Colmillo Ígneo - Capítulo 8: Enfermedad
¡Hola a todos! Este es el octavo capítulo de Colmillo Ígneo. Os prometo que tenía pensado subirlo el pasado sábado, pero SoFurry ha estado caída por algún motivo. En fin.
Es posible que notéis cierto cambio de estilo en este capítulo porque he cambiado un poco mi modus operandi. Antiguamente, escribía primero el capítulo en español y luego lo traducía al inglés. Ahora, he comenzado a hacerlo al revés: escribo directamente en inglés y luego lo traduzco a español. Me temo que ese cambio os puede perjudicar más a los que leéis el capítulo en español: probablemente notaréis un cambio en el ritmo narrativo, que ahora se ha acelerado un poco, y es posible que algunas expresiones o frases no suenen tan redondas como antes, pero no debería ser nada muy descarado. Espero.
Bueno, y eso es todo. Espero que os guste el capítulo y, ¡gracias por leer!
Krysha todavía sentía un dolor pulsante en la sien cuando una molesta voz que le resultaba familiar y un leve tirón del brazo la obligaron apartarse del sueño. Pasó un largo rato hasta que por fin pudo ubicarse, más del que nunca había necesitado. Incluso con los ojos abiertos, durante unos segundos tan sólo pudo ver una figura borrosa moviéndose de un lado a otro dentro de su campo de visión. Dejó escapar un quejido mientras los sonidos comenzaban a tener cierto sentido para su mente.
-¡Shibaaa! Algo le pasa a Zèon... ¡Shiba, por favor!
La tigresa tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no quedarse dormida de nuevo, pero finalmente consiguió mantenerse despierto. Había algo en aquellas palabras que había captado su atención.
-¿Zèon...? -consiguió decir. El sonido de su voz se amplificó por el agudo dolor de cabeza y la hizo sonar más ronca y débil de lo que ella la recordaba.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo no estaba bien.
Se incorporó, sentándose en el sillón, y entrecerró los ojos con esfuerzo.
-¿Qué pasa con Zèon? -preguntó. En esa ocasión, su voz sonó algo mejor.
-No está respirando bien... -Koi lloriqueó, con los ojos llenos de lágrimas -. ¡Por favor, Shiba, tienes que hacer algo!
-Me llamo Krysha ahora, ¿no lo recuerdas? -gruñó la tigresa, mientras se incorporaba y avanzaba hacia el zorro ártico.
Por algún motivo, parecía como si el mundo diera vueltas bajo sus pies. La tigresa decidió que se encargaría de eso una vez se hubiera asegurado de que Zèon estaba bien y se tambaleó hacia la cama en la que el zorro ártico continuaba tumbado. Una vez llegó al borde de la cama, se dejó caer de rodillas, bajo a preocupada mirada de Koi. Entonces, acercó una de sus zarpas a unos milímetros del hocico del zorro y colocó su cabeza en el pecho de éste, tratando de encontrar los latidos de su corazón.
-Está débil -admitió, al cabo de unos segundos -. Pero está vivo.
-¿Y qué pasará si Ike no lo consigue? ¿Qué pasará si... Zèon se rinde antes de que vuelva? -preguntó el pequeño husky, rompiendo a llorar -. ¡No quiero perderle, Shi... Krysha! Él es todo lo que tengo... ahora que Luca... se ha...
Koi sollozó y le dio la espalda a la tigresa, tratando de ocultar sus lágrimas. Krysha le observó por unos segundos, tratando de encontrar algo qué decir para consolarle, pero sabía que consolar a los demás nunca se le había dado especialmente bien.
-¿Qué sabes de Luca? -le preguntó, finalmente.
-Sé que nunca volveré a verle -respondió el husky, sollozando -. Esa mujer mala me lo quitó, y a este paso hará lo mismo con Zèon, y...
-Está bien. Cálmate -le interrumpió Krysha, colocando una zarpa en el hombro de Koi. Le habría abrazado, pero tenía la sensación de que aquello habría sido algo incómodo para ambos -. No sabemos qué fue lo que le sucedió a Luca exactamente, Koi. Sólo Zèon lo sabe, y nos lo dirá cuando despierte.
-¿Y si no se...?
-No te precipites -le cortó la tigresa de nuevo, dándole un suave apretón en el hombro. Después, suspiró -. Te pareces mucho a Ike, ¿sabes? Aunque normalmente él suele sacar conclusiones precipitadas más optimistas, diría yo. Y eso normalmente le causa muchos problemas. Estúpido león.
