Colmillo Ígneo - Capítulo 3: Hogar

Story by Rukj on SoFurry

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¡Hola! Este es el tercer capítulo de Colmillo Ígneo. Después de un par de días de viaje, Ike ha llegado finalmente al castillo de su padre. Sin embargo, podría empezar a lamentar haber tomado esa decisión...

En este capítulo suceden un par de cosas importantes, así que me gustó escribirlo. Aún así, hay unas cuantas cosas que creo que podrían ser mejorables, así que como siempre, acepto cualquier sugerencia o crítica constructiva.

Y eso es todo. ¡Gracias por leer!


Ike contuvo el aliento cuando, tras bordear una colina, pudo divisar las imponentes torres del palacio de los Colmillo Ígneo. A pesar de que poco más de un año había pasado desde la última vez que había estado allí, casi había llegado a olvidar lo majestuoso que se alzaba el castillo en medio de los terrenos más baldíos de los Pantanos de Fuego.

Se trataba de un edificio enorme; o mejor dicho, de un gran conjunto de edificios. La parte exterior se asemejaba más bien a una fortaleza: sus amplios muros defensivos y sus largas almenas, junto a la pesada puerta de hierro forjado, tenían la función de evitar que cualquiera creyese que tenía la más mínima posibilidad de penetrar en aquel edificio sin ser visto. Los ladrillos de color oscuro y los acabados puntiagudos de la muralla también acentuaban aquella sensación. Cuando caía la noche, el anillo exterior del palacio parecía un enorme muro de espinas erizadas.

La parte interior, sin embargo, no podía ser más diferente, a pesar de estar subdividida también en pequeñas zonas. Ike las conocía bien, a pesar de que durante su juventud no había salido en demasiadas ocasiones de la zona que a él le correspondía. Sin embargo, había podido verlas con claridad desde el balcón de su torre… El león sacudió la cabeza, molesto. Había ciertas cosas que habían sucedido en aquel balcón que no quería recordar.

A sus espaldas, decenas de fehlar dejaron escapar un murmullo impresionado cuando vislumbraron la silueta del castillo en el ocaso. Después de todo, muchos de ellos jamás habían tenido la oportunidad de ver el palacio real. Sonriendo para sí, Ike comenzó a caminar hacia el enorme edificio, seguido por el resto de fehlar. Aunque no podía olvidar que aquel castillo tan impresionante había sido construido principalmente por motivos militares, tampoco podía evitar sentir cierto orgullo.

Aquel era su hogar, después de todo.

-¿Has pensado ya en algo que decirle a tu padre? –le preguntó Shiba entonces, colocándose cerca de él para que nadie más pudiera escuchar su conversación.

El león ladeó la cabeza y apretó a Zèon contra él, con algo más de fuerza.

-Creo que… creo que sí. No estoy totalmente seguro de que vaya a funcionar, pero…

No llegó a acabar la frase. En realidad, no tenía ninguna otra alternativa. <<Tiene que funcionar>> se dijo a sí mismo, tratando de infundirse algo de valor. No le asustaba su padre, pero si le ocurría algo a Zèon o a Koi por su culpa, sabía que jamás podría perdonárselo. Y aquello le aterrorizaba, especialmente ahora que parecía que había una forma de traerle de vuelta.

Aquella mañana, los guardias habían aparecido ante Ike nada más amanecer, pálidos y temblorosos. Entre disculpas, habían tardado un largo rato en explicarle que la prisionera humana se había escabullido en medio de la noche, aprovechando un 'despiste' suyo. Ike no podía evitar sentirse algo apenado por los guardias, y les habría contado la verdad de haber podido, pero la situación no le había permtido hacer otra cosa. Había fingido un breve acceso de ira y después había mencionado de pasada que enviarían una partida en busca de la prisionera humana una vez llegaran a palacio.

Nadie había preguntado más. Nadie preguntaba nunca al heredero del trono.

