando? –preguntó, tras unos instantes.
-No puedes –respondió Sophia -. Pero comprobarás que te estoy diciendo la verdad en cuanto llegues al palacio. En cuanto alguien te llame por primera vez por tu verdadero nombre, tú mismo notarás que algo en tu mente cambia. No esperarías que tu familia fuera a seguir llamándote “Ike”, ¿verdad? –preguntó la mujer, al percibir el desconcierto en la expresión del león.
-Es decir –añadió este, tratando de ordenar sus pensamientos -; que no podré saber si me estás diciendo la verdad o no hasta que lleguemos al palacio, momento en el que tú ya estarás demasiado lejos como para volver a preguntarte al respecto. –Le dirigió una mirada acusadora.
-Como te dije antes, traerle de vuelta tiene su precio –le recordó la mujer, encogiéndose de hombros -. Tendrás que correr el riesgo. Yo también estoy corriendo riesgos, más de los que estarías dispuesto a correr. Pero de momento, parece que todo va bien –añadió, como para sí misma.
Ike la contempló de hito en hito, tratando de decidir si confiar en ella o no. Después de todo, había sido ella la que les había llevado a aquella situación. ¿Cómo podía saber si encontrar el nombre de Zèon no les traería sólo más problemas?
Y, sin embargo, había algo en las palabras de la humana que sugería que realmente quería que Zèon volviera. Era muy extraño; cuando hablaba con Sophia, nunca estaba seguro de hasta qué punto ella era su enemiga o su aliada, a pesar de que los hechos no habían hecho más que demostrar la primera posibilidad. Dejó escapar un resoplido de exasperación y se llevó una zarpa a la sien, con un gesto de cansancio. El dolor de cabeza estaba empezando a resultar especialmente molesto, aunque ya no sabía si se debía a la droga en la comida o a la complicada conversación que estaba manteniendo con aquella maldita humana.
-Te odio –masculló, y lo dijo con toda la rabia que contenía en su corazón -. No te puedes imaginar cuánto te odio.
Ella se encogió de hombros. Su rostro continuó sin mostrar expresión alguna.
-Te estoy diciendo la verdad –dijo por toda respuesta -. Lagopus Z me interesa. Tuve que dejarle fuera del juego antes, pero no me gustaría perder la oportunidad de seguir observándole.
-No puedo creer que hables de él como si no fuera más que un sujeto de pruebas. Eres una persona horrible –gruñó Ike. Hizo una larga pausa -. Está bien. Te liberaré. No sé qué pretendes conseguir, puesto que estando a solas por Lykans, lo único que conseguirás será que te maten –dijo, con cierta rabia -. Pero adelante. Y te juro que si lo que me has dicho no es verdad, volveré a por ti y te mataré.
-Eso no será necesario –sonrió Sophia -. Comprobarás por ti mismo hasta qué punto lo que te he contado es verdad cuando llegues a palacio.
El león procedió a cortar con sus garras las cuerdas que mantenían atadas las manos de la humana. Le costó un rato hacerlo, puesto que le costaba prestar atención a aquella tarea, como si de repente todo el cansancio de los últimos días hubiera caído sobre él de golpe. <<Será la comida>> pensó, sombríamente, pero no estaba totalmente seguro.
-Tengo que averiguar su nombre y decírselo –repitió, como para asegurarse, una vez la humana estuvo libre delante de él, frotándose las muñecas con cierta expresión dolorida -. ¿Verdad?
Su voz sonó ligeramente más grave de lo normal. Además, por algún motivo, empezaba a notar que la vista se le nublaba.
-Sí, eso es todo. Oh, y asegúrate de mantenerle con vida mientras tanto. Eres un príncipe, así que no te costará demasiado que alguien lo alimente a tu costa, ¿no?
Ike reprimió las ganas de golpear a la humana al descubrir un brillo de siniestra diversión en su mirada. <<Lo sabe>> pensó <<Sabe que no va a ser fácil dejar que se quede en el palacio. Maldita sea, ¿por qué lo sabe todo?>>.
-Me lo tomaré como un sí –respondió la mujer, con su característica media sonrisa -. Ha sido un placer hacer tratos contigo, Leo I. Nos volveremos a ver… si todo va según lo previsto.
Y con estas palabras, la humana simplemente comenzó a caminar en la dirección contraria a la que habían venido. Ike la siguió con la mirada, todavía sosteniendo su cabeza entre sus zarpas. Le dolía la cabeza como si alguien le hubiera dado un martillazo, y tenía la sensación de que el sueño estaba comenzando a vencerle poco a poco. Sin embargo, era capaz de apreciar la gracilidad con la que se movía aquella humana mientras escapaba de ellos, casi como un cervatillo, o un rayo de luna. De no haber sido porque parecía imposible, Ike habría jurado… que le gustaba caminar por aquel lugar. Casi daba la sensación de que estuviera… feliz.
Cada vez más confuso, el león se tambaleó de vuelta al lugar donde debía dormir, tratando de esforzarse por no dejarse caer en el primer sitio libre que encontrara. Por el camino, se encontró con alguien. En medio de la noche y con los efectos del sueño nublando su entendimiento, Ike tardó unos cuantos segundos en comprender que se trataba de Shiba. Dejó escapar un leve gruñido de dolor cuando su jaqueca se acentuó.
-Ike –preguntó la tigresa. Había una nota de seriedad en su voz -. ¿Qué has hecho?
-Se ha ido –respondió él, con voz ronca -. Pero no importa. Ya sé cómo salvarle, Shiba. O eso espero.
Nunca llegaría a saber cómo había reaccionado la tigresa ante aquellas palabras. En aquel momento, tambaleándose como un vulgar borracho, Ike llegó al lado de Koi y Zèon y se dejó caer contra el suelo, con un sordo gruñido. No pasaron más de unos segundos antes de que finalmente la droga de la comida, el cansancio y el peso de sus preocupaciones cerraran las ventanas de su mente, sumiéndole en un profundo y oscuro sueño.