El husky no respondió. Al cabo de un rato, se giró hacia Zèon, todavía con lágrimas en sus ojos grandes y morados. Algo en ellos captó la atención de Krysha.
-Koi, ¿puedes secarte las lágrimas un segundo? -le preguntó la tigresa, con suavidad. Lo habría hecho ella misma, pero por algún motivo parecía que tocar los ojos de otra persona sin su permiso explícito estaba mal.
Koi asintió y se frotó los ojos con el dorso de la zarpa. Krysha se agazapó junto a él y examinó los ojos del husky. El kane le devolvió la mirada, confundido. Había una chispa de curiosidad en sus ojos y, detrás de ella, algo que Krysha tardó unos instantes en identificar.
De repente, sintió la necesidad de darle las gracias a su madre por su duro entrenamiento.
-Qué... ¿pasa algo? -preguntó Koi al cabo de unos segundos, comenzando a sentirse nervioso.
-...me has estado diciendo la verdad todo este tiempo -dijo la tigresa, genuinamente sorprendida. Era consciente de que llamar "enfermedad" a lo que le estaba sucediendo al pequeño husky era quitarle importancia, pero no quería preocuparle más de lo que ya estaba.
-¡Por supuesto que sí! -protestó Koi.
La tigresa suspiró. <<Debería haberme imaginado que intentarían algo como esto>> pensó, llevándose una zarpa a la sien, donde aquel molesto dolor aún seguía molestándola. <<Bueno, al menos he podido descubrirlo a tiempo>>.
Se levantó, intentando encontrar la mejor forma de manejar aquella situación, y el pequeño husky la siguió con sus cansados ojos mientras caminaba de un lado a otro de la habitación, moviendo la cola apresuradamente. Al cabo de un rato, se detuvo y se giró hacia Koi.
-Quédate aquí -le dijo, dirigiéndole una mirada de advertencia que dejó claro lo que sucedería si el pequeño husky desobedecía aquella orden. Koi, sin embargo, parecía estar demasiado cansado para responder y asintió sumisamente. Satisfecha, la tigresa caminó hacia la puerta y, después de tomar una honda bocanada de aire, abandonó la sala.
Había pasado tanto tiempo en la habitación de Ike que le resultó difícil acostumbrarse de nuevo a los largos pasillos y los enormes vestíbulos, especialmente con toda la gente que caminaba a través de ellos. Sin embargo, se olvidó de todo aquello rápidamente y se dirigió directamente a las escaleras que conducían hacia el sótano. La gente no la saludó ni hicieron el menor intento de hablar con ella. Después de todo, sólo era una Centinela.
Cuando finalmente llegó a las cocinas, habían pasado menos de dos minutos desde que había comenzado a caminar. Una agobiante ola de calor la golpeó de repente, pero la tigresa se forzó a seguir caminando hacia la despensa, esquivando el gran número de gente que corría caóticamente de un lado a otro. Era casi la hora de la cena, y todos tenían trabajo que hacer. Pero aquella noche, Krysha se aseguraría de ayudarles con el trabajo. Al menos, en lo que se refería a su propia cena.
Una gata persa con una sonrisa que daba a entender que no le agradaba tener visitantes allí abajo se interpuso en su camino. Krysha imaginó que se trataría de la jefa de cocina.
-Centinela Krysha -dijo la mujer, intentando mantener las formas -. Es casi la hora de cenar. Llevaremos vuestra comida a vuestra habitación tan pronto como esté hecha.
-Me temo que no podré cenar hoy -dijo la tigresa, sin mostrar emoción alguna -. Últimamente, tengo el estómago algo revuelto, así que me preguntaba si podría llevarme algo de fruta a la habitación.
La gata persa frunció el ceño. Había vivido en aquel castillo el tiempo suficiente como para saber cuál era el verdadero problema de la tigresa. Sin embargo, también sabía que los asuntos de la corte no eran cosa suya, y que duraría más tiempo como la jefa de cocina si trataba de ignorarlos. Con un movimiento de su zarpa, la gata invitó a Krysha a que se llevara todo lo que quisiera.
Momentos después, la tigresa subía por las escaleras de nuevo, llevando consigo una cesta grande cargada de fruta, que con algo de suerte duraría al menos una semana. La fatiga estaba comenzando a hacer efecto en ella y tuvo que hacer un gran esfuerzo para dar los últimos pasos y abrir la puerta que llevaba a la habitación de Ike. Koi pareció sobresaltarse un poco al verla avanzar y desplomarse sobre el sillón, respirando entrecortadamente.