Ike se preguntaba cómo se tomarían su regreso en el palacio. Era consciente de que había desaparecido durante más de un año, y se preguntaba cómo habría afectado aquel hecho a la vida en la corte. Ni siquiera estaba seguro de que le hubieran relacionado con aquella misteriosa ola de desapariciones que parecía estar azotando Lykans, y teniendo en cuenta la escasa amplitud de miras de su padre, Ike dudaba que hubieran tomado aquella razón por válida. Tenía un mal presentimiento; no sólo por el hecho de estar regresando a palacio, sino también porque temía que en su ausencia las cosas se hubieran descontrolado incluso más que antes de su desaparición.

Además, siempre existía la posibilidad de que su padre ya no fuera el monarca de los fehlar… al fin y al cabo, ninguna familia fehlar había mantenido jamás el poder durante demasiado tiempo, y Alekai Colmillo Ígneo, a pesar de haber conseguido la supremacía de los fehlar, también tenía una larga lista de enemigos. Si aquel era el caso y ahora el castillo no pertenecía a su padre, entonces…

Sacudió la cabeza, tratando de apartarse de aquellos pensamientos, aunque no pudo evitar estremecerse levemente cuando la sombra de la amenazante muralla exterior del palacio cayó sobre la comitiva.

Fue Shiba la que avanzó hacia las puertas y habló con los guardias. Mientras tanto, el león no podía evitar dirigir miradas incómodas a su alrededor, aún sosteniendo a Zèon en brazos. A su lado, Koi parecía estar encantado.

-Así que, ¿ése es el palacio? –preguntaba, dando pequeños saltos de emoción -. ¡Qué grande! ¡No creí que fuera a ser tan enorme! ¿Y por qué tiene esos pinchos? ¿Para qué sirven? ¿Vamos a entrar?

Ike respondió vagamente a todas las preguntas, sin ser apenas consciente de sus respuestas, aún con la mirada fija en Shiba. Era capaz de percibir la incredulidad en los rostros de los guardias, incluso a tanta distancia, y sabía que su llegada sin duda conmocionaría a toda la corte.

-Mi señor –preguntó entonces una puma que se hallaba cerca del león -, nos dejarán pasar, ¿verdad?

Ike tardó unos segundos en responder, aún inmerso en sus pensamientos.

-Eh… Sí, claro que sí. Hay habitaciones de sobra en el ala de hospedaje –murmuró, sin sentirse realmente muy seguro. Aquella decisión debía tomarla su padre y ni siquiera Ike, a pesar de ser su hijo, sabía a ciencia cierta de cuál sería ésta.

Pero la puma sonrió complacida e inclinó la cabeza en señal de respeto.

-Somos muy afortunados de tener un heredero al trono tan compasivo como vos, Alteza. No sólo demostráis tener un buen corazón con vuestros aliados, sino también con vuestros enemigos.

El león dio un respingo y giró la cabeza hacia la puma, sorprendido por aquellas palabras. Sin embargo, ésta ya había desaparecido y Ike dejó escapar un suspiro, cerrando los ojos con cansancio. <<Por supuesto que sí>> pensó, para sí mismo <<Pero, ¿de verdad todos creen que un rey compasivo es un buen rey…?>>.

De repente, un grito de dolor se alzó en el aire y Shiba, que hasta aquel momento había estado conversando con los guardias, se desplomó en el suelo.

-¡Shiba! –exclamó Ike, dejando a Zèon a un lado y echando a correr hacia ella.

La tigresa trató de levantarse, en vano, y dejó escapar otro quejido de dolor. Parecía estar sufriendo, y Ike sabía que había pocas cosas que podían conseguir que Shiba mostrara su dolor, lo que le asustaba aún más. ¿Habrían sido aquellos guardias los que le habían atacado o acaso había más, ocultos en las almenas? <<Lo sabía>> se dijo a sí mismo, sintiendo una irracional oleada de miedo <<No deberíamos haber venido al castillo. Ha sido una mala idea. No debería haber vuelto…>>.

Corrió lo más rápido que pudo hacia la tigresa, notando el bombeo de los latidos de su corazón en sus sienes, ignorando las miradas desconcertadas de la comitiva de fehlar que había traído consigo. Cuando llegó hasta donde Shiba trataba en vano de incorporarse, se echó de rodillas al suelo y trató de buscar sus heridas. Sin embargo, no había rastros de sangre en el uniforme gris de la tigresa, ni tampoco ninguna otra marca de violencia, y aún así ella seguía retorciéndose de dolor. <<¿Qué está pasando?>> se preguntó, confuso <<¿Acaso la han… envenenado?>>.

