Colmillo Ígneo - Prólogo
Bueno, ¡pues aquí traigo finalmente el prólogo de "Colmillo Ígneo"! Es bastante corto y no tiene mucho que ver con lo que va a suceder en el resto de esta historia, en realidad, pero se trata de una escena que me pareció interesante en su momento. De modo que, espero que os guste y, ¡gracias por leer! El próximo lunes subiré el primer capítulo de la historia.
Y por cierto, "Colmillo Ígneo" es la continuación de otra de mis historias: "Garragélida". Así que si no has terminado de leer "Garragélida", por favor, no empieces con esta historia ^^
El hombre del traje gris estaba enfadado.
Si había algo que había odiado siempre, algo que le sacaba profundamente de sus casillas y que le resultaba especialmente molesto, era que alguien le obligara a cambiar sus planes. El tiempo debía ser organizado, medido y clasificado; las horas de su valiosa vida tenían cada una un cometido individual, y nada ni nadie podía cambiar eso. Los imprevistos como aquel, simplemente, no debían existir. Nada que se interpusiera entre él y la perfecta ejecución de su programa debería existir.
Y sin embargo, alguien se había atrevido a molestarle. Alguien a quien ni siquiera él tenía derecho a replicar por haber desbaratado su valiosísimo programa. La culpa, en cualquier caso, la tenían los animales. Sí, no podía ser otra cosa, se dijo a sí mismo. El hombre del traje gris dirigió toda su rabia hacia ellos, mientras las pisadas de sus zapatos negros, relucientes bajo una reciente capa de betún, resonaban en cada uno de los rincones de la parada de metro. O lo habrían hecho, de no ser porque quedaban ahogadas bajo aquella canción de hierro y frenos que emitían los enormes trenes al detenerse junto al andén.
Apartó a la gente mientras ascendía con rapidez por las escaleras mecánicas y se abrió paso hacia la salida. El enorme edificio al que se dirigía estaba allí, al otro lado de la calle a la que daba la boca del metro. Con un poco de suerte, tan sólo necesitaría estar allí unos minutos; una hora, como mucho. Una hora, a pesar de ser un terrible derroche, era algo que se podía permitir. El hombre del traje gris echó un vistazo a su muñeca, en la que relucía un elegante reloj de pulsera de plata. Después, suspiró y cruzó la calle.
No saludó a la recepcionista ni se dignó a dirigir una sola mirada a las personas que, junto a él, esperaron a que el ascensor llegara a la planta baja. Tampoco intercambió una sola palabra con ellos, ni durante el trayecto ni cuando abandonaron el elevador. El hombre del traje gris se quedó sólo en aquel claustrofóbico cubículo, tan sólo acompañado por un tímido intento de melodía. Finalmente, cuando el ascensor se detuvo en el último piso y la abertura entre las puertas metálicas fue suficiente para que pudiera deslizarse entre ellas, salió a paso ligero. Avanzó por el amplio pasillo bordeado por ventanales y se dirigió hacia la única puerta que había, al final del mismo.
La secretaria no le detuvo, de modo que simplemente llamó a la puerta con dos toques y aguardó unos segundos. La respuesta llegó rápido y el hombre del traje gris se deslizó como un segundo hacia el interior del despacho.
Se trataba de una sala grande y amplia, llena de luz y con un ligero olor a puro flotando en el aire. La sensación de amplitud quedaba reforzada por el hecho de que casi la totalidad de sus paredes eran de cristal, permitiendo unas asombrosas vistas de la ciudad que se extendía, rugiente y eléctrica, a los pies del edificio. Sin embargo, el hombre del traje gris ni siquiera dirigió una mirada a aquella marea de luz y sonido. Aquello, en ese momento, habría sido una total y absoluta pérdida de tiempo.
-Ah, señor Zero –le saludó entonces una voz, en uno de los extremos del despacho -. Me gustaría poder decir que le estaba esperando, pero ha sido usted asombrosamente puntual. Sí, asombrosamente puntual.
-Recibí una llamada urgente –replicó el hombre del traje gris, a la defensiva -. Se me citó aquí a las seis en punto.
Mientras decía estas palabras, el señor Zero clavó su mirada de iris grises en su interlocutor. Se trataba de un hombre corpulento, con una barriga prominente disimulada a duras penas bajo un carísimo traje de color granate que estaba, a todas luces, peor cuidado que el del hombre al que había hecho llamar. Su cabello, a pesar de ser de un intenso color rubio difícilmente natural, se hallaba revuelto en una alborotada melena corta. Por su parte, el del señor Zero se encontraba perfectamente peinado y engominado, incluso aunque comenzara a acusar algunas canas que le daban cierta tonalidad plateada.
Había algo invisible que envolvía a aquel hombre de traje granate. Se notaba en la marca exclusiva de su traje y se notaba en el tinte de su pelo, en cada centímetro de su piel imposiblemente perfecta y en su altanero porte de superioridad: aquel hombre apestaba a dinero.
-Y son las seis en punto –contestaba en aquel momento, sacando con aire distraído un libro de la estantería junto a la que se encontraba -. Su exactitud es irreprochable. No le entretendré demasiado.