<<Vaya>> pensó Krysha, verdaderamente sorprendida. <<Esto es peor de lo que me esperaba>>.
-Has traído fruta -observó el husky. Estaba sentado al lado de Zèon, con las patas colgando del borde de la cama. A Krysha le pareció que estaba pensativo por algún motivo.
-Sí. Nos sentiremos mejor tomando algo de fruta -respondió la tigresa, aún jadeando. No podía recordar ninguna ocasión en la que se hubiera sentido más débil que aquella.
<<¿Cómo es posible que no lo viera venir?>> se dijo a sí misma, algo molesta ante su propio descuido. Pasar tiempo fuera del palacio le había hecho olvidar lo difícil que todo podía ser en aquel lugar.
-Oh -fue la respuesta de Koi, que tenía la vista clavada en sus patas.
La tigresa notó algo extraño en aquella respuesta.
-¿Qué pasa? -preguntó, algo preocupada.
Al principio, Koi no respondió. Continuó mirando sus pies sin decir nada durante unos segundos, hasta que sacudió la cabeza y dirigió una mirada algo acusadora a Krysha con sus ojos grandes y morados.
-No creas que no sé lo que está pasando. Sé que no estamos enfermos -dijo -. Tú... todos vosotros me tratáis siempre como si no supiera nada. Incluso Zèon lo hacía. Como si no supiera que hay una guerra. Como si no supiera que tengo que esconderme cuando estoy con los fehlar... como si, como si nunca hubiera... -Se detuvo en mitad de la frase, mordiéndose el labio inferior -. Y normalmente está bien fingir que no veo lo que está sucediendo, pero hay veces que...
-Bueno, lo siento, Koi -le interrumpió Krysha, mientras se frotaba la sien con una de sus patas -. Sí, han intentado envenenarnos. Era raíz de aden, un veneno de acción lenta que mata al cabo de varios meses si se ingiere de manera regular. Es bastante popular aquí en la corte, según me han dicho, porque no deja huellas y poca gente se da cuenta de sus efectos. Sin embargo, es fácil saber cuándo estás envenenado porque el rabillo del ojo se enrojece algo más de lo normal.
Koi se cruzó de brazos, algo molesto por la interrupción de la tigresa.
-No tenías por qué decírmelo así.
-Perdóname si no he sido tan comprensiva como querías, chico, pero siento como si mi cabeza fuera a explotar de un momento a otro -respondió, con cansancio -. Además, sonaba como si quisieras que te trataran como a un adulto, y eso es exactamente lo que he hecho.
Koi no respondió. Dirigió su mirada a Zèon, todavía perdido en sus pensamientos. Al cabo de unos segundos, Krysha se preguntó si no habría sido demasiado dura con el pequeño husky. No podía olvidar que, de no haber sido por él, probablemente no se habría dado cuenta de lo que les estaba sucediendo.
-El efecto del veneno durará un par de semanas -le dijo, en un tono algo menos agresivo -. Y hasta que Ike vuelva, creo que lo mejor sería que nos alimentáramos únicamente de fruta.
-Vale -respondió Koi, sucintamente.
<<Para un niño como él debe de ser difícil lidiar con todo esto>> pensó la tigresa, descubriendo una leve expresión de tristeza en el rostro del husky. Sin embargo, sabía que las grandes causas requerían grandes sacrificios, y que si Koi quería soportar todo aquello tendría que ser valiente.
Conocía de primera mano lo difícil que podía ser que a uno le robaran la infancia. Sin embargo, también sabía lo fuerte que eso podía llegar a hacer a cualquiera.
Ike despertó en mitad de la noche, con un insoportable dolor de cabeza y la garganta seca y dolorida. La sala parecía bailar a su alrededor y podía sentir las ganas de vomitar creciendo en su interior. Su mente estaba tan borrosa que tuvo que hacer un esfuerzo para repetirse a sí mismo que nunca debía volver a beber dakhar otra vez. Estaba ya a punto de intentar levantarse y dirigirse hacia el baño tambaleándose, cuando la poca lucidez que le quedaba le hizo darse cuenta de que no estaba solo en su habitación.
Sus náuseas se convirtieron en adrenalina rápidamente, y esta inundó sus venas más rápido que el alcohol, obligándole a contener el aliento. Petrificado en su cama, el león sopesó las posibilidades que tenía.