-¡Vosotros! –rugió, girándose hacia los guardias y dirigiéndoles una mirada cargada de ira -. ¡Decidme qué le habéis hecho!

Los dos guardias, un tigre albino y un lince que no debían ser mucho más mayores que él, retrocedieron un par de pasos mientras dirigían una mirada aturdida a la Centinela.

-N… nosotros no… -comenzó el lince, perplejo, aunque no llegó a acabar la frase.

Ike se sintió tentado de gritar que mentía, pero en aquel momento Shiba dejó de convulsionarse y el león dirigió de nuevo su atención hacia ella, temiendo que algo terrible le hubiera sucedido. Sin embargo, se sorprendió al encontrarse con los ojos azules de la tigresa, que le devolvieron una mirada tan calmada y fría como de costumbre. No había en su rostro el menor rastro del sufrimiento que parecía haber experimentado segundos antes.

-Es… ¿Estás bien? –le preguntó el león, sin poder evitar sentirse algo preocupado de todas formas.

-S… sí –respondió la tigresa, dejando escapar un jadeo casi inaudible y después apartándose de él rápidamente y sentándose en el suelo.

-¿Qué ha pasado? –preguntó Ike, sintiéndose cada vez más perplejo. Dirigió su mirada a los guardias, que parecían estar igual de confusos que él, y a continuación se giró de nuevo hacia Shiba.

La tigresa había esbozado una leve sonrisa y un nuevo brillo, que antes no estaba ahí, parecía relucir en lo más profundo de sus ojos. Parecía estar contenta y, por más que aquello aliviara a Ike, era tan raro como verla sufriendo. No podía interpretar aquello como una buena señal, especialmente sabiendo que la tigresa no acostumbraba a estar contenta muy a menudo.

-¿S… Shiba? –preguntó, temiendo por unos instantes que alguien hubiera tomado el control de la tigresa.

-Lo recuerdo –dijo ella, ampliando su sonrisa -. Oh, Alekai, ¡lo recuerdo todo!

Algo extraño sucedió entonces.

Fue como si de repente algo se desconectara en algún recóndito rincón del cerebro de Ike, sumiéndolo todo en una oscuridad terrible e insondable. Duró tan sólo unas milésimas de segundo, pero aquello fue suficiente para que el león sintiera un profundo terror recorriendo su alma, como si aquellas densas tinieblas fueran a engullirle por completo. Sin embargo, de pronto algo atravesó las sombras; algo doloroso y punzante, como agujas abriéndose paso a través de su conciencia, y el león no pudo evitar gritar de dolor. Algo crujió, como si un viejo engranaje hubiera sido colocado de nuevo en su lugar, y todo comenzó a moverse a un ritmo frenético, trayendo imágenes y palabras con su movimiento. Dolía más de lo que habría podido imaginarse, como si alguien estuviera removiendo el interior de su cabeza con agujas de tejer.

Pero no eran palabras, comprendió el león. Eran nombres.

Al cabo de unos segundos que se hicieron interminables, el dolor fue desapareciendo, los engranajes fueron adquiriendo su ritmo normal y la oscuridad se fue disipando poco a poco. Cuando las sombras se retiraron por completo, Ike descubrió que había caído al suelo y que una multitud de miradas estaba fija en él, con una mezcla de expectación y temor. La única excepción era la de la tigresa sentada a su lado, en cuyo rostro aún se podía ver la huella de una sonrisa.

El león se incorporó, algo confundido, y dirigió una mirada sorprendida a la Centinela, aún con el corazón latiéndole a mil por hora.

-Alekai –murmuró -. Alekai –repitió, como si no terminara de creérselo -. No puede ser. ¿Alekai?

<<¿De verdad me puso ese nombre?>> no pudo evitar pensar el león, sintiéndose terriblemente decepcionado. Sin embargo, la felicidad oculta en la mirada de la tigresa que tenía enfrente le hizo olvidarse de aquellos pensamientos.