<<Ojalá sea cierto>> se dijo el hombre del traje gris, sin pestañear. El hombre que le había llamado, mientras tanto, había introducido una mano en el hueco que había dejado al sacar el libro y parecía estar buscando algo. Mientras tanto, continuó hablando:
-Tengo entendido que está usted al corriente de los planes que llevamos a cabo en relación al proyecto Prometeo. ¿Me equivoco?
-En absoluto.
-Conocerá, por lo tanto, las actividades que se están desarrollando en las unidades de contención y habituamiento Hubert.
-Así es.
-Imagino que no conocerá una por una todas las unidades Hubert, pero…
-Las conozco –intervino el señor Zero -. Trabajé en su diseño y distribución en la fase más temprana del proyecto.
-No me interrumpa –le reprendió el hombre del traje granate, dirigiéndole una mirada molesta. A continuación, sacó una pequeña caja de madera del hueco que había dejado en la estantería y dejó escapar un gruñido de satisfacción, como un gato al que le hubieran acariciado la panza. Parecía mucho menos dispuesto a ir al grano en aquellos momentos.
Pero el hombre del traje gris aguantó estoicamente, incluso cuando su interlocutor avanzó con una lentitud exasperante hasta sentarse en el suntuoso sillón de cuero situado tras su escritorio. Desde allí, dejó escapar un largo suspiro de cansancio y abrió la caja.
-¿Quiere uno? –preguntó, mostrando el contenido de la caja, que se encontraba llena de unos puros que sin duda debían de ser espectacularmente caros.
El señor Zero negó con la cabeza.
El hombre del traje granate sacó un mechero bañado en oro y se encendió uno de los puros. A continuación se lo llevó a los labios, dio una larga calada y, tras contener el aire durante unos segundos, lo dejó salir de forma que una densa nube de humo se elevara sobre su cabeza.
-La unidad B37 ha caído –dijo entonces, con total naturalidad. El señor Zero se removió, incómodo -. ¿La conocía usted?
-Conozco especialmente esa unidad –respondió el hombre del traje gris, pero no dijo nada más. Estaba tratando de calcular mentalmente, en vano, cuanto tiempo les haría perder aquel contratiempo.
-Lo sé –respondió el otro, esbozando una amplia sonrisa de tiburón -. Por eso le hice llamar. Si hay alguien que debe encargarse de solucionar esto, ése es usted. No sólo es uno de los trabajadores más cualificados de los que dispongo, sino que además tiene una deuda pendiente conmigo, ¿no es así? No se me ocurre una mejor ocasión que esta para que me devuelva el favor, señor Zero. Y aún así, tengo la sensación de estar siendo generoso con usted. Demasiado generoso.
-Sí –admitió el hombre del traje gris, impasible -. ¿Qué debo hacer?
Hubo un breve silencio. El señor Zero aguardó, impaciente, mientras el hombre del traje granate le daba una nueva calada al puro que sostenía entre sus dedos.
-Me da igual cuánto dinero necesite –murmuró, al cabo de unos segundos -. Gaste lo que sea necesario, llame a quien sea necesario, mate a quien sea necesario. Sólo impida que el problema se propague. Deshágase de las manzanas podridas del cesto, ¿quiere? Y no deje ni una simple pepita.
El hombre del traje gris asintió. Decidido a no perder ni un solo segundo, se dio media vuelta y avanzó a grandes zancadas hacia la puerta del despacho. Sin embargo, cuando apenas había entreabierto la puerta y ya se disponía a salir, la profunda voz del otro hombre resonó a sus espaldas:
-Ah, por cierto. Hay algo que debería saber, en caso de que su deuda no sea suficiente para motivarle. –Hubo otra pausa, en el que probablemente el hombre dio otra calada a su caro puro -. Camus está muerto.
Un breve silencio siguió a aquellas palabras.
-Entiendo –dijo finalmente el señor Zero, asintiendo -. ¿Y qué hay de Lefebvre?
El hombre del traje granate rió.
-Por supuesto, sigue viva. Es demasiado escurridiza como para morir.
-Cierto –murmuró el señor Zero.
Salió del despacho sin tan siquiera despedirse. La puerta se cerró a sus espaldas y, sin mirar atrás, avanzó por el pasillo. Sus pasos firmes y rápidos le llevaron hasta el ascensor y, una vez estuvo dentro del mismo y descendiendo velozmente hacia el piso bajo, su expresión no varió un ápice.
Sus ojos reflejaban los números analógicos que aparecían y desaparecían en el panel del ascensor. Como ellos, su tiempo también disminuía. Tenía demasiadas cosas que hacer y muy poco margen para hacerlas, pero incluso antes de salir del despacho ya había establecido en su mente un rápido horario provisional para no perder un solo segundo. Su superior estaba en lo cierto; si había alguien que podía arreglar el desastre de la unidad B37 era él. No sólo era su responsabilidad, sino que además lo haría en menos tiempo que nadie.
Sin embargo, no pudo reprimir dejar escapar un gruñido de disgusto, justo antes de que las puertas del ascensor se abrieran y se precipitara al rellano en dirección a la calle.
Odiaba cargar con el tiempo perdido de otros.