La persona que había entrado en su habitación debía estar segura de que aún no había percibido su presencia, a juzgar por el ruido de sus pasos, que no se esforzaba en disimular. Probablemente, alguien había dado por supuesto que el príncipe estaba demasiado borracho como para no darse cuenta de la intrusión, y que sería fácil pillarle con la guardia baja. <<Tan sólo espero que no sea Kathreen>> pensó Ike, aún conteniendo el aliento. <<Si esta es otra de sus estúpidas bromas, no se lo perdonaré.>>
El suelo de madera crujió bajo los pesados pasos del intruso, convenciendo a Ike definitivamente de que, fuera quien fuera, aquella vez no se trataba de su hermana tratando de gastarle una broma. Respiró profundamente, intentando mantenerse tan calmado y frío como le fue posible mientras los pasos se acercaban más y más hacia él. De repente, escuchó la suave caricia del acero sobre el cuero: el sonido de una daga siendo desenvainada.
El miedo decidió por él y antes incluso de que pudiera saber a ciencia cierta qué estaba pasando, ya se había abalanzado sobre el intruso y lo había derribado. El suelo crujió de nuevo bajo el peso de ambos y algo cayó al otro extremo de la habitación ruidosamente. Ike pensó que aquello podría ser la daga, pero estaba demasiado oscuro como para ver algo y ni siquiera estaba seguro de si aquella era la única arma que el intruso había traído consigo.
Ambos forcejearon en el suelo, mientras sus gruñidos llenaban la oscuridad. Frenéticamente, Ike se preguntó si debía tratar de inmobilizar las zarpas de su oponente o encontrar la daga; sin embargo, antes de que pudiera decidir, recibió un fuerte puñetazo en su sien y la sala pareció iluminarse durante un segundo.
Un agudo dolor se abrió paso a través de su mente mientras la luz desaparecía de nuevo y el león se encontró tendido en el suelo, en medio de una oscuridad total. No habría sabido decir si tan sólo había transcurrido un segundo o más tiempo. Los ruidos que oía le revelaron que el intruso ya no estaba pendiente de él, sino que parecía estar buscando algo, a unos pasos de distancia. Le llevó unos instantes recordar la daga y, de nuevo, el miedo se apoderó de él.
Su patada impactó directamente sobre el hocico del otro y un desagradable ruido de hueso roto se alzó en la sala. El león no tuvo tiempo de felicitarse por su puntería, porque antes incluso de que pudiera reaccionar, el intruso se abalanzó sobre él y rodeó su cuello con un brazo, apretando hasta que apenas pudo respirar.
-Maldito bastardo -escupió alguien junto a su oído, alguien que olía a furia, sudor, sangre y alcohol; alguien que era claramente más fuerte que él y podía matarle sin ningún esfuerzo -. Me has roto la nariz. Espero que tengas tiempo de arrepentirte por antes de que te mande a saludar a todos tus estúpidos amigos kane...
La presión alrededor de su cuello se incrementó mientras Ike trataba desesperadamente de zafarse. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer contra la fuerte llave del intruso, y tampoco podía golpearle desde su posición. Aterrorizado, intentó gritar, pero ningún sonido salió de su garganta. En apenas unos segundos, fue consciente de cómo se acababa su oxígeno y sus movimientos se volvieron erráticos y débiles, anticipando su muerte.
Entonces, un sonido sordo se abrió paso en medio de la oscuridad y el brazo alrededor de su cuello se aflojó un poco. Cayó al suelo, tosiendo y tratando de recuperar el aliento de nuevo. Aún alcanzó a ver la sombra del intruso levantándose, mientras trataba de alcanzar algo detrás de su cuello. Finalmente, éste se tambaleó y cayó al suelo, dejando escapar un sonido gutural. Un agobiante olor a sangre llegó a su hocico.
Con la poca consciencia que le quedaba, Ike comprendió que alguien le había salvado. Pasaron aún unos segundos antes de que alguien encendiera una vela y su luz revelara varias figuras en la sala, forzando además al león a cerrar sus ojos.
-Es una pena -escuchó decir a su hermana -. Con lo bueno que estaba. ¿Por qué son los tíos más guapos los que siempre intentan matarte... o matar a tu familia?
-No... no lo sé, Alteza -respondió Kodu, con un tono de voz bastante más preocupado que el de la leona -. ¿Ike? Ike, ¿estás bien?