-Y tú… -comenzó, con un hilo de voz -. Tú… ¡Krysha!

-Exacto –respondió ella, satisfecha -. Una cosa menos por la que preocuparnos.

-Pero, ¿por qué? –preguntó Ike, aún demasiado confuso como para poner sus pensamientos en orden -. ¿Qué ha pasado exactamente?

La tigresa sacudió la cabeza y se levantó, limpiándose el polvo de la ropa. A continuación, señaló a uno de los guardias con una zarpa. Éstos parecían seguir igual de desconcertados.

-Fue cuando él dijo mi nombre –le explicó, con suavidad -. Fue extraño, porque cuando llegué aquí lo único que pude decir fue que era “la Centinela de su Majestad". Pensaba que podrían recordar mi antiguo nombre… así que decidí intentar que fueran ellos mismos los que me dijeran, para ahorrarme explicaciones. Pero esto ha sido una sorpresa –admitió, ladeando la cabeza -. Jamás pensé que saber mi nombre pudiera ayudarme a recordar el tuyo.

Las palabras de Sophia resonaron como un eco lejano en la mente de Ike: <<En cuanto alguien te llame por primera vez por tu verdadero nombre, tú mismo notarás que algo en tu mente cambia>>, había dicho ella. Por más increíble que pareciera, daba la sensación de que las palabras de la mujer habían sido sinceras.

El león dirigió una mirada de preocupación a Zèon, recordando que lo había dejado atrás, junto a Koi. Le alivió descubrir que el husky lo había incorporado sobre el suelo y lo sujetaba con cuidado. <<No debería haberle dejado solo aquí>> se regañó a sí mismo <<Estamos demasiado cerca del palacio de mi padre como para que estén seguros>>. Además, lo que acababa de suceder confirmaba definitivamente que una parte de lo que Sophia le había contado era cierto, si bien no podía saber si recuperar el verdadero nombre de Zèon sería suficiente para despertarle de nuevo.

Se giró de nuevo hacia los guardias y descubrió la mirada interrogante de Shiba. Al parecer, la tigresa intuía en qué estaba pensando, pero no dijo nada.

En ese momento, un fehlar regresó corriendo del interior de palacio e intercambió unas palabras apresuradas con uno de los guardias. Éste, aliviado al parecer por poder cambiar de tema y saber qué decir para variar, se giró de nuevo hacia el león y anunció:

-Su Majestad Alekai Colmillo Ígneo solicita vuestra presencia en la sala del trono, Alteza.

-Acudiré inmediatamente –respondió el león, volviendo a notar cómo su corazón se aceleraba.

A pesar de la mirada de advertencia de Shiba, el león dio media vuelta, tomó a Zèon en brazos y atravesó las puertas de la muralla, seguido por todos los ojos de la comitiva que traía tras de sí.

-¿Qué hay de los que han venido conmigo? –preguntó al mensajero, frunciendo el ceño.

-Su Majestad no ha mencionado nada al respecto –respondió éste, algo incómodo -. Os acompañaré a la sala del trono y preguntaré al respecto. Pero mi señor... ¿estáis seguro de…?

Ike sacudió la cabeza y clavó su mirada en el mensajero.

-¿De qué?

-Es decir… no deberíais…

-El kane viene conmigo –respondió el león, decididamente -. Mi Centinela supone más peligro para mi padre que un kane inconsciente, ¿me equivoco?

El mensajero sostuvo su mirada durante unos segundos, hasta que, intimidado, bajó la cabeza y asintió. Sólo entonces comenzaron a caminar hacia el interior del palacio, en silencio. Ike aún dirigió una última mirada atrás, buscando a Koi, y lo encontró hablando animadamente con sus amigos fehlar. El husky le dijo adiós con la zarpa al descubrir su mirada y el león sonrió. Decidió que no era necesario preocuparse por él, al menos de momento. Además, una vez hubiera solucionado las cosas con su padre, si es que era capaz de hacerlo, volvería a por el pequeño husky.

