18 - El perro Rentería

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 18 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


En las inmediaciones del museo, diversas patrullas policiales rodeaban el perímetro acordonado. Una multitud de agentes se encontraba en el exterior, confusos por lo que había pasado en el lugar.

Entre la multitud, un agreste pastor alemán, de complexión robusta, avanzaba decidido hacia la escena, ataviado con una imponente gabardina negra que acentuaba su presencia.

Adelante, en un rincón de la entrada del museo, se encontraba un rinoceronte que ejercía el cargo de comandante de policía, que, mostrando un semblante tenso y ansioso, relajándose al ver la llegada del canino, quien llegó hasta él con una expresión firme y un porte imponente.

— ¡Hey! Agente Rentería, ha pasado tanto tiempo — saludó con estima el rinoceronte al pastor alemán, formando una sonrisa en su rostro —. Veo que también sufrió los efectos de la pandemia.

Maximiliano Rentería, el sabueso, asintió, devolviéndole el gesto.

— Comandante Gutiérrez, pues verá — mencionó, señalándose —. La vida y sus caprichos.

— Sin duda — respondió el rinoceronte con gracia —. Según supe, usted ya no trabaja con nosotros, los judiciales — mencionó el comandante.

— En efecto. Tuve algunos... inconvenientes hace años — se limitó a decir — y fui relevado sin posibilidad de regresar — explicó Rentería, para luego cruzarse de brazos —. Justo por eso me sorprende que me haya llamado, señor.

— Y agradezco que haya aceptado, sobre todo porque viene desde tan lejos — reconoció el rinoceronte, esbozando una sonrisa —. Vamos adentro para que le explique más a detalle.

Ambos se adentraron al museo, y se encontraron con un panorama caótico: cristales destrozados y puertas forzadas. En medio del desorden, un grupo de forenses tomaba fotografías y recogía muestras de forma meticulosa, con el fin de examinar la escena en busca de posibles huellas dactilares o alguna otra prueba que les diera respuestas sobre la situación.

— Le seré sincero, Rentería, este es un favor personal — confesó Gutiérrez, mientras el sabueso miraba todo, azorado, pero inexpresivo —. Sucede que robaron una gema del museo, una réplica de un diamante, algo más barato que el zircón, según sé, pero por alguna razón que no comprendo, mis superiores insisten en que la recupere, de manera discreta y sin llamar la atención, cuanto antes mejor.

— ¿Por qué la prisa? — cuestionó Rentería, dudoso.

— La exhibición será usada para el cierre de campaña del gobernador — respondió el rinoceronte.

— ¿Tanto drama para una piedra falsa? — mencionó el sabueso, arqueando una ceja mientras el oficial se encogía de hombros.

— Ya sabe cómo son de excéntricos los políticos, Rentería.

— Tan excéntricos que necesitan de alguien que se ensucie las manos en lugar de ustedes — dedujo el canino.

— Siempre fue suspicaz, agente — reconoció Gutiérrez —. Al ser asignado con esta tarea, no pude pensar en nadie mejor que — pausó, mirando fijo al agente —, perdone la vieja expresión, el perro Rentería — el par formó una sonrisa irónica en sus rostros —. De hecho, espero que no haya perdido ese olfato suyo para estos casos.

— ¿Bromea? Soy un agreste canino. Ese instinto se agudizó desde que lo soy.

— ¡Perfecto! — asintió el rinoceronte, sintiéndose reconfortado al pensar que había reclutado al mejor agente para el caso.

— Y bueno, antes de aceptar esta investigación, quiero preguntar una cosa — Rentería se colocó frente a Gutiérrez con los brazos cruzados, clavándole la mirada — ¿Qué gano yo?

— Cincuenta mil pesos.

— Cien — negoció, firme.

— Sesenta.

— Noventa.

— Sesenta y la posibilidad de recuperar su placa — exclamó el rinoceronte, haciendo que Rentería sopesara la propuesta.

— Ochenta, sin la placa — refutó el canino —. Hace años que dejé el servicio, comandante. Ya estoy cansado de tanta burocracia y papeleo — reconoció con amargura.

— Empiece con la gema, agente, eso lo ayudará a recordar el oficio — mencionó, para luego extender la mano —. ¿Tenemos un trato?

— Por ochenta, trato hecho — aceptó Rentería, dando un fuerte apretón al rinoceronte.