El león abrió los ojos, a pesar de que la luz aún le impedía ver con facilidad. Kathreen y Kodu estaban junto a la puerta, mirando con atención el cadáver que se había desplomado en el suelo, cubierto de sangre. Ike no se sorprendió al descubrir que el cuerpo pertenecía a Atha. El leopardo había caído boca abajo y sus ojos vacíos miraban directamente al león. Una daga, probablemente la suya propia, estaba clavada hasta la empuñadora en su nuca. Ike no era capaz de desviar la mirada del mercenario muerto. Le resultaba difícil creer que el cadáver que tenía delante pertenecía al mismo fehlar que había estado riéndose de él apenas unas horas antes.
-Qué demonios... -se escuchó una nueva voz, procedente de la puerte.
Ike alzó la cabeza y se encontró con la expresión horrorizada de Rohm, que acababa de llegar, probablemente atraído por sus voces. La mirada de la pantera alternó entre su compañero muerto y el león, incrédulo, y Ike le devolvió la mirada desafiante, como retándole a que dijera algo.
-Ha intentado matar a Ike -trató de explicarle Kodu.
Sin embargo, antes de que pudiera añadir nada más, fue interrumpido por Kathreen, quien aprovechándose de la sorpresa de la pantera, se colocó entre él y el león y pusouna zarpa en uno de sus brazos.
-Menuda situación más incómoda, ¿eh? -dijo la leona, esbozando una fría sonrisa -. Y qué delicada, también, para ti. Tu colega ha intentado matar al príncipe Alekai Segundo, heredero al trono de los fehlar y miembro de la familia de los Colmillo Ígneo. Como resultado, ya no está vivo. -Hizo una pausa que duró unos segundos, pero la pantera no reaccionó -. Y ya no podemos confiar en ti.
-P-pero... -murmuró la pantera, todavía demasiado confuso.
-Ssssh. Pero si prometes irte muy lejos y no volver nunca, no le diremos nada a nuestro padre. ¿Qué me dices? ¿Te parece un buen trato? -preguntó, dedicándole una encantadora sonrisa.
Rohm no respondió inmediatamente. Se quedó ahí, mirando incrédulo a la leona, que sólo continuaba sonriendo. Después de unos instantes, Kodu carraspeó.
-Mmm... Rohm. Deberías irte.
La pantera pareció captar las palabras entonces. Sus ojos se ajustaron de nuevo a la escena que tenía enfrente y dirigió una última mirada al cuerpo muerto de Atha. Después, se giró hacia Ike, mirándole de manera indescifrable, y a continuación se dio media vuelta.
-No lo hagas -advirtió Kodu a la leonesa, que ya había extraído un cuchillo de una de sus largas mangas. El rostro de Kathreen se entristeció al oír eso y, después de dudar durante unos segundos, volvió a guardarlo.
-Aish. ¿Por qué no fue la pantera quien intentó matarte, Ike? Es aburrido, frío y absolutamente no-atractivo.
-Siento que el que te gustaba intentara matarme, Kathreen -gruñó Ike, tratando de levantarse. El golpe de su cabeza todavía dolía y le hacía sentirse aún algo desorientado, pero aparte de eso no parecía demasiado grave -. No puedo creerme que hiciera esto -añadió, mirando de nuevo al leopardo -. Quiero decir, sabía que no me soportaba, pero... tratar de matarme parece algo excesivo, ¿no?
Kodu asintió, pero no dijo nada más.
-Tendremos que hablar con el posadero -comentó Kathreen -. Estoy segura de que le gustará saber que hay un cadáver descomponiéndose aquí arriba.
-Espera, ¿qué? -preguntó Ike, alarmado -. ¿Vas a decírselo al posadero? ¿Y qué pasa si se vuelve loco y nos retiene aquí? ¿Y si descubre quiénes somos?
Ike no podía evitar sentirse algo mal por lo ligeramente que se estaba tomando la muerte de Atha pero, después de todo, la prioridad de aquel viaje era encontrar el nombre de Zèon y devolvérselo. Cualquier inconveniente, cualquier obstáculo entre él y su objetivo no era importante.
Tenía que devolver a Zèon a la vida. Necesitaba hacerlo.
Además, no era como si Atha hubiera sido, precisamente, su mejor amigo.
-No va a descubrir quienes somos -le respondió Kathreen -, porque se lo vamos a decir nosotros. Diría que ya va siendo hora de que nuestro nombre empiece a ayudarnos un poco, ¿no crees, hermanito?