Juntos, Ike, Zèon, Shiba y el mensajero atravesaron el área exterior del palacio. Se trataba de la parte anterior del recinto, delimitada por la muralla, que daba directamente a las puertas de la fortaleza. Estaba formada por pequeños edificios en los que se reunían los trabajadores de la corte, los esclavos y aquellos invitados que no poseían un título nobiliario; en otras palabras, plebeyos. Era una zona en la que el espacio estaba aprovechado al máximo, hecho que quedaba demostrado por la disposición irregular y los distintos tamaños y formas de las viviendas. Un ambiente de constante ajetreo inundaba las apretadas calles, pero en aquel momento muchos de los criados detenían sus actividades y dirigían miradas asombradas al príncipe, conforme este avanzaba por la calle. Ike trató de ignorarlas todas y reprimió un suspiro.

-Parece que todo el mundo ha recibido con alegría la noticia de vuestro regreso, Alteza –sonrió el mensajero -. Es un alivio saber que pudisteis escapar de vuestros captores kane.

Ike se detuvo en el sitio.

-¿Captores kane? –repitió, incrédulo.

-Sí. Bueno… -continuó el mensajero, sintiéndose algo incómodo de nuevo -. Su Majestad dijo que habían sido espías kane los que se habían infiltrado en el reino y…

-Puedo imaginarme lo que mi padre dijo –le interrumpió Ike, tratando de reprimir la ira. No se sentía capaz de escuchar ni una sola palabra más.

Pronto franquearon la enorme puerta que llevaba realmente al palacio. A pesar de que había un sitio para los plebeyos y los criados dentro de las murallas del castillo, existía una clara separación entre ellos y aquellos que pertenecían a alguna de las muchas familias importantes de la aristocracia fehlar. Tras la zona en la que vivían los criados, esclavos y plebeyos, se abrían los enormes jardines del palacio de Alekai Colmillo Ígneo, que habían sido levantados por algunos de los jardineros más exquisitos de todo el reino; con la ayuda, cómo no, de unos cuantos esclavos kane. Se decía de aquellos jardines que no tenían rival y que, incluso aunque se marchitaran, los cantadores y bardos del reino seguirían hablando de lo hermosos que eran siglos después.

Las casas de los nobles se encontraban a ambos lados del jardín: viviendas de tamaño generoso y ladrillos de color rojizo que ensombrecían los jardines con su imponente presencia. Sin embargo, palidecían ante el edificio principal del complejo, que se erguía orgulloso al final de los jardines: la vivienda de los Colmillo Ígneo.

Inicialmente, la que ahora fuera una fortaleza había estado formada sólo por aquel edificio: un alto castillo cuyas torres, de formas puntiagudas y alargadas, simulaban ser colmillos desgarrando las nubes. Sin embargo, con el tiempo y desde que Alekai había subido al poder, la corte que se había reunido a su alrededor había ido creciendo tanto que se habían visto forzados a ampliar el recinto. Aquello era, por supuesto, tan sólo otra muestra de poder. Ike estaba seguro de que a su padre le importaba poco si los criados dormían cómodos o no.

La visión del palacio despertó un ramalazo de añoranza en el corazón de Ike, pero al mismo tiempo, también algo de intranquilidad.

-Es por aquí, mi señor –le informó el mensajero, guiándole a través de la puerta principal y a través del largo vestíbulo que conducía a la sala del trono de su padre.

Ike le siguió, notando sobre su nuca las miradas recelosas de todos los guardias, la tensión que despertaba Zèon en todos los fehlar de su alrededor, incluso a pesar de que estuviera inconsciente. <<Me da igual>> se dijo a sí mismo, con decisión <<Pienso protegerle aunque sea lo último que haga>>. Dirigió una mirada de advertencia a Shiba, sin embargo, tratando de comunicarle sus temores, aunque estaba seguro de que ella ya estaba al tanto. El león no habría sabido decir si la tigresa estaba preocupada o simplemente alerta.

Finalmente, la última puerta del vestíbulo se abrió y Ike, Zèon, Shiba y el mensajero entraron en una amplia sala. Dos largas hileras de columnas rojas se erguían a ambos lados del pasillo que conducía al trono y en cada una de ellas relucía con intensidad la llama de una antorcha. El suelo, cálido y de una tonalidad anaranjada, estaba decorado con grandes mosaicos que mostraban algunas de las hazañas militares más importantes que habían tenido lugar durante la historia de los fehlar. En el techo adintelado, de color rojo oscuro como la sangre, se podían leer los nombres de todos los monarcas fehlar que habían tomado el trono hasta la fecha.