Una vez acordado, el sabueso se acercó más a la escena donde los forenses hacían su trabajo, marcando sitios en el suelo, paredes, cristales rotos y lugares de interés, con Gutiérrez tras él. La primera parada fue el cuarto de seguridad, donde algunos peritos también hacían su labor. Rentería examinó el lugar, ojeando cada espacio, notando que los equipos estaban apagados.

— Interesante — expresó. Cerrando los ojos y levantando la nariz, comenzando a olfatear, percibiendo algo que lo dejó más intrigado —. Alguien provocó un corto circuito orinando en el panel de control — declaró, abriendo los ojos y generando sorpresa entre los forenses que, estremecidos, sacudían sus manos con asco.

El canino se dirigió hacia las puertas de cristal rotas, teniendo cuidado de no pisar los vidrios regados en el suelo. Ahí, Rentería volvió a cerrar los ojos, alzar la nariz y oler el aire.

— Hubo una pelea — informó —. Dos personas — pausó, agudizando su instinto —. Uno vestía de negro, de él era ese pasamontaña del suelo — mencionó para luego abrir los ojos y mirar hacia abajo, en el piso, encontrándose con una pequeña fibra de tela entre los cristales que señaló con sumo cuidado.

Gutiérrez lo miraba perplejo, fascinado con su trabajo. El canino le dio el pedazo de tela al forense más cercano, quien la tomó con sus guantes puestos y la colocó en una bolsita de plástico.

— El otro era más refinado — volvió a detener su exposición para repetir el ritual olfativo de su investigación —. Usa una colonia cítrica — afinó su olfato una vez más —, huele a naranjas — denotó.

El perro agente caminó hasta donde se exhibía la gema, mientras que Gutiérrez y algunos forenses lo seguían, atentos a sus palabras.

— Había alguien más — el rinoceronte arqueó la ceja, sorprendido a lo que Rentería descubría — Una mujer... No — pausó para oler mejor — Una agreste. Pelaje corto, venía con el hombre de olor a naranja. Ella quemó las cerraduras de las puertas. Su aroma está aquí y en el cerrojo — señaló, con los ojos cerrados —. El par salió por la puerta de la izquierda, el ladrón por la derecha. Pelearon por la gema.

Los forenses se miraban sorprendidos, mientras Rentería seguía en lo suyo. Gutiérrez analizaba cada palabra, volteando a ver a los peritos.

— ¿Buscaron huellas afuera? — cuestionó el comandante a su grupo.

— Sólo encontramos las huellas del ladrón a la derecha — mencionó uno de los forenses —, como la otra puerta estaba cerrada... — explicó, mientras el grupo salía por la otra puerta, investigando.

— ¡Hay huellas comandante! — confirmó otro criminalista, haciendo que el rinoceronte mirara con sorpresa a Rentería.

— Si antes era bueno, ahora supera todas mis expectativas — reconoció Gutiérrez, felicitándolo —. Mi gente se encargará de esta escena, mientras espero que usted tenga otro truco bajo la manga.

— Sólo uno más — Rentería levantó en alto la nariz y olió con dedicación el ambiente, moviendo la nariz con cada aspiración —. Con eso será suficiente, he grabado sus fragancias en MI mente, con eso podré seguir sus rastros.

— ¿De verdad puede hacer eso? — cuestionó el rinoceronte, incrédulo.

— Por fortuna sí — confirmó Rentería moviendo la cola, alegre, sin evitarlo —. Seguiré primero la pista al ladrón, aunque la fragancia del par no parece haber ido demasiado lejos — miró hacia el oscuro cielo desde la puerta de cristal rota —. Mientras no llueva, todo estará bien.

Gutiérrez, con una sonrisa satisfecha, se colocó al lado del sabueso.

— Tiene todo mi apoyo — reconoció el rinoceronte —. Pero recuerde ser precavido — pidió —. Que una persona haya robado la gema, puede ser casualidad, pero que tres lo hayan intentado, es por demás sospechoso — aclaró, haciendo que Rentería asintiera.

— Comprendo y agradezco su confianza, comandante. No lo defraudaré — expresó el sabueso, seguro de sí.

— Sé que hará un excelente trabajo. Suerte.

Ambos se estrecharon las manos, confiando el uno en el otro, clavándose una mirada de determinación y convicción.