Alekai Colmillo Ígneo estaba de pie frente a su trono, observando con el ceño fruncido a los que acababan de llegar. Ike tuvo que reprimir un respingo al verle. Durante su estancia en la Caja, había llegado a olvidar casi completamente la intensidad del odio que ardía tras los ojos de su padre.

-S-su Majestad… vuestro hijo ha regresado –murmuró el mensajero, temeroso. Al parecer, él también parecía haber percibido que había algo en la expresión de Alekai que no presagiaba nada bueno.

El león tan sólo asintió. Mirándole a él, era fácil adivinar de dónde había sacado Ike su complexión sólida y fuerte, y si bien los rasgos de Alekai eran más afilados y su melena y barba más pobladas, el parecido entre ambos era innegable. Sin embargo, la mirada de Alekai era mucho más dura y su presencia imponía mucho más; era fácil averiguar que había pasado gran parte de su vida en un campo de batalla. Además, algunos pelos grises comenzaban a aflorar en su pelaje y la edad, Ike lo sabía, estaba comenzando a pasarle factura, hecho que animaba a todos los aspirantes a tomar el trono.

Ike aguantó como pudo la mirada de su padre. Era capaz de percibir el intenso odio que destilaba de ella: no hacia él, sino hacia el kane que llevaba en brazos. Instintivamente, lo apretó un poco más contra él, tratando de calmar los latidos de su corazón. <<Las cosas han cambiado>> trató de decirse a sí mismo <<Las cosas han cambiado…>>.

-Dejadme a solas con él –gruñó entonces el rey. Su voz era grave y áspera, como si naciera de lo más profundo de una caverna -. Tú también, Centinela.

Shiba pareció dudar durante unos instantes, hasta que distinguió la sombra de la Centinela de Alekai, Anassi, dirigiéndose también hacia la salida. Aún intercambió una mirada de preocupación con Ike, y el león averiguó que le estaba pidiendo que tuviera cuidado. Asintió, casi imperceptiblemente, y poco después la sala estaba vacía a excepción de él y su padre.

Él no habló durante un buen rato. Se limitó a mirarle, con aquella dura mirada cargada de disgusto y decepción, como si fuera Ike el que había cometido el peor de los crímenes posibles.

-Has vuelto –comenzó finalmente Alekai, pronunciando lentamente cada una de las sílabas -. Y has traído un kane contigo.

El desprecio de su voz casi llegó a herir al joven león.

-Me salvó la vida –fue todo lo que dijo, aunque pudo notar a la perfección el temblor en su voz.

-Eso no tiene tanto mérito –contraatacó Alekai, sin variar su expresión un ápice -. Le has hecho un flaco favor al traerle aquí. Supongo que creías que una buena acción me ablandaría el corazón y conseguirías que le perdonara la vida. Te equivocabas.

-Padre, yo…

-No me interrumpas cuando hablo –gruñó el rey, y Ike tragó saliva -. No voy a tolerar que se extiendan los rumores de que uno de mis hijos ha tenido compasión de un kane. Tu infantilismo ya me ha creado demasiadas molestias en el pasado. Si no lo matas tú, lo mataré yo.

Ike retrocedió un paso.

-No, padre. No voy a hacer eso –dijo, tratando de evitar que le temblara la voz y clavando su mirada en los ojos de su padre -. Y no voy a permitir que tú lo hagas.

Alekai sostuvo la mirada de su hijo sin pestañear. Sin embargo, Ike no pudo evitar apartar la mirada al cabo de unos segundos, y se estremeció al escuchar la risa ronca de su padre.

-Vaya, vaya. ¿De dónde has sacado el valor para plantarle cara a tu padre? Eso no es algo que tuvieras antes de desaparecer.

-Han pasado muchas cosas –murmuró Ike, sin levantar la mirada.

-No las suficientes. Sigues siendo el mismo cobarde ingenuo de siempre. Y una desgracia andante, para ser sincero. Lo mejor que podías haber hecho era desaparecer para siempre. Al menos así eras útil.

-Has culpado de mi desaparición a los kane, ¿verdad? –musitó Ike, en voz baja.

-Sí –admitió abiertamente Alekai, esbozando una leve sonrisa -. Pero no es sólo algo que yo haya hecho. Era la opción más lógica y más fácil de creer. Al pueblo le gustó.

-Pero no es la verdad –protestó Ike.

-Eso es irrelevante –contestó el rey, avanzando un paso hacia Ike -. Y ahora, hijo, si no matas a ese kane, seré yo el que se encargue de ello.

Ike tragó saliva y dirigió una mirada a Zèon, temblando levemente. No podía permitir que su padre le pusiera una mano encima al zorro ártico, pero era consciente de que se encontraba en una situación de absoluta desventaja. Lo había estado, en realidad, desde el momento en que había decidido volver a casa. <<Pero tenía que hacerlo>> se dijo a sí mismo <<Al menos ahora, la gente sabrá que los kane no…>>.

Una idea vino entonces a su mente; la idea a la que llevaba dándole vueltas desde que había sabido que tendría que hacer frente a aquella situación. Era una idea descabellada, pero si salía bien, podría salvar la vida de Zèon y Koi. Con decisión, levantó la mirada y la clavó en su padre:

-No. Detente.

Algo en su tono pareció convencer a su padre de que era mejor hacerle caso, porque se detuvo y le dirigió una mirada cargada de cansancio.

-¿Es que no he sido lo suficientemente claro?

Ike trató de controlarse e inspiró hondo. Sabía que había una manera de arreglar aquello, pero no estaba seguro de tener el valor necesario para hacerlo.

-Si dejas que este y otro kane se queden en el castillo, nadie sabrá nada de su existencia –comenzó -. Extenderemos el rumor de que… de que los capturé como esclavos para ti. –Tuvo que hacer una pausa, puesto que aquel simple pensamiento le revolvió las tripas -. Se quedarán en mi habitación y nadie tendrá que saber jamás que existen. Ni tú, ni nadie. Y… y le diré al pueblo que tú tenías razón y que fueron los kane los que me capturaron.

Alekai se mantuvo inmóvil tan sólo durante un segundo. Ike averiguó que sus palabras no habían hecho sino encender la ira de su padre más.

-¿Otro kane? –preguntó el rey, muy despacio -. ¿Te digo que no pienso mantener vivo a esta escoria y ahora me dices que hay otro?

Hizo ademán de dar otro paso.

-Pero si les pones una sola garra encima –continuó Ike, con decisión -, me aseguraré de que hasta el último fehlar de la corte se entere de que traje aquí a estos kane. Y no sólo eso. –El león inspiró profundamente -. También… también sabrán lo que de verdad siento por este zorro ártico.

Alekai se detuvo en medio de su paso. Ike trató de sostener su mirada, a pesar de que estaba temblando como un flan, y podía percibir las emociones que se reflejaban en los ojos de su padre. En primer lugar, una confusión genuina; más tarde, el entendimiento. Finalmente, el monarca le dirigió una mirada de absoluto repudio, y después otra mirada de asco al kane que su hijo sostenía, comprendiendo por primera vez las implicaciones del lazo que los unían a ambos.

Sin embargo, ninguno de ellos dijo nada durante un buen rato. Ike, con Zèon en brazos, aguardó en la entrada de la sala mientras su padre, a medio camino, continuaba mirándole como si se tratara de una abominación. Aquel desprecio absoluto le habría dolido de no ser porque ya estaba acostumbrado a él.

Lo único que en él aquel momento le importaba era Zèon.

-Como he dicho antes –comenzó Alekai, entonces. Su voz era más fría y ácida que antes -, no eres más que una desgracia andante.

Ike no respondió. No estaba seguro de si aquello significaba que había conseguido hacerle cambiar de opinión o no.

-Asegúrate bien de que nadie sepa de la existencia de esos kane o me aseguraré de mataros a los tres –masculló finalmente el rey. Un brillo peligroso destelló en lo más profundo de sus ojos -. Y no te hagas esperanzas. No podrás protegerlo por siempre.